Alej?ndonos

El silencio inunda las paredes del hogar. Ni siquiera los insectos se atreven a batir sus minúsculas alas para no romper la quietud tensa que llena el aire. Solamente se escuchan los sollozos de los niños, víctimas colaterales que sufren ante un enojo que no pueden manejar.


Una pelea acaba de terminar.


¿Cuántas veces se repite esta escena cada día? ¿Cuántas familias quedan despedazadas por el odio? Estoy seguro que son muchas.


Muchas veces no nos damos cuenta del daño que causamos con una simple mirada. Nuestro corazón almacena situaciones duras que necesita descargar. Y lamentablemente muchas veces mitigamos nuestro pesar en la persona más vulnerable, la persona que nos ama. La ira llega a las almas de la pareja; llena ese vacío que deja el amor cuando se va a otros corazones más felices.


No hay sentido para una pelea entre dos personas que se aman. No hay sentido para que prevalezca más el orgullo que el amor. Tener razón no es más importante que abrir los sentimientos hacia esa persona que elegimos.


Tal vez ese no sea el problema. Tal vez, esas dos personas ya no se amen. Cuando el camino a la felicidad llega a su fin, no hay razón para que esas dos personas se martiricen con peleas inútiles que lo único que dejan son heridas en el alma. Heridas que no sanan.
Amigos míos, la felicidad está tan cerca que podemos acariciarla con la punta de nuestros dedos. No dejemos que la bruma del desamor nos la oculte. Nadie nos obliga a sufrir. Nadie nos incita a hacer sufrir a otra persona.


En la vida nuestros caminos se cruzan, pero a veces también se separan. Divergen entre campos envueltos en la oscuridad de la incertidumbre y nos hacen amedrentarnos en la toma de decisiones. Sé que puede sonar crudo, pero es mejor que vivir atormentado por una pelea constante.


Voy a contarles una experiencia personal.

Ya todos saben que la chica que escribe en el blog, Eri, es mi novia.

Nos conocimos en los patios del colegio y nos enamoramos. Nos prometimos amor eterno.
Sin embargo, poco antes de cumplir un año de noviazgo las cosas empezaron a chocar entre nosotros. Nuestras opiniones siempre diferían, nuestras salidas terminaban en discusiones fugaces.


Fue entonces cuando decidí que se había terminado. Los minutos pasaban en un respirar y nada cambiaba así que le comuniqué la triste decisión.


Fue un mes vacío para los dos. Amargo. Todos fueron días de lluvia otoñal.

El amor nos fue acercando de nuevo. Sólo entonces, cuando estuvimos separados, nos dimos cuenta de lo que teníamos en común y pudimos solucionarlo.


Volvimos y las cosas mejoraron notablemente. Ahora somos la Parejita Escritora que llena sus páginas con reflexiones.

Para terminar, con esto no quiero decir que todas las rupturas van a terminar así, pero quiero que entiendan que muchas veces la mejor salida, la que nos va a ahorrar un mal final y muchas horas de sufrimiento, es dar el siguiente paso. El paso tan temido pero a la vez tan esclarecedor. Después de la tristeza que produce un cambio, muchas veces una ruptura nos libera el corazón y le da cierto respiro a nuestra alma.


Desde estas lejanas playas mentales, Maty Presidente
Fuente: Mente

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