8 Ejemplos de un mal momento...

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1) Denunciar un "plan de desestabilización"al voleo y sin identificar a nadie. Desde 2003, los Kirchner lanzaronuna decena de teorías conspirativas, pero todas cayeron en el olvidosin que pudiera demostrarse nada. Primero fue el "complot"norteamericano con la aparición de la valija de los US$ 800.000 deAntonini Wilson y luego los "golpistas" del campo, confabulados con los"generales multimediáticos". Ahora se ven operaciones armadas detrás delas últimas manifestaciones callejeras que enloquecen a parte de laCapital. Al final, detrás de todo esto queda la sensación de ungobierno que acusa vagamente y sin explicaciones consistentes. Y loúnico que consigue es dañarse a sí mismo al afectar la credibilidad desu palabra. Infausta credencial para la política del siglo XXI, lanzarmanotazos al aire huele a la demagogia barata propia de los viejosregímenes populistas en apuros.

2) Culpar de todo a los medios: el deporte favorito de estos casisiete años. No hay discurso presidencial que no incluya una alusióndespectiva a la prensa. ¿Qué da a entender un gobierno cuando atacasistemáticamente a los comunicadores? Primero, que la realidad ofrecidano le es favorable. Segundo, que la crítica lo incomoda y lo hacesentir vulnerable. Y tercero, que ha elegido vivir en un ambientecerrado, sin intención de rendir cuentas de lo actuado. Aquí no haymargen para ilusiones, el Gobierno acumula millas de diatribas contrael periodismo independiente con la devoción de un viajero frecuente.

3) Salir a afirmar públicamente: "No nos vamos a ir ni nos van aechar". Una enormidad del jefe de Gabinete que logra el efectocontrario al que seguramente quiso transmitir. Primero, porque no seconoce que desde sector alguno se haya siquiera sugerido tamañaposibilidad. Pero hay algo que es peor: al aceptar una cosa así, ungobierno que emplea cada minuto de su tiempo procurando mostrarsefuerte termina logrando que se hable del tema y, por lo tanto, dándoleentidad. Los gobiernos fuertes nunca hablan de irse. En la batalladialéctica de todos los días, en la que el oficialismo tanto empeñopone, el jefe de ministros trastabilló como un inocente amateur.

4) Pelearse con Marcelo Tinelli, Susana Giménez y Mirtha Legrand.Por estos días circula una ironía muy comentada que dice que elGobierno puede darse el lujo de pelearse con el Fondo MonetarioInternacional, con el campo, con la prensa, con los empresarios, con laoposición, con la Iglesia, pero nunca con Tinelli, Susana y Mirtha?¡juntos y al mismo tiempo! Existen pocas decisiones más antipopularesque atropellar a las máximas celebridades de la pantalla por el solohecho de que se hayan atrevido a opinar sobre aspectos de la vidacotidiana. Como bien señaló Pablo Sirvén en LA NACION el domingopasado, Mirtha, Susana y Tinelli son personajes sumamente convocantes,sostenidos en el tiempo por la mirada de públicos masivos yheterogéneos, a los que legiones de espectadores aprecian porque hansabido desarrollar una formidable empatía con los vastos públicos quelos siguen incondicionalmente. De tanto subir gente al ring, eloficialismo esta vez equivocó los invitados.

5) Ofrecer como aliados principales a los personajes másantipáticos para el común de la gente, según todos los sondeos. Elkirchnerismo debería preguntarse cómo pudo permitir que Hugo Moyano yLuis D´Elía consumaran su flamante alianza con un apretón de manos ydentaduras relucientes delante de los flashes fotográficos. ¿Con esasociedad draconiana se pretende reconquistar a la clase media urbana yrural? Resulta difícil imaginar qué pasa por las principales cabezasoficiales si creen que volverán de la derrota electoral del 28 de juniocon semejante club de amigos. Curioso caso de una alarma que titila enrojo mientras todos miran enceguecidos de fascinación.
Desvelos

6) Esconder las encuestas. Si algo desveló todos estos años alpoder fue difundir los altos índices de popularidad que mantuvo NéstorKirchner durante su mandato. Pues bien, hoy estamos en las antípodas.Algunos encuestadores privados no se atreven a revelar sus númerosactuales por lo bajos que resultan para las autoridades (y por temor arepresalias). Y, de buenas a primeras, la Casa Rosada ha perdido todointerés por hacer llegar las mediciones propias, tan insistentementeofrecidas durante el primer período, a las redacciones. Un buen ejemplode que, en ocasiones, el oficialismo tiene razón: en este rubro, losmedios estamos, hoy, bastante desinformados.

7) El abuso de la cadena nacional. Variante que se creía perimidapor falta de uso. Que retrotrae a un pasado en blanco y negro, distanteen el tiempo, de monólogos graníticos que no soportan preguntas nirespuestas. Acaso el retroceso de mayor peso simbólico en la memoriaciudadana. Además, el excesivo uso del recurso todo lo que hace esquitarle efecto.

8) Que los líderes de los países vecinos sean motivo de envidia enla Argentina. Este momento del país registra otro hecho muy particular:buena parte de la población rescata las gestiones de Lula, TabaréVázquez y Michelle Bachelet, que ostentan similar orientaciónideológica que nuestros gobernantes, pero para hacer una comparación enla que salimos perdidosos. Los tres se aprestan a dejar el poder trasexitosas gestiones económicas, impecable imagen internacional y,encima, acompañados por el afecto de sus compatriotas, casi comoestadistas del Primer Mundo. Todo eso brilla por su ausencia en estaslatitudes. ¿No hay algo aquí para revisar?

El Gobierno puede seguir gobernando con leyes sacadas a lasapuradas y declamando a cuatro vientos que está más firme que nunca,pero al mismo tiempo queda al desnudo con otro lenguaje, tan explícitocomo autoincriminatorio, que habla por sí solo. En algún momento deberáempezar a leerlo.
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