La Resistencia

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  • Publicado hace más de 7 años
LO PEOR ES EL VÉRTIGO
En el vértigo no se dan frutos ni se florece. Lo propio del vértigo es el miedo, el hombre adquiere un comportamiento de autómata, ya no es responsable, ya no es libre, ni reconoce a los demás.
Se me encoge el alma al ver a la humanidad en este vertiginoso trenen que nos desplazamos, ignorantes atemorizados sin conocer la banderade esta lucha, sin haberla elegido.
El clima de Buenos Aires ha cambiado. En las calles, hombres ymujeres apresurados avanzan sin mirarse pendientes de cumplir conhorarios que hacen peligrar su humanidad. Ya sin lugar para aquellascharlas de café que fueron un rasgo distintivo de esta ciudad, cuandola ferocidad y la violencia no la habían convertido en una megalópolisenloquecida. Cuando todavía las madres podían llevar a sus hijos a lasplazas, o visitar a sus mayores. ¿Se puede florecer a esta velocidad?Una de las metas de esta carrera parece ser la productividad, pero¿acaso son estos productos verdaderos frutos?

El hombre no se puede mantener humano a esta velocidad, si vivecomo autómata será aniquilado. La serenidad, una cierta lentitud, estan inseparable de la vida del hombre como el suceder de las estacioneslo es de las plantas, o del nacimiento de los niños.
Estamos en camino pero no caminando, estamos encima de un vehículosobre el que nos movemos sin parar, como una gran planchada, o comoesas ciudades satélites que dicen que habrá. Ya nada anda a paso dehombre, ¿acaso quién de nosotros camina lentamente? Pero el vértigo noestá sólo afuera, lo hemos asimilado a la mente que no para de emitirimágenes, como si ella también hiciese zapping; y, quizás, laaceleración haya llegado al corazón que ya late en clave de urgenciapara que todo pase rápido y no permanezca. Este común destino es lagran oportunidad, pero ¿quién se atreve a saltar afuera? Tampocosabemos ya rezar porque hemos perdido el silencio y también el grito.

En el vértigo todo es temible y desaparece el diálogo entre laspersonas. Lo que nos decimos son más cifras que palabras, contiene másinformación que novedad. La pérdida del diálogo ahoga el compromiso quenace entre las personas y que puede hacer del propio miedo un dinamismoque lo venza y les otorgue una mayor libertad. Pero el grave problemaes que en esta civilización enferma no sólo hay explotación y miseria,sino que hay una correlativa miseria espiritual. La gran mayoría no quiere la libertad, la teme. El miedo es un síntoma de nuestro tiempo.Al extremo que, si rascamos un poco la superficie, podremos comprobarel pánico que subyace en la gente que vive tras la exigencia deltrabajo en las grandes ciudades. Es tal la exigencia que se viveautomáticamente, sin que un sí o un no haya precedido a los actos.
La mayoría de la humanidad es empleada de un poder abstracto. Hayempleados que ganan más y otros que ganan menos. Pero ¿quién es elhombre libre que toma las decisiones? Ésta es una pregunta radical quetodos hemos de hacernos hasta escuchar, en el alma, la responsabilidada la que somos llamados.

Creo que hay que resistir: éste ha sido mi lema. Pero hoy, cuántasveces me he preguntado cómo encarnar esta palabra. Antes, cuando lavida era menos dura, yo hubiera entendido por resistir un acto heroico,como negarse a seguir embarcado en este tren que nos impulsa a lalocura y al infortunio. ¿Se le puede pedir a la gente del vértigoque se rebele? ¿Puede pedirse a los hombres y a las mujeres de mi paísque se nieguen a pertenecer a este capitalismo salvaje si ellosmantienen a sus hijos, a sus padres? Si ellos cargan con esaresponsabilidad, ¿cómo habrían de abandonar esa vida?
La situación ha cambiado tanto que debemos revalorar,detenidamente, qué entendemos por resistir. No puedo darles unarespuesta. Si la tuviera saldría como el Ejercito de Salvación, o esoscreyentes delirantes ?quizá los únicos que verdaderamente creen en eltestimonio? a proclamarlo en las esquinas, con la urgencia que nos hade dar los pocos metros que nos separan de la catástrofe. Pero no,intuyo que es algo menos formidable, más pequeño, como la fe en unmilagro lo que quiero transmitirles en esta carta. Algo que correspondea la noche en que vivimos, apenas una vela, algo con qué esperar.

Las dificultades de la vida moderna, el desempleo y lasuperpoblación han llevado al hombre a una dramática preocupación porlo económico. Así como en la guerra la vida se debate entre sersoldado o estar herido en algún hospital, en nuestros países, parainfinidad de personas, la vida está limitada a ser trabajador dehorario completo o quedar excluido. Es grande la orfandad que cundeen las ciudades; la gran soledad de la persona original es una de lastragedias del vértigo y de la eficiencia.
La primera tragedia que debe ser urgentemente reparada es ladesvalorización de sí mismo que siente el hombre, y que conforma elpaso previo al sometimiento y a la masificación. Hoy el hombre no se siente un pecador, se cree un engranaje, lo que es trágicamente peor.Y esta profanación puede ser únicamente sanada con la mirada que cadauno dirige a los demás, no para evaluar los méritos de su realizaciónpersonal ni analizar cualquiera de sus actos. Es un abrazo el que nospuede dar el gozo de pertenecer a una obra grande que a todos nosincluya.

Si a pesar del miedo que nos paraliza volviéramos a tener fe en elhombre, tengo la convicción de que podríamos vencer el miedo que nosparaliza como a cobardes. Yo he pasado riesgos de muerte durante años. ¿Sin miedo? No, he tenido miedo hasta la temeridad pero no he podido retroceder.Si no hubiese sido por mis compañeros, por la pobre gente con la que yame había comprometido, seguramente hubiera abandonado. Uno no se atrevecuando está solo y aislado, pero sí puede hacerlo sí se ha hundidotanto en la realidad de los otros que no puede volverse atrás. Cuandotrabajé en la CONADEP, de noche soñaba aterrado que aquellas torturas,frente a las cuales yo hubiera preferido la muerte, eran sufridas porlas personas que yo más quería. Impávido en el sueño, luego medespertaba angustiado y sin saber cómo seguir, pero horas después nopodía negarme a escuchar a quienes pedían que yo los recibiera. No podía, era inadmisible que hubiese dicho que no a esos padres cuyos hijos, en verdad, habían sido masacrados.
Quiero decirles que no lo podía hacer porque ya estaba adentro,involucrado. Así es, uno se anima a llegar al dolor del otro, y la vidase convierte en un absoluto. Las más de las veces, los hombres no nosacercamos, siquiera, al umbral de lo que está pasando en el mundo, delo que nos está pasando a todos, y entonces perdemos la oportunidad dehabernos jugado, de llegar a morir en paz, domesticados en laobediencia a una sociedad que no respeta la dignidad del hombre. Muchosafirmarán que lo mejor es no involucrarse, porque los idealesfinalmente son envilecidos como esos amores platónicos que parecenensuciarse con la encarnación. Probablemente algo de eso sea cierto,pero las heridas de los hombres nos reclaman.
Pero esto exige creación, novedad respecto de lo que estamosviviendo y la creación sólo surge en la libertad y está estrechamenteligada al sentido de la responsabilidad, es el poder que vence almiedo. El hombre de la posmodernidad está encadenado a lascomodidades que le procura la técnica, y con frecuencia no se atreve ahundirse en experiencias hondas como el amor o la solidaridad. Pero elser humano, paradójicamente sólo se salvará si pone su vida en riesgopor el otro hombre, por su prójimo, o su vecino, o por los chicosabandonados en el frío de la calles, sin el cuidado que esos añosrequieren, que viven en esa intemperie que arrastrarán como una heridaabierta por el resto de sus días. Son doscientos cincuenta millones deniños los que están tirados por las calles del mundo.
Estos chicos nos pertenecen como hijos y han de ser el primer motivo de nuestras luchas, la más genuina de nuestras vocaciones.
De nuestro compromiso ante la orfandad puede surgir otra manera devivir, donde el replegarse sobre sí mismo sea escándalo, donde elhombre pueda descubrir y crear una existencia diferente. La historia esel más grande conjunto de aberraciones, guerras, persecuciones,torturas e injusticias, pero, a la vez, o por eso mismo, millones dehombres y mujeres se sacrifican para cuidar a los más desventurados.Ellos encarnan la resistencia.
Se trata ahora de saber, como dijo Camus, si su sacrificio esestéril o fecundo, y éste es un interrogante que debe plantearse encada corazón, con la gravedad de los momentos decisivos. En estadecisión reconoceremos el lugar donde cada uno de nosotros es llamado aoponer resistencia; se crearán entonces espacios de libertad que puedenabrir horizontes hasta el momento inesperados.
Es un puente el que habremos de atravesar, un pasaje. No podemosquedar fijados en el pasado ni tampoco deleitarnos en la mirada delabismo. En este camino sin salida que enfrentamos hoy, la recreacióndel hombre y su mundo se nos aparece no como una elección entre otrassino como un gesto tan impostergable como el nacimiento de la criaturacuando es llegada su hora.
Los hombres encuentran en las mismas crisis la fuerza para susuperación. Así lo han mostrado tantos hombres y mujeres que, con elúnico recurso de la tenacidad y el valor, lucharon y vencieron a lassangrientas tiranías de nuestro continente. El ser humano sabe hacer delos obstáculos nuevos caminos porque a la vida le basta el espacio deuna grieta para renacer. En esta tarea lo primordial es negarse aasfixiar cuanto de vida podamos alumbrar. Defender, como lo han hechoheroicamente los pueblos ocupados, la tradición que nos dice cuánto desagrado tiene el hombre. No permitir que se nos desperdicie la graciade los pequeños momentos de libertad que podemos gozar: una mesacompartida con gente que queremos, unas criaturas a las que demosamparo, una caminata entre los árboles, la gratitud de un abrazo. Unacto de arrojo como saltar de una casa en llamas. Éstos no son hechosracionales, pero no es importante que lo sean, nos salvaremos por losafectos.

El mundo nada puede contra un hombre que canta en la miseria.
La Resistencia
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