PLUTARCO - La Inconveniencia De Contraer Deudas

1.         Platón prohíbe en las Leyes que un vecino se abastezca del agua de otro a menos que haya realizado una perforación en su finca hasta la capa de tierra llamada arcillosa y haya descubierto que carece de acuífero; pues la tierra arcillosa, debido a su naturaleza grasa y compacta, retiene la humedad que le llega y no la deja pasar. Prescribe, en cambio, que quienes no puedan conseguir agua propia, se abastezcan de la de otro, pues la ley debe remediar la necesidad. ¿No debería, entonces, haber también una ley sobre el dinero que prohibiera a la gente tomarlo prestado de otros y acudir a manantiales ajenos sin haber comprobado antes en casa los recursos propios y haber reunido, como si lo hicieran gota a gota, lo útil y necesario para ellos? Pero, en lugar de eso, por lujo, molicie u ostentación, no sacan partido de los bienes que poseen y, sin necesitarlo, piden préstamos a un elevado interés. Buena prueba de ello es que a los pobres no les prestan, sino a los que desean procurarse alguna clase de bienestar. Y uno presenta un testigo y un avalista cuando pide, puesto que tiene bienes, obtener crédito, aunque no debería pedir un préstamo puesto que tiene bienes.


2.         ¿Por qué haces la corte a un banquero o a un hombre de negocios? Toma un préstamo de tu propia mesa. Tienes copas, platos, fuentes de plata: supedítalos a tus necesidades. En su lugar, adornarán tu mesa la bella Áulide o Ténedos  con su vajilla de cerámica, que es más limpia que la de plata: no tiene el olor pesado y repugnante de los intereses que ensucian la ostentación como si cada día le añadieran una capa de orín. Tampoco te recordará las calendas ni la luna nueva, día que los usureros hacen, a pesar de ser el más sagrado de todos, maldito y odioso. Pues a quienes empeñan sus bienes en lugar de venderlos, ni siquiera el dios B Protector de la propiedad  podría salvarlos. Se avergüenzan de aceptar un precio, no se avergüenzan de pagar intereses de sus propios bienes. Y sin embargo, el célebre Pericles mandó que hicieran desmontable el ornamento de la diosa, que pesaba cuarenta talentos de oro puro. «Para que podamos emplearlo, dijo, en la financiación de la güeña y luego restituirlo en la misma cantidad». Nosotros igualmente, como si estuviéramos asediados, cuando nos encontramos en la necesidad no debemos acoger una guarnición de un usurero, un enemigo, ni resignamos a ver nuestras propiedades sometidas a esclavitud. Por el contrario, eliminemos lo que no es útil de la mesa, la cama, los carruajes, el género de vida, y preservemos nuestra libertad con la confianza de que lo restituiremos si nos favorece la suerte.


3,         Las romanas entregaron como ofrenda a Apolo Pitio las alhajas con las que se fabricó la crátera de oro que fue enviada a Delfos; y las cartaginesas se afeitaron la cabeza y ofrecieron sus cabellos para tensar las máquinas y los instrumentos en defensa de su patria . En cambio nosotros nos avergonzamos de ser autosuficientes  y nos esclavizamos con hipotecas y pagarés, cuando tendríamos que limitamos y ceñimos a lo estrictamente necesario y, con la supresión o la venta de lo innecesario y superfluo, erigir un santuario de libertad para nosotros mismos, nuestros hijos y nuestras mujeres.


La diosa Ártemis de Éfeso ofrece a los deudores, cuando se refugian en su santuario, asilo e impunidad frente a los acreedores; pero el asilo y santuario inviolable de la vida sencilla tiene sus puertas abiertas para los sensatos donde-quiera que se encuentren, a la vez que les ofrece un amplio espacio de ocio lleno de dicha y de todos los derechos cívicos. La Pitia reveló a los atenienses en las guerras médicas que el dios les otorgaba un muro de madera, y ellos abandonaron su tierra, su ciudad, sus posesiones y sus casas y se refugiaron en las naves para defender su libertad; igualmente, a nosotros nos da la divinidad una mesa de madera, una vajilla de cerámica y un manto burdo si queremos vivir en libertad.


Tú no aguardes la caballería



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ni carruajes tirados por dos animales y con incrustaciones de marfil y plata: los intereses los alcanzan con rapidez y los adelantan; montado en un asno cualquiera o un rocín, huye del usurero enemigo y tirano, pues no pide tierra y agua como el medo  sino que atenta contra tu libertad y trata de despojarte de tus derechos cívicos . Si no le pagas, te acosa; si tienes dinero, no lo acepta; si vendes, rebaja el precio; si no vendes, te obliga a hacerlo; si ejerces como juez, te recusa; si prestas juramento, él te lo dicta; si vas a su puerta, te la cierra; si te quedas en casa, sienta allí sus reales y llama a la puerta.
         

4.         ¿Qué beneficio procuró Solón a los atenienses cuando les prohibió contraer deudas poniendo sus personas como fianza?. Pues son esclavos de todos sus depredadores; pero más que de éstos ?¿pues qué tendría eso de terrible??, lo son de esclavos  insolentes, bárbaros y salvajes como los feroces torturadores y verdugos que en el Hades, según Platón , se encargan de los que han sido impíos. Y en efecto, éstos hacen del ágora un lugar de impíos para los desgraciados deudores y, como buitres, los devoran y roen poco a poco, «hundiéndose en sus entrañas»; y puestos al acecho sobre otros, los atormentan como a Tántalos impidiéndoles saborear sus propios bienes mientras los están vendimiando o cosechando.


Darío envió contra Atenas a Datis y Artafemes con cadenas y ligaduras para aherrojar a los prisioneros , y de manera semejante ésos llevan contra Grecia recipientes llenos de contratos y pagarés como si fueran grilletes; marchan contra las ciudades y las atraviesan no sembrando un fruto B agradable como Triptólemo , sino plantando raíces de deudas, raíces que producen muchos daños y muchos intereses, son difíciles de evitar y, con su difusión en círculo y crecimiento progresivo, doblegan y ahogan a las ciudades.


Las liebres, según dicen, a la vez que están criando una camada paren otra, y estando preñadas conciben de nuevo, pero los préstamos de esos picaros y bárbaros paren antes de concebir: en efecto, reclaman a la vez que están dando y mientras depositan el dinero se lo están llevando, y prestan el interés de lo que han prestado.


5.         Se dice en Mesenia que

Hay una Pilos antes de Pilos y hay además otra Pilos; y se podrá decir respecto a los usureros: «Hay un interés antes del interés, y hay además otro interés». Por consiguiente, deben de burlarse de los físicos, quienes dicen que de lo que no tiene ser no nace nada, pues a ellos les produce intereses lo que todavía no tiene ser ni existencia.


Consideran una deshonra la recaudación de impuestos, y eso que es legal; pero ellos prestan dinero cobrando tasas ilegales; y es más, a decir verdad, lo hacen estafando en el préstamo, pues quien recibe una cantidad menor que la con-signada en el contrato, es víctima de una estafa. El caso es que los persas consideran que mentir es una falta menor que contraer deudas, que es la más grave de todas ; pues ocurre D con frecuencia que los deudores también mienten. Pero mienten más los usureros y cometen fraude cuando consignan en sus libros de cuentas que dan tanto a fulano pero le dan menos; y el motivo de la mentira es la codicia, no la necesidad ni la pobreza sino una avaricia «de cuya satisfacción ellos no sacan disfrute»  ni utilidad pero es ruinosa para sus víctimas. Pues ni cultivan los campos que arrebatan a sus deudores ni habitan sus casas cuando los expulsan de ellas ni utilizan sus mesas ni su ropa, sino que arruinan a uno en primer lugar, y le dan caza a un segundo que es E atraído por el cebo de aquél . Su barbarie, en efecto, se propaga como el fuego, creciendo con la perdición y la ruina de los que caen en su poder y devorando a uno después de otro. El usurero que lo atiza y alimenta en perjuicio de mucha gente no gana nada más que el poder leer, al cabo de un tiempo, la relación de todos los que ha puesto en venta, de todos los que ha desalojado de su casa, y de dónde le ha llegado rodando y acumulándose ese dinero.


6.         Y no penséis que digo eso porque tengo la guerra declarada a los usureros, pues no se llevaron nunca mis vacas ni mis caballos; lo hago porque trato de mostrar a los propensos a pedir préstamos cuánto oprobio y pérdida de libertad comporta su actuación, y que pedir préstamos es un acto de extrema in-sensatez y molicie. ¿Tienes? No pidas prestado, pues no estás en la indigencia. ¿No tienes? No pidas prestado, pues no podrás devolverlo. Consideremos ambos supuestos por separado.


Catón le dijo a un anciano que tenía un comportamiento malvado: «Pero hombre, ¿por qué añades, a tantos males como conlleva la vejez, el oprobio de la maldad?» . Así que tú tampoco acumules, al montón de males que tiene la pobreza, las dificultades que entrañan los préstamos y las deudas, ni prives a la pobreza de lo único en lo que aventaja a la riqueza, que es la falta de preocupaciones; porque harás un ridículo como el del refrán:


No puedo llevar la cabra, echadme el buey a cuestas.


No puedes sobrellevar la pobreza y te echas encima la carga de un usurero, que es insoportable incluso para un rico. «¿Entonces cómo voy a vivir?» . ¿Haces esa pregunta cuan¬do dispones de manos, pies y voz y eres un hombre capaz de amar y de ser amado, de hacer favores y de agradecerlos?

Pues ejerciendo de maestro de escuela o preceptor, portero, navegante, marino de cabotaje; nada de eso es más vergon­zoso ni más desagradable que oír decir: «págame».



4.            El célebre Rutilio se acercó una vez en Roma a Musonio y le dijo: «Musonio, Zeus Salvador, al que tú preten­des imitar y emular, no pide préstamos». Y Musonio replicó con una sonrisa: «Ni es prestamista». Pues aunque el propio Rutilio era prestamista, le estaba reprochando a él que pidie­ra préstamos. Éste es un caso de la insensata vanidad de los estoicos; pues ¿qué necesidad tienes de perturbar a Zeus Salvador cuando puedes mencionar de inmediato ejemplos que saltan a la vista? No toman prestado las golondrinas, no toman prestado las hormigas, y eso que la naturaleza no les c dio manos, ni palabra ni habilidad. Pero los hombres, con la superioridad de su inteligencia, gracias a su ingenio, man­tienen caballos, perros, perdices, cornejas. Así que tú, ¿por qué juzgas que eres más receloso que una corneja, más in­capaz de hablar que una perdiz y más innoble que un perro, y que no puedes obtener ayuda de ningún hombre a cambio de prodigarle cuidados, entretenerlo, protegerlo, luchar por él? ¿No ves las numerosas oportunidades que ofrece la tierra y las que ofrece el mar?



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También vi a Mtcilo

dice Crates,

cardando la lana, y que su mujer cardaba con él e intentaban escapar del hambre en un terrible combate.


Cuando el rey Antígono vio a Cleantes al cabo de cierto tiempo en Atenas, le preguntó: «¿Todavía mueles trigo, Cleantes?» A lo que respondió: «Sí, majestad; lo hago con d objeto de no abandonar a Zenón ni a la filosofía». ¡Qué grandeza de ánimo la suya: después del molino y la artesa, con la mano de cocer el pan y moler, escribía sobre los dio­ses, las estrellas y el sol! Pero a nosotros esos trabajos nos parecen propios de esclavos. Por eso pedimos préstamos con la finalidad de ser libres y lisonjeamos a esclavos do­mésticos, les damos escolta, los agasajamos, les hacemos regalos y les pagamos tributo; no a causa de nuestra pobreza (pues nadie le presta a un pobre), sino de nuestro derro­che. Pues si nos contentáramos con lo necesario para la vida, no existiría la especie de los usureros, como no existe la de los centauros ni la de las gorgonas. Pero el lujo ha en­gendrado a los usureros, igual que a los orfebres, plateros, e perfumistas y tintureros. En efecto, no nos endeudamos para pagar el pan o el vino, sino tierras, esclavos, mulos, triclinios, mesas, o por dispendios en espectáculos para las ciudades porque rivalizamos en liberalidades infructuosas y no reconocidas.


El que es atrapado una vez, continúa siendo deudor toda la vida, cambiando de un jinete a otro como caballo embridado. No hay escapatoria a aquellos pastos y prados de an­tes; andan errantes como aquellos genios de Empédocles expulsados por los dioses y caídos del cielo:


El poder del éter los empuja al mar, el mar los escupe al suelo de la tierra,

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y la tierra a los rayos del sol infatigable, y éste los lanza a del éter; uno los recibe del otro,          [los torbellinos

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un usurero o un negociante de Corinto, luego uno de Patras, luego otro de Atenas, hasta que machacados por los gol­pes de todos, se desintegran y desmenuzan.


El que se ha caído en el barro debe levantarse de inme­diato o quedarse quieto; pero el que se agita y se revuelca, con el cuerpo mojado y empapado, se enfanga todavía más. De la misma manera, los que en las transferencias y cam­bios de préstamos aceptan más intereses añadiéndolos a los anteriores, asumen una carga cada vez más penosa y en nada se diferencian de los que padecen un cólico y rechazan el tratamiento y, aunque vomitan aquello que se les atraganta, luego no dejan de acumular cada vez más. En efecto, esas personas no desean purgarse, y en todas las estaciones del año, mientras escupen el interés entre dolores y convulsio­nes al tiempo que otro distinto afluye de inmediato y se les atraganta, continuamente sienten náuseas y dolores de cabe­za, cuando lo que tendrían que hacer es poner fin a las deu­das para limpiarse y liberarse.


8.            Mis palabras se están dirigiendo ya a los que gozan de más recursos y de una vida muelle, a los que dicen: « ¿Que me quede sin esclavos, sin hogar, sin casa?» Como si un enfermo que está abotargado por la hidropesía le dijera al médico: « ¿Que adelgace y me quede vacío?» ¿Y por qué no, si es para que recuperes la salud? Así mismo, tú quédate sin esclavos para no ser esclavo; y sin propiedades, para que no seas propiedad de otro. Y escucha la fábula de los bui­tres: estaba uno vomitando y decía que estaba echando las entrañas, y otro que se hallaba a su lado le dijo: « ¿Y qué tiene de malo? Pues no estás echando tus entrañas, sino las del cadáver que despedazamos hace poco». De la misma manera, lo que cada deudor vende no es su finca y su propia casa, sino la de su acreedor, al que ha hecho legalmente d propietario de ello. «Sí, por Zeus ?dice?, pero mi padre me legó este campo». Sí, y además te dio la libertad y los derechos cívicos, cosas que tienes que apreciar más. El que te engendró hizo también tu pie y tu mano, pero si se gangrenan, pagas por su amputación.



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Calipso le puso a Odiseo sus vestiduras, lo vistió con ropas perfumadas que emanaban la fragancia de su cuerpo inmortal y eran do­nes y recuerdos de su amor. Pero cuando, tras naufragar y hundirse bajo las olas, consiguió emerger a duras penas de­bido al peso de la ropa empapada, se la quitó y se deshizo de ella; y tras ceñirse el pecho desnudo con un velo, nadó a lo largo de la costa mirando hacia tierra y, cuando estuvo a salvo, no le faltó vestido ni alimento. ¿Entonces, qué? ¿No estalla una tempestad sobre los deudo­res cuando, al cabo de un tiempo, se presenta el acreedor di­ciendo: «págame»?


Después de hablar así, amontonó las nubes y agitó el mar; se abatieron juntos Euro, Noto y el Céfiro de soplo violen­to


tras acumularse intereses sobre intereses. Pero él, sumergi­do, se agarra al peso que lo lastra sin poder alejarse nadando ni escapar; por el contrario, se precipita hacia el fondo y de­saparece junto con los amigos que lo han avalado.



Crates de Tebas, que no recibió ningún apremio ni tenía deudas, pero detestaba la sola administración de los bienes, sus preocupaciones y complicaciones, renunció a una fortu­na de ocho talentos, cogió su capote viejo y una alforja y se refugió en la filosofía con ayuda de la pobreza. En cuanto a Anaxagoras, dejó baldía su tierra para pasto de las ovejas. ¿Y qué necesidad hay de hablar de ésos? Filóxeno el poeta lírico, tras obtener en una colonia de Sicilia un lote de tie­rras con abundantes recursos para vivir y mantener la casa, al ver que allí imperaba el lujo, la molicie y la incultura, di­jo: «No, por los dioses, estos bienes no harán que yo me pierda, sino que yo los perderé a ellos», y dejó su lote a otros y se marchó de la isla.
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En cambio, los que tienen deudas soportan los apremios y los tributos que les imponen, que los esclavicen y los arruinen, y se resignan, como Fineo, a nutrir Harpías aladas que se llevan su alimento y lo desgarran, pues compran el trigo no en su estación, sino antes de la cosecha, y el aceite antes de que haya caído la aceituna. «Tengo el vino por tanto», dice el prestamista y entrega el vale del precio, pero el racimo todavía cuelga y está firmemente unido a la vid, esperando a Arturo.


PLUTARCO

OBRAS MORALES Y DE COSTUMBRES (MORALIA) 

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3 Comentarios PLUTARCO - La Inconveniencia De Contraer Deudas
Ptregunta, no hay nada para bajar ????
[/font][/size][/color] es alguna forma de escritura antigua?
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