Almeria 0 - Barcelona 8

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Almeria 0 - Barcelona 8







Como el partido-partido, el de verdad, duró apenas 20 minutos, hubo mucho tiempo para pensar en cosas más o menos tocantes a lo que sucedía en paralelo en el estadio de los Juegos del Mediterráneo. En que Lillo debía pensar que con amigos como Guardiola no hacen falta enemigos, en que el nivel de Messi es sobrehumano y además su pico de forma actual es deliciosamente dulce y en que pobre del que aparece en el camino del Barcelona el día que el equipo de Guardiola añade eficacia y dinamita (pegada) a su habitual e innegociable despliegue de estilo.

En todo eso y, claro, en que cada jornada deja la Liga demostraciones del abismo que separa a Barcelona y Real Madrid de casi todos (¿todos?) los demás. Hay un lote muy importante de equipos para los que ganar a los dos colosos es poco más que un sueño, arañar algo positivo una quimera que requiere la alineación de demasiados astros. A veces ocurre. Muy pocas, cada vez menos, y aún resultan más exóticas cuando Barça y Madrid, Madrid y Barça, cogen ritmo y entran de lleno en su íntima y exclusiva carrera de fondo. Esa en la que, en estas circunstancias de campeonato, la concesión de un empate resulta casi un drama fóbico.

Y entre reflexión y reflexión, cada cual con las suyas, transcurrió un plácido monólogo del Barcelona, que marcó cinco goles en 36 minutos de un primer tiempo de una superioridad tan anonadante que la diferencia con el Almería casi parecía medirse en categorías: mundos distintos. Cada jugaba sonaba a gol, daba la sensación de que el Barcelona podía marcar tantos goles como quisiera. Literalmente. El segundo tiempo, después, se jugó sin tensión en un ambiente sepulcral. Parecía un trámite retorcido para el Almería, que contaba los minutos para marcharse a la ducha, y una formalidad funcionarial para el Barça, que no quería malgastar ni un ápice de energía en puertas de una semana en la que tiene que cerrar el pase en Champions y medir fuerzas después con el Real Madrid en la madre de todas las batallas, una cita en las antípodas del paseo militar de Almería. Con todo, los goles seguían cayendo casi sin hacer ruido pero en un goteo constante. Un triunfo en cualquier caso necesario, como todos, y una confirmación de que no es buena idea invitar a casa al Barcelona: seis partidos, seis victorias. Tres goles en contra, 21 a favor. Impoluto a domicilio, mejor cerrar la puerta con veinte llaves si merodea tu portal. Eso también debió pasar por la cabeza de Lillo en el peor día posible para jugarse el bigote.

Superado el partido resulta irónico que el primer arreón fuera local. El Almería salió fuerte y avistó a Valdés. Disparó primero y tuvo el primer corner. Una anécdota a la que siguió el monólogo total, la demolición más integral posible. El Barcelona cogió el balón y ya no lo soltó. Durante un puñado de ataques el Almería pareció bien ordenado con dos líneas fuera de su área y el Barcelona amenazó con atascarse, masticando la circulación con poca movilidad sin balón. Fue un espejismo, una arrancada progresiva a la que siguió una quinta marcha imparable. Apareció Messi y se acabó el partido. Se aliaron Pedro, Villa, Xavi, Iniesta... y jugó Fontás, nada exigido y capaz de dar un pase soberbio que cruzó todo el campo para el gol de Pedro. Así que Guardiola pudo guardar a Piqué, con molestias y cuatro amarillas. Y pudo quitar en el descanso a Xavi e Iniesta y a Pedro poco después. Miel sobre hojuelas.

El Barcelona marcó cinco goles con seis disparos en el primer tiempo, con un tremendo Messi como faro absoluto. Se filtró entre unas líneas del Almería que retrocedieron a la mínima, aterradas, al interior de su área. Ahí firmó su defunción. Ayudó que Alves, otras veces heroico, no tuvo su día, y que la defensa acabó siendo un coladero. El Barcelona, a base de abrir vías de agua, acabó destruyendo cualquier estructura de equipo que hubiera pensado Lillo. Además Acasiete marcó el tercero en su portería y un rechace dejó en bandeja el segundo a Iniesta. Antes Messi había abierto el marcador, y casi cerrado el partido, con un latigazo de alta escuela desde fuera del área y tras dejada de tacón de Villa. En realidad lo más extraño fue que Villa, por lo demás participativo y enchufado, no marcó.

Tanta o más noticia fue que Bojan marcó dos goles, uno con un sutil toque por encima de Alves, otro tras asistencia del omnipresente Messi, que marcó tres y regaló fútbol casi por inercia, sin querer abusar más de lo justo. El Almería no imaginó como pararle. E intentando hacerlo sin éxito se olvidó de las entradas de Pedro por la derecha, de Maxwell e Iniesta por la izquierda y del juego entre líneas de Xavi y Villa. Fueron ocho goles. Pudieron ser unos cuantos más en un partido redondo para el Barcelona que adornó con cifras históricas una victoria que le permite llegar en buena sintonía al Clásico. Eso era lo importante de la visita a Almería y eso fue. Lo demás, las formas: la exhibición, la superioridad aplastante, la dimisión del rival: la definición de monólogo.

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