Cuento Propio: "Aburrimiento por calor"

Pertenece a mi primer libro de cuentos: "Los cuentos del Espantapájaros"
ABURRIMIENTO POR CALOR

 

 

 

Su Obesa y Glutinosa Entidad Amorfa, el multimillonario Rudolf Bletchman, dueño de tanto capital sobre la Tierra como de gramos sebáceos su peso, y todavía más, encontrábase arrellanado a gusto en una amplia sala decorada acompañado de sus primas, las señoritas Greta y Antonieta Bismark. El Dinero y el Poder, para Rudolf, eran lo que para un ser humano el acto de respirar. Espero haya sido suficiente el eufemismo.

Tenían estas mujeres el delicado aspecto de dos sartenes al brillo del aceite: oleaginosas pieles cancerígenas y odoríficamente al tono, resquebrajadas por sectores. Sin embargo, bien unidas entre sí gracias al aplique subcutáneo de grampas inconcebibles. Estaban, pues, diagramadas al último berrido de la horrenda moda. Puesto que carecían ya de piel propia, a causa de las tantas cirugías plásticas, llevaban injertas membranas sintéticas de alto costo, en gran parte. Disimuladas, eso sí, por la docta mano de los mejores pintores surrealistas de la época. De tanto lípido oleaginoso puesto encima, corrían el riesgo de incinerarse puestas al sol, o bien irse por el caño si se excedían de horas de ducha. Irradiaban un aura de fulgores radiactivos, aún más contaminante que la catástrofe de Chernóbil. Esto se debía a la abundosa pátina de cosméticos faciales ?de altísimo costo en el mercado? y demás aderezos petrolíferos y atómicos de exclusivo uso científico. De gran hermosura ambas, no obstante.

A pesar del parentesco mencionado, Greta y el obeso potentado Rudolf habían tenido dos sesiones de Cabalgadura Cular de Hinojos, con intermedio de quince minutos para fumar. El acto copulativo se efectuó en el Palacio destinado a la ropa sucia, en el ala oeste de la mansión, donde moraba la exuberante servidumbre. Por temor a engendrar un monstruoso niño con dos cabeza, seis ojillos y un tercer brazo en la espalda ?esto por razonables motivos de mutación genética que no es necesario enumerar?, optaban estos dos furtivillos amorosos por protegerse con un liviano preservativo de plomo ?se sabe que la radiación no atraviesa dicho metal?. Con tal peso incrementado, y es entendible, el proceso eréctil del falo orondo se demoraba en demasía; y por ello, el obeso Rudolf se inyectaba químicos de increíble parentesco con la transfiguración de los metales del estado líquido al sólido. Este proceso demoraba bastante; lo que significaba, además de un entreacto de manoseos sibilinos, una potente descarga de adrenalina al natural, en extracto, debido al temor de ser sorprendidos en falta.

Luego de ello, ahora sentados y aburridísimos, sin mirarse en opulencia fumaban.

Antonieta, la menor de las Bismark, ajena al clandestino amorío de estos dos, apartaba limaduras de calor con un abanico de manila, al tiempo que observaba con ojos perdidos, atravesando enormes ventanales encristalados al vitral, el frondoso despliegue metálico del jardín colgante.

En la máxima decadencia mundial, en la más perpetua podredumbre, estas tres entidades ricachonas se aburrían del calor.

Reuníanse una vez por semana a fin de intercambiar hablillas y buenos modos contra el bostezo. Rudolf Bletchman, catedrático en el arte del ostracismo sudoroso, disponía de todas sus riquezas para que las tertulias fuesen, al menos, moderadamente aceptables.

Poco antes, entraba en escena el bufón de la mansión. Se presentó dando saltos triples y volteretas facilísimas a ras del piso; a saber: empedrado éste con bloques de bronce y oro, unida cada pieza con pernos de diamante, jade  y lapislázuli. Estuvo haciendo guasadas de moda, entre sencillos cuentos y chascos que a nadie movió un pelo. Las tres entidades multimillonarias bostezaban de sólo verlo. Luego de la paupérrima actuación, ya asqueado y rechoncho el gran potentado Rudolf, con elegantes maneras, inclinándose un poco hacia adelante y socavándose una oreja, habló a su bufón:

?Bufón propiedad mía. Dos puntos. ¿Acaso no te he dicho que debes mejorar tu actuación? ¿No he invertido toneladas de terrenos y centenares de cabezas de esclavos y demás, para que tus chistes sean, digamos? eficaces? ¿Así me recompensas por mis inversiones? ¿Aburriéndonos hasta el paroxismo? ?El bufón quiso hablar, pero su amo lo interrumpió con fineza?: Silencio, pestilencia mal dotada, títere barroco, proyecto de clonación a la inversa, impar con tendencia al cero. Debería mandarte a desollar ahora mismo, mas? carezco de verdugo de turno. Además: ¡ah, el calor me abruma hasta la máxima expresión del líquido inguinal!

Las Bismark sonreían dicharacheras escuchando a su primo; abultaban tetas echando rayos radiactivos. Siempre abanicándose, por su parte, Antonieta.

El bufón, sintiéndose en grave falta por lo sucedido, tragando saliva y haciendo bollos de su camisola de colorida seda, tembloroso y desanimado se animó a decir:

?Señor. Señoritas. Disculpad si mi voz gangrena vuestros oídos por un momento: Sea esto no más que un desliz de atrevimiento de mi parte. ¿No les ha apetecido mi actuación? Porque, si así fuera, deseo pediros desde ya otra oportunidad. ¡Juro poder compensarlo! ?Inclinándose ante Rudolf?: Señor, me he educado en las mejores escuelas de la Europa toda. ¿No os gusta mi bello y lacio arte?

Greta, quien miraba con asco al tembloroso arlequín, sabiendo que tan injuriosa falta en su mansión significaba, por lo menos, la guillotina de liviana fuerza peso, dijo a Rudolf:

?Querido primo, a mí me habría gustado ayer, que por esas razones que una nunca se explica andaba de lo más aburrida. Pero hoy? te soy franca, primo: este sujeto acaba de arruinarme la vida?

El bufón, arqueado hacia adelante, miraba su reflejo lánguido en el suelo de bronce y oro. Tragando océanos de saliva con anzuelos, sin decir palabra, escuchaba cómo la señorita Greta obraba en su contra.

Ésta
venía diciendo:

?? ¿Cómo haré ahora para reponerme de esto, primo? ¿Qué será de mi vida luego de esta penosa y blasfema actuación? Se entiende a qué me refiero, ¿verdad?

?¡Perfectamente! ?dijo Antonieta?. Faltaba más. En épocas de justicia premeditada, a este alfeñique lo habrían metido en el Toro de Falaris, donde cocinaban vivos a los de su tipo, al tiempo que se gozaba de ello y se hacían fiestas con hidromieles. Por cierto, ¿tú no tenías uno de esos Toros, primo?

Rudolf liaba con mano rechoncha un puro y, planeando cómo solucionar el lamentable suceso, miraba por el rabillo del ojo al asqueroso artefacto de obrar gracias. Luego de unos segundos, sin reparar en nada más, ordenó a éste:

?Vete a la quinta Mina de Hierro, y entrevístate con Gülk, mi preferido herrero de los que tengo en jauría.

El bufón empalideció de golpe. La orden sonó peor que si lo hubiese mandado a meterse por su cuenta en la jaula de los leones, que había en gran número en el jardín. Llenándosele de lágrimas los ojos, dijo:

?Pero? señor, señor mío, yo?

?¡Silencio, rata inmunda! ¡Haz lo que te digo, o me veré en la ingrata obligación de abofetearte! ¡La justicia no tiene por qué sudar a mares! Eso es lo que buscas, ¿verdad?

Gülk, el tal herrero, era un tipo docto en torturas ancestrales. Su preferida, entre muchísimas, consistía en verter plomo derretido en los oídos de sus víctimas: gota a gota, hasta sellar por completo el hueco. De encontrarse luego insatisfecho, procedía de igual manera con otros orificios, los ojos, el ombligo, etcétera. Sabiendo tales hazañas por parte del herrero, y sufriendo ya por ello, iba a retirarse el bufón cuando escuchó otra orden del amo:

?¡Espera! Mejor ahorremos trámites. Dile a Gülk que te corte un brazo? el izquierdo. Y que lo haga mediante indoloros golpes con un pequeño martillo de destrozar microclimas. Procura decirle que lo haga lentamente, que tiempo hay de sobra. Luego tú te encargarás de traérmelo y así, felizmente, comprobaremos la veracidad del hecho. Puedes retirarte. ¡Ah, espera!: y agradece que no te envíe a cavar precipicios, que tengo en partición en las Marianas.

Oyendo esto el bufón, con ojos chispeantes le dijo:

?Tenéis razón, amo y señor mío. ¡Oh, señor, gracias! ?y haciendo infinitas reverencias en retroceso, se perdió en lontananza.

Ya no soportando más el aburrimiento caluroso, Antonieta espetó:

?Tengo tanto calor, que no dudaría en comerme un esquimal vivo, al tiempo que él sufre y yo me satisfago por ello. ¿No es fenomenal?

Greta,
con exquisita gracia:

?¡Uy!, se me antoja, ahora que lo dices. Pero? son muchas horas de viaje. En cambio, me conformaría con tomarme un helado traído directamente de Italia.

Rudolf, hundiendo en su boca el puro, intervino:

?Se derretiría, querida. Son muchísimos milímetros de viaje. Mejor te compras a los mejores heladeros. Puedes transportarlos en buques, y emplearlos a gusto un tu lujosa mansión valuada en, por lo menos, el precio de cien pozos petrolíferos. Lo menos. ¿Qué opinas?

Greta se maravilló ante la genialidad de su deudo, y dijo:

?Pero? tendría que aprender el idioma ¿no crees, Rudolf?

?Es verdad ?dijo Antonieta?. Para eso te puedo vender dos de mis quince traductores de idiomas y dialectos de todo tipo. Los tengo en mi palacio pues, quien sabe, en una de esas me da por leer algo.

Greta
se maravillaba.

?Se me antoja beber ?interrumpió Rudolf?. ¿Qué desean?

?¡Sorpréndenos! ?exclamó Greta.

Dicho esto, Rudolf hizo sonar una pequeña campanita de oro con diamantillos engarfiados. Estaba ésta sostenida encima de un áspid labrado en marfil, a su diestra. De inmediato apareció un anciano de rastros mongólicos. Jadeando, habló entrecortado:

?¿Mandó? llamar el? señor?

?La respuesta ?dijo Rudolf-, además de ser evidente no le compete en lo más mínimo. ¿Usted qué cree?

Se
hizo un silencio menor.

El anciano, acostumbrado a los arranques del amo, sencillamente esperaba la orden.

?¡Le hice una pregunta, camarero! ¡Conteste!

?Sí ?dijo el vejete, en pronunciada reverencia.

?¿Sí? ¿Sí, qué?

?Sí, mi esbelto señor.

Las venas del ancho cuello de Rudolf comenzaron a engrosarse como víboras. Rechinó los dientes y echó un gruñido:

?¡Grrrjj! ¡Qué punición! Escuche bien: me refiero a que si lo mandé llamar. ¿Usted no oye? ¿Lo mandé llamar o no lo mandé llamar? ¿Escuchó usted la campanita, o acaso no? ¡Conteste!

?Señor?
yo. Señor?

?¡Está insinuando que no toqué la campanita! ¿No es así? ?Girando apenas su oblonga cabeza:- Greta: ¿oíste el llamado?

Fingiendo sacar cuentas y mirándose las uñas:

?Sí, primo. Unas siete veces. La primera, hace como veinte minutos. Tal vez más.

?¿¡Lo
ve!?

?Pero? señor, le juro que?

Rudolf se llevó un dedo a la sien. Tratando de calmarse, espetó:

?Silencio. No? no me apetecería mandarlo a ejecutar. Si usted jura que jamás, escuche bien, ni por casualidad oyó la campanita, entonces: ¿por qué está aquí? ?El anciano quiso hablar?: ¡Silencio! Mida sus palabras al contestar. ¿Me escuchó? Mida sus palabras, programe cualquier ecuación que sea necesaria, pero conteste aplomadamente? No ahora, espere. ¡Espere!... Bien, puede usted contestar.

Desconcertado, el anciano:

 ?Señor, juro que oí su llamado; y en cuanto lo hice, me puse a su servicio, señor. Lo juro. Nada más me demoré en atravesar el pasillo de los cuadros, la escalera de trescientos tres escalones, y llegué hasta aquí. Señor?

?¡Qué castigo! ?gritó Rudolf mirando a las Bismark?. ¿Se puede creer esto?

?¡Liquídalo! ?sugirió Antonieta casi llorando de emoción al decirlo?. Ha venido a molestarnos por sugerencia directa del mal. Además, su respiración entrecortada me recuerda a esos corredores profesionales llegados a la meta. Y a todo esto, primo, aún tenemos sed.

Dicho lo cual, Rudolf recordó el propósito del terrible suceso, y el por qué de la presencia del camarero. Dirigiéndose a éste:

?Escuche bien lo que voy a preguntarle. ¿Por qué no nos ha traído usted unos granizados de las más finas variedades frutales?

El anciano extendió los brazos ?en clara actitud agresiva? y dijo:

?Pero? señor, todavía no me lo ordenaba. ¿Cómo podía yo saberlo?

Rudolf,
encolerizado pero sereno:

?Ajá? claro, claro. Con el calor y la humedad actuales, con el mes que indica el almanaque y mi apetencia hacia los refrescos deliciosos, usted menciona que también debo facilitarle su trabajo con sugerencias, cual si fuera yo un esoterista de esos. ¿No es así?

El anciano, naturalmente, ya esperaba lo peor ?que en todo caso no era la muerte?. En ese momento entraba el mayordomo. Viendo cómo el amo maltrataba justamente al anciano, con el que tenía diferencias, se puso contento y sonrió. Rudolf se dirigió al recién venido:

?¿Qué quieres, mayordomo comprado por tres dineros?

Meneando el bigotín:

?Señor. El Conde de Culinham, Escrotus III, ha venido a visitarle, señor. Dice tratarse de un asunto considerablemente urgente y exquisito, señor. Ordene, señor.

Rudolf acomodó el asunto.

Al
anciano:

?Tú, camarero infecto: tráenos ¡peceras de refrescos!, ¡piscinas de refrescos con Niágaras de refrescos! Que sean, por lo menos, ¡cien variedades exprimidas al natural! ¿Me oyes? ?Con voz tronante?: Y si alguno se parece entre sí, si paladeo cierta similitud cítrica entre ellos, desde ya considérate Conejillo de Indias a manos de mis científicos japoneses, que tengo en lote. Ahora: puedes irte.

El anciano se inclinó, y salió pavoroso.

Al
mayordomo:

?Dile a ese imbécil de Escrotus que pase, no sin antes limpiarse los pies. Que se acerque a mí en reverencia y a velocidad nimia. Puedes retirare ??Sí, señor. Sus órdenes son mi religión primera y única, señor??. Lo único que me faltaba: la visita de un imbécil.

Luego de quince minutos, Escrotus III besaba la aceitosa mano de Greta.

Rudolf lo observó detenidamente, de arriba abajo, no sin asco, y le indicó sentarse entre ambas mujeres y en frente suyo.

Escrotus III era millonario por herencia genética.

En sus épocas de derroche, había perdido tres archipiélagos al cricket, y un continente de cabezas de ganado al Veo veo ?juego éste que estaba de moda entre aburridos potentados?. Desde hacía años, estaba perdidamente enamorado de Antonieta, la menor de las aceitosas Bismark. Solía perseguirla por los Jardines Colgantes de Rudolf, los cuales visitaba con el pretexto de maravillarse de ellos, y decir que eran incomparables. Docto en comentar idioteces, y en comportarse como tal, con su asqueroso seseo irrumpió:

?Ze ve que hace calor. Ze ve, ¿no? Eztoy de lo máz zudoríparo.

Y enseñó las aureolas empapadas de sus axilas, que le emparchaban su fina camisa de color beige.

Greta lo miraba de reojo, y tapaba con un abanico su cara, incapaz de aguantar tanto el asco como la risa.

Rudolf, impaciente, le preguntó:

?¿Qué te trae por mi esplendoroso continente, Conde de Culinham?

Escrotus estaba de perfil a Rudolf: los ojos clavados en Antonieta, echándole la respiración en la cara, mandíbula y labio inferior caídos, y un minúsculo tic en el ojo. Sin mirar a Rudolf, le contestó:

?Vine a matarloz a los trez. ¿Qué tal?

Rudolf
carcajeó:

?¡Oh, qué bien! ¿De verdad?

?Zí.

Antonieta, lógicamente, comenzó a sentirse observada. Y más porque el otro le echaba un aliento tibio y húmedo sobre la cara, entre jadeos y risillas. Le hizo señas a su primo quien, con mano garbosa, la tranquilizó de momento. Greta, segura de que el recién llegado carecía de entramado neuronal, le dijo al Conde:

?¿Matarnos? ¿Con este calor? ¿Por qué querrías matarnos?

Con
cara de imbécil:

?No zé. No zé.

?¡Este tipo es un caso! ?gritó Greta, y echó a carcajear.

El Conde también reía, mirando a Antonieta, y apretaba con ambas manos un cigarro apagado, o se hurgaba la nariz, o el oído con el meñique. Antonieta seguía mirando a Rudolf, iluso hasta el momento, quien le hacía señas para tranquilizarla. Y nuevamente el Conde, como si lo hubiesen picaneado, con alaridos espetó:

?¿Qué lez parece? ¡Fenomenal! Pienzo matarloz a todoz. ¡Garrafal! ¡Zoy garrafal! ?gritaba con extensos ademanes, sin apartar los ojos de Antonieta.

?¿Andas chistoso hoy, querido amigo? ?le preguntó Rudolf? Menos mal que carezco de verdugo de turno, que si no ya te habría mandado devastar.

Escrotus rió. Y como si nada le hubiera dicho el otro, insistía:

?Vine a matarloz a todoz. ¿Qué tal? Decía que yo vine a matarloz a los tres, ¿zí? ¿Verdad que zí?

Greta, todavía convulsa de risa, le dijo:

?¡Bueno, bueno! Vamos, condesito, ¿vas a matarnos o no?

Y Escrotus seguía mirando a Antonieta, descolgándosele la baba sobre el mentón, tintineándole el ojo, casi salido del hueco, y abriendo los brazos decía:

?¡Colozal! ¡Colozal! Ni ze lo ezperaban, ¿eh? ¿A que no?

?¡Qué bien! ¡Qué bien! ?alentó Greta?. Vamos, estamos aburridísimos, así que aprovecha.  ¿Vas a matarnos o no?

Escrotus miró a Rudolf, como esperando una respuesta suya a la pregunta de Greta. Éste venía mirándole el perfil de caballo que le daba su mandíbula inferior desconectada. Escrotus lo miró por unos segundos, soltando risitas y baba, y le dijo:

?¿Qué te parece, colega? ¿A quién mato primero?: ¿a ti o a ellaz?

Rudolf, en tanto sudaba lagos y pantanos por el cuello, se divertía a su modo. Sabía bien que un toque de campanita bastaría para que, en pocos segundos, la guardia se llevara al imbécil a la jaula de los leones, o al salón de experimentos científicos. Por primera vez, Antonieta habló:

?Podrías dejarte de molestar con eso, ¿no? ¿Para qué has venido?

Escrotus
seguía empecinado:

?Vine? a matarloz? a todoz. ¿Qué tal? ¿A quién mato primero?

Dicho lo cual, ante el asombro de Antonieta, Escrotus lentamente sacó un revólver que escondiera bajo la camisa y apuntó a Greta, a su izquierda. Carcajeaba bajito, y sus labios rojísimos brillaban de espumarajo salival. Antonieta se aferró a los bordes del sillón, echándose hacia atrás. Allí, Rudolf entendió que el Conde, que además de ser un perfecto ejemplar de imbécil solía hacer bromas pesadas, esa vez no estaba jugando. No obstante, sin preocuparse mucho, le dijo:

?¿Qué crees que haces con ese artefacto del bien?

Escrotus, volviéndose a él con ojos desconectados y apuntándole, inseguro:

?¿Cómo que qué hago? Tengo un arma, ¿no vez? ?y se echó a reír, en tanto el caño de revolver temblaba. Y agregó?: Bueno, ¿a quién mato primero? ¿Eh?, ¿eh?

?Usted no estará hablando en serio, ¿no? ?dijo Greta, recuperándose de la risa.

?¿¡Acazo
no lo parece!?

Y Antonieta gritó horrorizada:

?¿¡Y qué ganas con matarnos!? ¡Por Dios!

Escrotus, violento, insistió:

?¡¡¡Dije: a quién mato primerooooo!!!

A punto de llamar a su guardia estaba Rudolf, ya harto de aguantar al sujeto, cuando la muy chistosa de su prima y amante, Greta, irrumpió:

?Y? ¿por qué no te matas tú primero? Te concedemos tan alto honor. Tómalo.

Escrotus dejó de reír, tal si lo hubiesen desconectado. Retiró el caño de la cara de Rudolf, y mirando a Antonieta, sonriendo bajito, se disparó en la cabeza.

El estallido resucitó una bandada de pavos reales en el Jardín Colgante próximo al ventanal. Antonieta saltó en su lugar con la explosión. Por temor a sudar demasiado no gritó ni nada: se quedó mirando lo que antes fuera la cara del Conde, ya una masa amorfa y licuada sobre los hombros.

El cuerpo resbaló lentamente hasta el empedrado de bronce y oro, y comenzó a brotarse de sí con lentitud. Debido al estruendo amplificado por la enorme sala, de inmediato entró la guardia. Rudolf, con suave movimiento de mano, los devolvió a todos a su sitio. Acto seguido, mirando de reojo al insoportable cadáver, con sencillez, encendió un puro. En tanto Greta, mujer exquisita por donde se la mirase, opinó:

?¿Ven? ¿Ven lo que me hizo hacer? Y estuve a punto de decirle que me matara a mí primero. Menos mal que soy buena.

Antonieta seguía momificada y concentradísima para no sudar en exceso. Rudolf llamó al mayordomo y le ordenó:

?Retire este desperdicio de aquí. Procure que mis máquinas doberman de Gauss no prueben bocado. ¡Ah, qué tarde espléndida!

Dirigiéndose
a sus primas:

?Es notorio que hoy, al menos, el aburrimiento nos está ganando. ¿Qué les parece si escuchamos La desdicha del Quasimodo de Arabia? Exquisita narración verídica e insoslayable literatura, que tengo en un casete.

?¿Con este calor, primo? ?dijo Antonieta.

Soltando un grueso anillo de humo:

?Pues?
sí. Se me antoja.
Cuento Propio: "Aburrimiento por calor"
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5 Comentarios Cuento Propio: "Aburrimiento por calor"
Te verdad lo escribiste t?
@Athan Gracias, amigo! Lo escrib?
Cita Sermes: Mostrar
@Sermes  
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