Voces en mi mente - Segunda parte

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La ruta se asaba lentamente bajo el sol pampeano, produciendo espejismos en la distancia. En ese lugar remoto, ni siquiera el viento emitía sonido alguno. El silencio dominaba la atmósfera, un silencio que nada tenía que ver con la paz y la tranquilidad. Era más bien un silencio de muerte, denso e incómodo.
No habían rastros de animales. Las aves evitaban la zona. El ganado había buscado otro hábitat hacía mucho tiempo atrás. Sólo los viles insectos se atrevían a poblar esos campos que custodiaban a la ruta solitaria. Sólo ellos morían cuando un vehículo pasaba cortando la noche. Aunque en esos días de verano, nada pasaba por allí. Los escasos camiones que se atrevían a transitar lo hacían en la estación gris, cuando esos campos repletos de manzanos llegaban al momento de la cosecha.
El sol llegó al cenit justo cuando la excepción a la regla aparecía en el horizonte.
Andrés Arenales soltó el pie del acelerador de su auto. El mapa parecía indicar que había un pueblo cerca. Sin embargo, desconfiaba. En esos parajes remotos, parecía que la civilización se había perdido atrás suyo tres horas atrás, y que ya no volvería a renacer. Entre tanto campo silencioso, resultaba muy difícil pensar que allí, en medio de la nada, habría un pueblo llamado Junza.
Junza.
¿Sería un vocablo de los pueblos originarios? No importaba. Sólo quería llegar a algún lugar en donde pasar la noche.
Su pasión por los viajes lo había llevado a ese desierto de vida. Se había propuesto conocer cada provincia de Argentina. La Pampa era la número doce.
Sólo el sonido del motor rompía la letanía verdosa de la llanura infinita. La monotonía era hipnótica.
Sin previo aviso, algo apareció a su izquierda. Un cartel oxidado, a punto de desplomarse por su propio peso. «Eso no estaba ahí hace un momento. Lo hubiera visto». Andrés estaba extrañado, pero atribuyó su falta de percepción al cansancio.
«JUNZA. 6 KM.» Rezaba el cartel. El viejo Peugeot azul giró a la izquierda en el camino ripioso que se desprendía de la ruta despintada.
Mientras giraba el volante ?sin necesidad de ver si algo venía por el otro carril?, Andrés tuvo la sensación de que ese derruído cartel giraba con él, vigilándolo, tratando de advertirle algo...
El camino se extendía como un gusano polvoriento, retorciéndose ante la soledad de aquel clima. A su espalda, en la ruta, algo frío recorrió el cemento.
El viaje no duró más de diez minutos.
Andrés divisó a lo lejos un conjunto de casas que le hacía frente a la desolación. Sólo quería llegar y descansar de aquel viaje que ya llegaba a las ocho horas ininterrumpidas. Estaba confiado en que llegaría sin problemas y que conseguiría fácilmente algo para almorzar y un lugar para dormir un poco.
«Estos pueblos alejados de la mano de Dios siempre son amables cuando uno usa las herramientas adecuadas» Era su lema en ese viaje. Sin embargo, una ligera vibración en su asiento cortó su idea de aterrizaje perfecto. Un desperfecto en el tren delantero, lo más probable.
Esta idea no duró mucho en el sentido común del conductor. Pronto esa vibración se convirtió en temblor, y luego, sin previo aviso, fue un estremecimiento que le provocaba náuseas.
Fijar la vista se hacía imposible. Sentado en su asiento, Andrés se veía disparado hacia todas direcciones, apenas protegido por el cinturón de seguridad y sus manos, que se aferraban desesperadamente al volante. El muñeco que descansaba en la guantera cayó a se perdió bajo la butaca del acompañante. El espejo retrovisor estalló en mil esquirlas que se difuminaron en la brisa que corría dentro del Peugeot.
Andrés soltó el acelerador e intentaba furiosamente pisar el pedal del freno. Misteriosamente, el auto seguía acelerando. Los pedales habían desaparecido. Ahí no había nada.
Entre tanto caos, entre tanto polvillo que impedía la visión a todo lo que estuviera fuera del coche, una voz empezó a susurrar.
Una voz de un anciano. Triste y angustiado. Suplicante.
Por favor...
Sacame de acá.
Mis pulmones me arden.
Necesito aire.
Necesito ver el cielo.
Remové la tierra húmeda.
Estaré esperándote.
Necesito ver la luz...
Necesito salir...
La voz iba creciendo en intensidad, haciéndose insoportable. Andrés sólo atinaba a taparse los oídos, en vano. La voz estaba en todo, hasta dentro de su cabeza. Fue entonces cuando la nube de polvillo se despejó, y desde adentro del vehículo se pudo ver, sólo por un segundo, lo que había adelante.
Nada.
Un barranco de quince metros de altura se abrió bajo las ruedas del Peugeot. Tardó menos de un segundo en caer al vacío.
Dentro, la voz seguía suplicando incesantemente.
La vibración del impacto se sintió claramente en las paredes y ventanas de Junza. Algunas personas, famélicas, salieron de sus casas para interrogarse con la mirada. La pregunta estaba en la mente de todos.
¿Qué pasó?
Allá abajo, el auto estaba destruído.
Andrés salió arrastrándose de debajo del asiento. Ahora, eso frío que había recorrido la ruta llegó hasta el fondo del barranco. Él lo sintió. El frío entró en sus huesos.
Su corazón dejó de latir.
Allí terminó su viaje.
Continuará...

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Voces en mi mente - Segunda parte
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