Cuentos cortos de terror

  • Categoría: Paranormal
  • Publicado hace más de 8 meses
Entre la niebla 


Antonio se había perdido entre la niebla. Ya no sabía si seguía caminando por el sendero o se había desviado. Apenas se veía los pies. La noche estaba tan silenciosa que no lo ayudaba a guiarse. 

Con sólo escuchar el ladrido de algún perro, podría saber que estaba cerca del caserío, pero no se escuchaba nada. Hacia donde volteara la cabeza veía niebla, sin el menor indicio del paisaje que lo rodeaba. 

Y estaba el miedo a caer en algún barranco, o en un pozo. Y la niebla que se apretaba más, y el silencio absoluto, y la incertidumbre de no saber hacia dónde iba. 

Asustado ya, Antonio dijo en voz baja: - Daría hasta mi alma por salir de esta niebla - y tras decir eso vio que un brazo se estiró desde la nada y le tomó la mano derecha. Después el brazo se retiró hacia la niebla y desapareció. Un instante más tarde la niebla comenzó a diluirse. 





La pesadilla 


Era de madrugada cuando Javier salió apresuradamente de su cuarto. Descalzo y en piyama fue corriendo hasta la habitación de sus padres. Abrió la puerta sin golpear y vio que en la oscuridad había dos siluetas que estaban de pie. 

- ¡Mamá, papá! ¡Tuve una pesadilla horrible! -exclamó Javier. 

- Nosotros no somos tus padres, y no fue una pesadilla -le dijo una de las cosas con una voz aterradora. 






En el ropero 


Temblando de miedo, Adrián abrió la puerta del ropero de golpe y el corazón se le aceleró; pero tras 

examinarlo sólo encontró ropa colgada en el perchero. Creyó que había sido su imaginación, mas 

cuando le dio la espalda, escuchó que la puerta se abrió, y que algo que estaba en el interior del ropero salía caminando rápidamente hacia él. 






Al fin solo. 


Desparramado en su sofá, Benito terminó otra lata de cerveza y la arrojó al suelo: ahora 

nadie se lo iba a reprochar. Su esposa estaba muerta, él la había matado. 

Todos sabían que se llevaban mal desde hacía mucho. Estaba seguro que no iba a tener 

problemas para convencer a los curiosos y a la policía de que ella había huido, que no sabía 

nada de su paradero. Quién iba a sospechar que la había enterrado allí, en el jardín. 

Se levantó y caminó pesadamente hasta la puerta que da al jardín. La noche estaba oscura. 

El jardín era un montón de sombras deformes y compactas. Miró por la ventana de la puerta, sonrió y dijo: "¡Buenas noches, bruja!, ¡jajaja!" -y se apartó de la ventana. 

Volvió a andar pesadamente, bostezando, y entró a su cuarto. Ni se molestó en encender la luz y se 

acostó así como estaba. 

No advirtió las pisadas sucias de tierra que iban hasta el cuarto, ni vio la figura de ojos blancos que lo observaba desde un rincón oscuro. 






Observado 


Sebastián dormía en la oscuridad de su habitación. Despertó a medias al sentir que algo saltó sobre la cama. Ni abrió los ojos; su gato siempre dormía con él. Lo sintió desplazarse cautelosamente sobre la frazada, mientras se acercaba a su cara. Sebastián no le prestó atención; se dio vuelta hacia el otro lado y quedó dándole la espalda, y continuó durmiendo. 

Por la mañana, cuando la luz del día proyectaba sutiles haces de luz por la ventana, Sebastián despertó y se sentó en la cama, se restregó los ojos y bostezó largamente. Giró la cabeza hacia donde creía que estaba su gato, no lo vio, y en ese instante se acordó que su gato había muerto unos días atrás. Y al mirar unas marcas que halló en la frazada, se dio cuenta que no era un gato lo que había pasado la noche a su lado, y vio que en la almohada habían escrito: ?Te estoy observando?.






El canto del Diablo 


Nuevamente el motor del auto comenzó a tener problemas. Esta vez Wilmar conducía de noche por una carretera apartada de todo. 

El vehículo empezó a andar a tirones hasta que se detuvo completamente. Wilmar recostó la cabeza en el volante. - ¡No, me hagas esto ahora, en medio de la maldita nada! 

Después levantó la cabeza, respiró hondo y buscó la linterna. Al salir cerró la puerta con rabia. 

Antes de abrir el capó iluminó los alrededores. Estaba rodeado de bosque. Los árboles se agitaban con furia, crujían y rechinaban mientras soportaban un viento frío que pasaba gimiendo como un ente rabioso. Miró hacia arriba y vio que unas nubes blancas cruzaban velozmente sobre una luna delgada. 

Al examinar el motor enseguida identificó el problema, cuando creyó haberlo reparado lo probó; funcionaba. 

Fue a cerrar el capó y, apenas lo bajó escuchó algo. Se le erizó la piel y empezó a girar apuntando la linterna hacia donde volteaba; no identificaba de dónde venía el sonido, que parecía ser el canto de unos niños. 


Al iluminar una porción de bosque los vio. Eran tres niños pequeños vestidos de blanco. Caminaban rumbo a él tomados de las manos. Sus caras eran normales, pero sus sonrisas eran por demás diabólicas, y sus miradas delataban una gran malicia; no eran niños. 

Wilmar subió al auto y arrancó. Vigiló el retrovisor por un buen rato pero no volvió a verlos; mas en su mente se seguía repitiendo la canción. Trató de pensar en otra cosa, de sacársela de su cabeza, cada vez la escuchaba más fuerte. No entendía lo que decía, eran palabras en un lenguaje que no conocía, pero estaban allí, taladrando su mente, volviéndolo loco. 

Súbitamente se le ocurrió una idea. Frenó el auto y buscó en la guantera. 

¡El revolver! ¡Con el ruido que hace tiene que parar ese canto infernal! - deliró Wilmar. Se recostó el caño a la cabeza y se disparó. 






El amigo 


Cuando la policía lo interrogó, Pedro se mantuvo todo el tiempo tranquilo. Ninguna sospecha 

recayó sobre él, y la investigación de la repentina desaparición de Gonzalo se desvió en 

otra dirección, no obteniendo resultados. 

Pedro se enorgulleció de haber mantenido la sangre fría; había matado a Gonzalo, despedazado, 

y enterrado sus restos en la profundidad de un bosque remoto, de difícil acceso. Ahora tenía el 

camino libre para conquistar a Anabel, la esposa de Gonzalo, su viuda ya. 

Haciendo el papel de amigo acongojado, había conseguido que Anabel se echara a llorar en sus 

brazos, mientras la visitaba durante una noche de tormenta. 

De pronto tocaron a la puerta, y Anabel corrió hacia ella; aún esperaba noticias de su marido. 

Observó por la mirilla y volteó hacia Pedro. 

- ¡Está aquí! - exclamó llena de alegría Anabel -. ¡Gonzalo está aquí! - y abrió la puerta? 






Los cuatro... 


No esperaban encontrar más que huesos; pero abierto los ataúdes se encontraron ante cuatro 

cuerpos enteros, con la piel acartonada y gris, y los ojos abiertos y blancos. 

Cuatro empleados del municipio ayudaban al sepulturero en la ingrata tarea de remover huesos. 

Ante aquel imprevisto los municipales miraron al sepulturero. 

- ¿Usted había visto algo así antes? - le preguntó uno de ellos al sepulturero. 

- Después de tres años enterrados, nunca. Siempre son un montón de huesos limpios. Este 

cementerio es bajo y húmedo, no podrían conservarse así. 

- ¿Y qué hacemos? - preguntó otro. 

- Pues? llamar a alguna autoridad del cementerio y preguntar, digo yo. 

Y los cinco salieron rumbo a la casilla del cementerio, donde había un teléfono. 

Regresaron veinte minutos después, y, al ver los ataúdes vacíos, quedaron de boca abierta, 

mirándose unos a otros sin entender qué pasaba. 

Escucharon un griterío y se volvieron hacia el amplio portón del cementerio. Vieron que por la 

calle iba corriendo un grupo de personas, y que los perseguía uno de los muertos. 

El sepulturero recordó de pronto a los cuatro jinetes del apocalipsis, y se volvió hacia las estatuas 

ecuestres que estaban al pie de las cuatro tumbas. Y el cielo se volvió negro de pronto, y proyectiles 

de fuego comenzaron a llover, y desde la ciudad llegaron más gritos; era el fin del mundo? 






Estoy aquí 


Fabián despertó con un grito. Las sábanas se le pegaban al cuerpo, al pasarse la mano 

por la frente comprobó que estaba empapado en sudor. El cuarto permanecía oscuro. 

Estaba pensando que sólo había sido una terrible pesadilla, mas al escuchar el clic de 

una lámpara colocada sobre una mesita, vio al monstruo de su pesadilla saludándolo 

con la mano. 



El molesto rechinido 


Rogelio tomaba un café en la sala de su casa, mientras leía el diario. 

Las persiana de la ventana estaba abierta, y algunos insectos nocturnos trepaban por el 

vidrio o chocaban contra él, atraídos por la luz del interior. Más allá del jardín no se 

veía nada; la noche estaba sumamente oscura. 

Rogelio pasaba las hojas del diario y bostezaba cada vez más seguido. De repente escuchó 

un rechinido. Dejó el diario sobre la mesa y miró en torno a él. No era la primera vez que 

escuchaba aquel sonido. Sonaba en partes diferentes de la casa, siempre de noche, y aún 

no se explicaba qué era. 

Se imaginaba que lo producía el roce de dos materiales duros, pero qué eran no sabía. 

Una puerta interior se abrió de golpe, Rogelio volteó hacia ella, y vio que bajo el marco 

había una anciana diminuta y jorobada. La anciana le mostró los dientes y los hizo rechinar, 

luego comenzó a retroceder sin dar un paso, sólo se deslizaba, entonces la puerta se cerró. 






Lectura terrorífica 


Los integrantes de un club de lectura, se habían reunido una noche en la casa de uno de 

ellos, una señora que vivía en el campo, cerca de la ciudad. 

Habían leído un libro de cuentos de terror. Comentaban la historia que les había parecido 

más terrorífica, un cuento sobre el Diablo. 

La anfitriona les servía té y masitas. Sin ningún ruido que lo anunciara, una de las ventanas se 

abrió de golpe, y entonces asomó una cabeza alargada, de grandes ojos oscuros. 

Algunas tazas volaron por el aire, y el griterío fue general, la mayoría eran mujeres. Uno de 

los hombres, que se había levantado como un resorte, creyó identificar al dueño de la cabeza. 

- ¡Es un caballo! - gritó - ¡Fuera! Cálmense todos, sólo es un caballo ¡Fuera! 

La cabeza los miró a todos, después se retiró. Comenzaban a calmarse cuando uno prestó 

atención al ruido de los pasos que se alejaban; no se escuchaban cuatro patas andando, se 

distinguía claramente que eran dos. 






El Muerto 


Clara se levantó al amanecer. Antes de preparar el desayuno fue a ver como estaba 

el Señor Ramírez. 

Clara trabajaba como cuidadora. Ramírez, su empleador, era un anciano que estaba 

enfermo desde hacía mucho tiempo. Él no tenía familia ni conocidos, y no era extraño 

que fuera así. Tenía muy mal carácter, era autoritario, nunca sonreía, y sus ojos celestes 

parecían llenos de odio y maldad. 

Subió las escaleras y fue hasta la puerta de la habitación en donde dormía el viejo. 


- ¡Señor Ramírez! ¿Puedo pasar? 


El viejo no respondía. Clara acercó su oído a la puerta, después golpeó nuevamente. 


- ¡Señor! ¿Está usted bien? - como no le respondía entró a la habitación. 


Ramírez estaba con sus ojos celestes bien abiertos, fijos en algún lugar del techo. 

El rostro, más serio que nunca, estaba inmóvil. Su cabeza calva estaba hundida en la 

almohada; sus brazos estaban por fuera de las sábanas, que solo lo cubrían hasta la 

mitad de su ancho pecho. 

Clara se inclinó hacia él y revisó sus signos vitales; no tenía pulso y estaba frío, su 

cuerpo ya estaba rígido: Estaba muerto. 

El único teléfono que había en la casa estaba allí mismo, en el cuarto del viejo. 

Estaba de espaldas a la cama, marcando el número de la Funeraria, cuando escuchó 

que una voz espantosa, aterradora, que reverberó por toda la casa, decía su nombre. 

- ¡Clara?! 

Al volverse vio que él viejo estaba sentado en la cama, y sonreía de una forma 

asquerosa. Clara dejó caer el teléfono y corrió hacia la puerta. Lo que ocupaba el 

cuerpo del viejo la siguió con la mirada. 

Ése día Clara no llamó a la Funeraria. Huyó de allí y fue hasta su casa. Al otro día, 

cuando estaba más calmada, hizo la llamada desde su hogar. 

Cuando entraron los de la Funeraria, el viejo estaba en la misma posición en que lo 

encontrara Clara; mas en su cara seguía plasmada aquella sonrisa asquerosa. 







Bajo la luz de la chimenea 


La madrugada helada y oscura se cernía sobre la ciudad. Mario despertó 

Creyendo oír una voz extraña, a su lado dormía Marta, su esposa. 

Se mantuvo expectante por un rato pero no volvió a oír la voz. 

El fuego de la chimenea estaba por extinguirse, Mario se levantó 

Silenciosamente y colocó mas leña. A medida que el fuego aumentaba 

La habitación se iba iluminando y se hacían visibles los objetos, y 

Crecían sus sombras temblorosas. 

Atizaba el fuego cuando escuchó nuevamente la voz, y percibió que 

El sonido se originaba en la cama. Al girar descubrió que en lecho 

Había una extraña, estaba apoyada sobre sus rodillas y manos, y sacudía 

La cabeza de un lado al otro con gran velocidad, y una melena larga 

Y blanca le cubría el rostro. 

En un tiempo muy corto, Mario pasó de estar aterrado a sentirse furioso, 

Al comprobar con la vista que Marta no estaba en la habitación. Con el 

Atizador en la mano avanzó hacia aquella cosa que se movía como un 

Animal y la golpeó en la cabeza. 

Las llamas aumentaron mas e iluminaron el cuerpo de Marta tendido en 

La cama, de su cien brotaba un tibio manantial.. 

Mario soltó el atizador y calló de rodillas llevándose las manos a la cabeza. 

Un ser casi traslúcido salió por la ventana cerrada y desapareció en la 

Noche helada y oscura. 







Del otro lado de la ventana 


Acostado en lo obscuro de mi cuarto, escuchaba el zumbido del ventilador, 

Remedio eficaz para dormirse. Ya comenzaban a desfilar por mi mente 

Una sucesión de recuerdos e imágenes inconexas, estaba por dormirme. 

Un ruido casi imperceptible me hizo abrir los ojos. Aunque de intensidad 

Muy baja, como ya dije, fue apenas perceptible, el ruido fue bastante 

Alarmante, sonó como si algo blando chocara contra el vidrio de la ventana. 

Giré la cabeza y vi la silueta de una persona pegada a la ventana, con las 

Palmas en el vidrio y moviendo la cabeza, como tratando de ver hacia el 

Interior. Después de un instante de terror, la silueta se alejó lentamente. 

Fue una experiencia atemorizante, pero lo que mas me aterrorizó, fue 

Que mi apartamento está en el quinto piso. 






Recuerdo 


Cuando era niño, en una noche bastante fría, desperté y noté que las 

Cobijas solo me cubrían las piernas, aún tenía los ojos cerrados cuando 

Sentí que alguien volvía a taparme, mi Madre, supuse. Trataba de dormir 

Nuevamente cuando me acordé que mis padres no estaban en la casa, 

Habían ido a una fiesta, y nadie me estaba cuidando. 







El pozo de agua 


Durante mi niñez me mudé mucho de casa. En una de las casas en que vivió mi familia, en el fondo había un pozo de agua. La pared circular, o borde, medía como un metro, y tenía una roldana, 

y el travesaño que la sujetaba; era un pozo común. Por tapa tenía unas maderas colocadas juntas. 

Como era peligroso no me dejaban acercarme a él. 

La ventana de mi cuarto daba hacia el fondo, y se veía el pozo. Siempre tuve el sueño pesado, y 

apenas caía en la cama me dormía. Una noche, había cenado mucho y no me podía dormir, y entonces fue cuando escuché un golpeteo que venía del fondo. 


Fui hasta el cuarto de mis padres y los llamé. Mi padre miró por la ventana de mi cuarto y escuchó 

atento. ?Viene del pozo - nos susurró a mi y a mi madre -. Puede ser un gato o algo?, nos dijo. 

No se me ocurría cómo un gato podría haber apartado las maderas sin caer hasta el fondo, y si había 

caído, cómo pudo trepar por la pared lisa y resbalosa del pozo. Seguramente mi padre tampoco lo 

creía, ya que fue a revisar con el revólver en la mano, además de la linterna. 

Desde la ventana, yo y mi madre vimos como fue sacando las maderas, y después iluminó hacia abajo 

largo rato. Terminó sacando todas las maderas pero no vio nada. 


A la noche siguiente lo mismo. Los golpes desde adentro del pozo, y las maderas que alcanzaban a 

levantarse como si algo las empujara hacia arriba. De nuevo no encontró nada. 

Como había empezado a asustarme, me cambiaron de cuarto, para que pudiera dormir, pero fue peor, 

porque empecé a tener pesadillas con el pozo. Siempre veía, (en el sueño) que las maderas se abrían, 

que caían al suelo, y por el borde del pozo empezaba a asomar una cabeza, y ahí despertaba. 

Llegué a odiar al pozo y a la casa, quería irme como fuera. Como éramos casi nómadas, unos meces 

después nos fuimos. 

Varios años después, mis padres me contaron, que tras la segunda noche de ruidos, indagaron a un 

vecino, sin decirle lo que había pasado, simplemente preguntaron por los dueños anteriores, y resultó 

que el vecino les dijo que un hombre se había suicidado en el pozo.  
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4 Comentarios Cuentos cortos de terror
Buen aporte, gracias. Me gusto mucho leerlos.
Buenas historias, la primera es la mejor.  
dale viejo ... bonitos cuentos ... au que leerlos con suspenso
quien es el autor???
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