Las excéntricidades gastronomícas de 8 dictadores

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Las excéntricas comidas de 8 dictadores y sus más raras manías a la hora de comer.






Para casi todos los mandatarios, la comida era su mayor placer y, a la vez, su principal fuente de ansiedad, pues temían morir envenenados. Controlaban de forma obsesiva lo que comían y muchos tenían en nómina a varios probadores de alimentos.







1. Kim Jong II





El caso del dictador norcoreano, padre del actual, también es especial. Al parecer, tenía todos sus granos de arroz individualmente seleccionados y llegó a crear un instituto cuyo objetivo exclusivo era el de inventar los modos de prolongar su vida. Un experimento que muy bien no le salió ya que murió a los setenta años, edad que ni se acerca a la media de mortalidad.
Adoraba la sopa de aleta de tiburón, pero su favorita era la sopa de carne de perro, pues según él, era la que le daba su virilidad. ¡Imagínense!




En el libro Yo fui cocinero de Kim Jong Il, el japonés Kenji Fujimoto ?nombre inventado, mejor guardarse ciertas cartas? Empleado sólo para hacerle el sushi, cuenta cómo entró a trabajar de chef personal del dictador en 1988 y cómo descubrió lo verdaderamente detallista que era con las comidas. Por ejemplo, fue el único que se dio cuenta de que en un plato de sushi había diez gramos más de azúcar del habitual. Era un detallista y un sibarita, enviaba a su chef por todo el mundo para que le consiguiera de Japón el atún y calamar; de otras zonas como Urumqi, en China, venían las uvas y los melones; de Tailandia y Malasia, la papaya y el mango; de la antigua Checoslovaquia, la cerveza; de Dinamarca, la carne de cerdo, y de Irán y Uzbequistán, el caviar. Y que la cuenta corriente siguiera chorreando.
Empleaba a un chef sólo para hacerle el sushi. Kenji Fujimoto también contó en su libro que a éste le gustaba comerse el pescado ?tan fresco que aún boqueaba y movía la cola?.




2. Nikolás Ceausescu




Y vamos un poco más hacia el Oeste con el rumano Nikolás Ceausescu, uno que no se andaba con tonterías de texturas ni de pajitas. A él lo que le gustaba meterse entre pecho y espalda eran unos buenos guisos, y a poder ser, con el animal entero dentro. Y rebañaba: que en el plato no quedara ni el pico del pollo. Que sí, que su pueblo podía pasar hambre, pero él, que bastante tenía con dirigirlo, no iba a quedarse tiritando. Igual ante el paredón de fusilamiento en 1989 se acordó de aquellos manjares que ya no iba a probar jamás.





3.Josef Stalin





El dictador ruso gustaba de la cocina tradicional georgiana. Es decir, le gustaban las comidas que contenían nueces, ajo o ciruelas. Y aquí un dato que pocos sabían: uno de sus cocineros personales era nada menos que el abuelo del actual presidente ruso, Vladimir Putin.

Josef Stalin, que en cuestiones culinarias nunca abandonaba su tierra como revelan Clark y Scott, lo que realmente le pirraba eran las largas sobremesas. Las comidas podían empezar a las cinco de la tarde y terminar a media noche. Solía reunir a sus amigos o enemigos políticos en su dacha de Kuntsevo y atiborrarlos con todo tipo de suculencias de Georgia. Y era obligatorio comer y beber. Así es como Stalin les tumbaba. Precisamente, Nikita Kruschev reveló años más tarde que tras una comida tuvo una incontinencia imparable; y el mariscal Tito no pudo evitar tener que vomitarse casi encima tras el atracón staliniano. Otra forma de tortura.

Nikita Jruschov, su sucesor, dijo de él: ?No creo que nunca haya habido un líder de iguales responsabilidades que perdiera más tiempo que Stalin comiendo y bebiendo?.






4. Saddam Hussein y el Samak Masgouf





Aunque creció en la pobreza robando pollos siempre fué su obsesión la imagen que daba.
Saddam Hussein tuvo como norma general la austeridad y delicadeza en la mesa. Dejaba sin acabar los deliciosos bocados de langosta, cordero y aceitunas que le llegaban todas las semanas por avión y eran ávidamente inspeccionados por sus científicos nucleares a la caza de veneno o radiación. Cuando su hijo Uday mató a bastonazos a uno de sus mejores catadores entró en cólera y lo encarceló una temporada. Sadam Hussein se ponía metafórico al comer olivas: decía que escupía el hueso igual que algún día escupiría a los israelíes de Oriente Medio.
Al mandatario iraquí le preparaban la comida cada día de forma simultánea en sus 12 residencias, porque no se sabía en cuál de ellas se presentaría.El plato nacional de Iraq, el Masgouf elaborado con carpa del Tigris a la parrilla, era también su favorito.






5. Idi Amin. Luwombo? y carne humana poco salada





El tenebroso sátrapa de Uganda llegó al poder en 1971 gracias a un golpe militar y en apenas ocho años de espídica dictadura asesinó a medio millón de ugandeses y se declaró Capitán General, Señor de todas las Bestias de la Tierra y de los Peces del Mar.

Demenciado tal vez a causa de la sífilis, Idi Amin arrojaba a sus ministros caídos en desgracia a los cocodrilos del Lago Victoria.
La guerra que inició contra Tanzania acabó con su gobierno muriendo ya mayor en su exilio en Arabia Saudí.
A Idi Amín le entusiasmaba todo lo británico, enviaba cartas de amor a la reina Isabel II y los periodistas que le entrevistaron cuentan que compartieron con él sandwiches de pepino y scones. Aunque también gustaba en sus banquetes de larvas de abeja, grillos fritos, langostas, montones de naranjas, sencillas hamburguesas y el Luwombo de cabra asada, su favorito. Cuentan que tras tomar el poder detuvo y decapitó a sus principales adversarios para después sentarse sobre la pila de cabezas y mordisquear sus rostros. Aunque cuando una vez le preguntaron si era caníbal contestó: ?No me gusta la carne humana, la encuentro demasiado salada?.






6. Adolph Hitler






La fama de Hitler como el más nefasto vegetariano conocido no es del todo exacta. Hitler no era un vegetariano tan estricto como se piensa a veces, si bien comía poca carne por influencia de Richard Wagner, quien sostenía que el buen pueblo alemán jamás habría sido omnívoro de no ser por la influencia judía.
En los años 30 devoraba pichones rellenos de lengua, o Petits Poussins à la Hambourg, y se postraba ante la albóndigas de hígado. Pero es cierto que más adelante se pasó al vegetarianismo por influencia directa de un opúsculo del compositor Wagner y por una aguda consideración ante el dolor animal característica del régimen nazi, que llegó a prohibir el foie-gras.
También para cuidar su estómago delicado y evitar la flatulencia crónica y el estreñimiento.
El veneno le obsesionaba y llegó a contar con un equipo de 15 catadores que probaban su comida! Si pasados 45 minutos ninguno había muerto, comía con normalidad.






7. Francisco Franco





En Dictator's dinners, atribuyen a Francisco Franco una actitud ?mortalmente seria? hacia la comida y subrayan su obsesión por la caza y la pesca, la propaganda del régimen ofrecía a diario la cuenta de sus hazañas: 5.000 perdices abatidas en un año, 60 salmones en un sólo verano o una ballena de 22 toneladas ya septuagenario. Algo que le separaba de sus congéneres fascistas Hitler y Mussolini ya que, al contrario que estos dos, Franco creía que el vegetarianismo era una tendencia peligrosamente socialista.





La cocina en El Pardo era españolísima y burguesa, como demostraron los menús mecanografiados supervisados por Carmen Polo. A Franco le gustaba la ternera, el cocido, la sopa al cuarto de hora, que se hace con merluza, almejas y mejillones, y los huevos a la Aurora, rellenos y cubiertos con bechamel. Era muy de los tres platos: primero, segundo y postre. Incluso podía zamparse un cocido con todos sus elementos, pero antes incluía una sopa de pescado. Y como buen amante de los guisos, le daba bien a la fabada asturiana que después podía acompañar con un plato de merluza. Para irse directo a la siesta.

Nada de aquello pasaba por las mesas de la mayor parte de los españoles durante los duros años de la posguerra. Entonces, a Franco le pareció una genuina buena idea la ocurrencia de José Luis Arrese, que después sería ministro de Vivienda, de dar ?bocadillos de carne de delfín? a los pobres para paliar la hambruna.






8. Benito Mussolini



Benito Mussolini pidiendo un plato de su comida preferida para cada uno de los presentes.



Benito Mussolini también tenía algunos gustos gastronómicos bastante excéntricos. Uno de sus platos preferidos era el ajo picado frito con aceite de oliva y limón. Tanto le gustaba que podía comer un plato entero. ¿Te imaginas comer un plato entero de ajo frito? Mejor ni pensarlo.

Para el dictador italiano la cocina francesa era ?inútil?. Otro de sus platos favoritos era la ensalada de ajo y aceite con limón. A Mussolini le gustaba comer en familia, eso sí, la comida se servía cuando él llegaba.
 
Su esposa, Rachele, una vez confesó que cuando él pedía su platillo preferido, ella no soportaba su olor durante la noche y debía dormir en otra habitación. Lo curioso es que Mussolini odiaba la pasta, la pizza y las patatas porque le causaban dolor de cabeza, pero no tenía problema en comer un plato entero de ajo frito en aceite.





Bueno, ahora sabemos un poco más de historia, aunque a decir verdad, no sé qué tan importante puede ser saber qué comía Hitler, o cualquier otro dictador, sólo sirve como un dato curioso sobre sus vidas.
También llama la atención encontrarse con leyendas similares en distintos países: ?A menudo, al buscar información sobre los dictadores latinoamericanos, se asegura que bebían sangre de recién nacidos para mantenerse jóvenes. Se decía del dominicano Trujillo y del paraguayo Stroessner?.




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Las excéntricidades gastronomícas de 8 dictadores
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9 Comentarios Las excéntricidades gastronomícas de 8 dictadores
Muy interesante...faltaron las fuentes para seguir leyendo un poco mas  
Gracias
Venia... A Toda Velocidad A Preguntar Por Franco,Esta En Puesto 7...Saludos  
@carlanga00 Ahora edito el post, gracias.
@vector7743 Est?
Interesante Post. Pero vale aclarar que Hitler no deber?
@superbrown Si, eso es cierto, fu?
Todos los dias se aprende algo nuevo. Gracias.  
@superbrown Ser un dictador es independiente de la forma en que se lleg?
@Rikku_00 Eso mismo pienso yo, adem?
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