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LA historia mas grande jamas contada

  • Categoría: Reciclaje
  • Publicado hace más de 3 años


Recuerdo perfectamente el día en el que todo comenzó, como si fuese ayer: volvía del trabajo a casa, a la hora de comer, conduciendo con la cabeza cargada de pensamientos. Ideas acerca de mi tambaleante relación con Esther. En las últimas semanas, la tensión entre nosotros había ido creciendo hasta llevarnos casi a un punto de ruptura. ¿Y por qué? Por mi negativa a ser padre. Desde siempre, desde el primer momento de la relación, le dejé claro que jamás traería un hijo, mi ser más querido, a este mundo de mierda. Y ella estuvo de acuerdo, pensaba igual que yo. Pero han pasado muchos años desde entonces, y todos hemos cambiado, madurado en un sentido u otro. Y ahora, activado repentinamente como un resorte, su instinto maternal lo impregna todo. Ser madre es su mayor deseo, y yo no soy quién para arrebatarle ese derecho; de igual forma que ella no puede negarme el mío a no serlo. Así estaban las cosas.

Aparqué el coche junto al parque, donde solía hacerlo todos los días, y salí para dirigirme a casa. Tras la tensión en vivo del trabajo, ahora otra ración de nuestra habitual tensión latente; a veces me sorprende lo mucho que puede llegar a resistir un cuerpo humano sin caer hecho pedazos. Envuelto en mi asumido fatalismo, seguí caminando con desgana por la acera, cuando escuché un fuerte golpe a mis espaldas. Sobresaltado, me giré de inmediato. Me había sonado a chapa, y no tardé en descubrir que había sido el capó de mi coche el que lo había recibido. Presentaba una abolladura notable en su centro, se había saltado la pintura. La sorpresa fue cediendo el paso a la rabia; frenético, miré por todos lados buscando culpables. En unos segundos me percaté de lo que había golpeado mi coche:

Era un fémur humano, tirado junto a la puerta del conductor.

Pestañeé varias veces sin poder creerlo. ¿De verdad era un fémur?

Me agaché para poder verlo más de cerca y, cuanto más aproximaba la cara, más evidente resultaba que, en efecto, así era. Amarillento, de aspecto rancio y como corroído? sólo podía ser lo que parecía. Me incorporé pálido, mientras la sorpresa dejaba su lugar al miedo. ¿Quién podía haberme lanzado un hueso humano? ¿Por qué? Miré frenético alrededor, esta vez temiendo por mi propia vida. ¿Qué clase de persona puede hacer algo así? Pero no vi ni escuché a nadie. Tampoco había ningún edificio, ningún sitio desde el que lanzar el hueso y esconderse con facilidad; el espacio era demasiado abierto en torno a mí? y eso me asustó aún más.

Marqué atropelladamente el número de la policía y les conté como pude lo que acababa de ocurrirme. Temí que no me creyeran, que se rieran o mosqueasen conmigo. Pero no; tras tomarme los datos, el agente al otro lado me dijo que estarían ahí en minutos. Y, en efecto, así fue. Del coche patrulla se bajaron cuatro agentes. Dos de ellos vestían trajes blancos de esterilización, y pronto comenzaron a sacar fotografías, tomar muestras de la pintura, de alrededor del hueso? mientras los otros dos me tomaban una declaración rápida. Todo me resultó extremadamente fugaz, casi irreal, supongo que a causa de mi enorme confusión. Cuando terminaron conmigo volvieron a su coche, deprisa, tanto? que apenas si tuve tiempo de preguntarles qué podía significar todo esto. El conductor me dirigió una mirada comprensiva, antes de despedirse con una frase que explicaba en parte su urgencia, pero que me dejó aún peor de lo que ya me encontraba:

? ?Están cayendo por todas partes?.

Iba subiendo por las escaleras, pensando en lo que iba a decirle a Esther para explicar mi tardanza? y hasta a mí me costaba creerlo, aún sabiendo que era la única verdad, vivida escasos minutos antes. Mis palabras sonarían como una excusa pueril, estúpida, ridícula. ¿Sabes qué, Esther? Me acaba de caer un fémur humano en el coche y me lo ha abollado. He tenido que llamar a la policía y? Ya me imaginaba la cara que me iba a poner. Pensaría que me estaba burlando de ella y de todo su árbol genealógico, intentando ocultar quién sabe qué cosa imbécil, impropia de un hombre adulto y maduro.

Entré en el piso tragando saliva, dirigiéndome hacia el salón por el pasillo como si éste se hubiese transformado en mi corredor de la muerte particular.

?Buenas ?dije. Ella estaba viendo la televisión.

?Hola ?susurró, sin mirarme.

?No te vas a creer lo que me? ?comencé; pero ella me mandó callar con un rápido gesto del índice sobre los labios. Estaba absorta con lo que decían en las noticias. Así que guardé silencio y, curioso por saber qué le causaba tanto interés, yo también presté atención a la pantalla.

Y lo que estaban diciendo era que por todos los países del mundo, por zonas rurales y urbanas, dispersos pero no escasos, estaban lloviendo huesos humanos. Cráneos, húmeros, costillas, fémures, tibias?

Lloviendo huesos humanos. Eso fue justo lo que dijeron.

Las imágenes mostraban a personas junto a los huesos caídos, explicando lo que habían vivido, de qué habían sido testigos, vídeos de baja calidad tomados con móviles y cámaras siguiendo el descenso desde los cielos de un hueso girando sobre sí mismo. Los destrozos causados por algunos en distintos elementos de la ciudad. Escenas de ataques de pánico. Niños llorando al ver a sus madres llorar.

Sin darme cuenta, yo también estaba temblando.

2


Me envolvió la sensación, la absoluta certeza, de estar viviendo un hecho extraordinario, sobrenatural; algo que ocurría por primera vez en la historia del mundo. Y como el rumor de la Tierra que precede y anuncia la llegada de un terremoto devastador, una profunda zozobra comenzó a crecer en mi interior, intuyendo que esto era solamente el macabro preludio del terror inimaginable que se cernía sobre nosotros. A mi lado, Esther susurraba frases de incredulidad ante lo que escuchaba y veía en la pantalla.

?No puede ser? esto no puede estar pasando?
Empecé a pensar en voz alta, creo que para evitar que la tensión me reventase por dentro. Dar una explicación lógica a algo que no aparentaba visos de tenerla en modo alguno.

?¿Sabes? Esto tiene toda la pinta de ser un acto terrorista, algo de guerra psicológica como en la antigüedad, cuando se catapultaban cabezas y cadáveres por encima de las murallas de los asediados ?dije. Pero ni yo mismo podía creerlo. Realmente los huesos parecían caer como una lluvia ¿Quién demonios puede conseguir eso? Y por todo el mundo. A la vez?

?Pues yo creo que esto tiene que ser obra de Dios. O del diablo ?dijo ella, casi en un lamento.

Esther siempre ha sido una fiel creyente, circunstancia que motivó durante años interesantes conversaciones y alguna que otra discusión, al ir pendulando yo entre un humilde agnosticismo y el ateísmo más radical, según la época y mi necesidad de apoyo espiritual para poder sobrellevar la vida, supongo. Desde hace tiempo, creo que Dios ya no cuenta conmigo para su lista de elegidos.

?No. Existen muchas otras razones más sencillas y verosímiles que habría que descartar antes de que pudiéramos hablar de la mano de Dios ?dije, y ella me miró alzando una ceja?. Sí, podría ser una manipulación más, orquestada por los gobiernos y sus medios de comunicación ?En este momento recordé la abolladura de mi coche, pero proseguí?, o algún extraño fenómeno dentro de las leyes de la naturaleza. Incluso veo más factible que esto sea la primera fase de una invasión por civilización alienígena, que esté usando nuestras estúpidas y arcaicas creencias contra nuestra estabilidad mental.

?Lo de estúpidas creencias no lo dirás por las mías, ¿verdad?

?No lo digo por ti. Lo digo en general. ?Se estaba enfadando.

?Ya, pero yo entro en ese general ?bufó. De momento, tus causas tienen tanta validez como las mías. Y? ?Sacudió la cabeza en incrédula negación? ¿Realmente crees que esto está organizado por el hombre?

?Peores cosas se han visto.

?¿Cómo cuáles?

?Como las Guerras Mundiales, como los auto?atentados para justificar lo injustificable? entre otros muchos horrores caníbales. Siempre nos hemos organizado estupendamente para acabar los unos con los otros. 

?Esto? es diferente. ?Apoyó su pequeña cara sobre una mano, mirando de soslayo al televisor?. Dios está intentando decirnos algo.

Los creyentes no suelen usar la lógica ni el empirismo; niegan de forma natural las evidencias en contra de sus creencias, y te culpan cada vez que entras con una luz en la oscuridad, su amada oscuridad. Un creyente es, en esencia, un adorador del misterio, de lo oculto, y lo necesitan como el adicto necesita la sustancia que lo mantiene flotando. Es tan sencillo como eso.

?Pues yo creo ?dije suavemente? que referirse a lo sobrenatural es poner de manifiesto que se niega, que no se puede asimilar nuestra naturaleza humana, su faceta perversa, orientada a la maldad. Lo sobrenatural aparece cuando no se acepta la realidad, ni sus condiciones. Si Dios quiere decirnos algo? ¿por qué no lo dice claramente y punto? ¿Por qué hay que estar siempre intentando clarificar si el mensaje es ?X? o es ?Z? y, encima, indagar si es Él o no quien lo expresa?

Esther me clavó la mirada, obviamente molesta.

?Muy bien. Imaginemos que vosotros, los escépticos, los incrédulos, estáis en lo cierto. Imaginemos que Dios no existe, que todo es una mierda mecanicista y que el hombre es un gusano hijo de puta capaz de todo con tal de engordar, sobre todo si es a costa de los demás. Supongamos que tenéis razón en todo, pero? ¿por qué os alegráis de que las cosas sean así?, ¿por qué os consideráis más inteligentes, evolucionados que los creyentes?, ¿de dónde os viene ese aire de superioridad, ese regodeo en la crudeza, esos deseos de destruir las equivocadas creencias de los demás?

?Yo no me considero más inteligente que tú, ni estoy especialmente contento porque las cosas sean así. Pero en la vida pocas cosas hay que causen más daño que una creencia equivocada. Además, sois vosotros los que os sentís moralmente superiores a nosotros, por no hablar de ese paranoico complejo de persecución que ostentáis a la mínima ocasión. Y luego somos nosotros los malos, los diabólicos, pero las religiones han causado más guerras de las que se pueden contar, y la Inquisición se hinchó a quemar a gente viva. Me pregunto qué pensará Dios de todo eso ?concluí.

Ella se levantó del sillón con un bufido de cansancio.

?Mira, por lo que a mí respecta, puedes seguir creyendo lo que quieras. Está claro que no nos vamos a persuadir mutuamente ni vamos a sacar nada de esto. Sólo déjame decirte que os veo francamente limitados para aprehender el universo en su grandeza, ciegos a las razones más allá de la Razón, encerrados y orgullosos de estarlo en vuestras trampas lógicas, que poco tienen que ver con lo que ocurre ahí fuera.

?Muy bien, Esther, pues peor para mí entonces. Y me alegro de que os sintáis queridos por Dios y siendo Uno con el universo. Ojalá yo pudiera también.

Durante unos minutos quedamos en silencio, mirando lo que nos ofrecía el televisor.

?¿Qué crees que debemos hacer? ?dijo al fin, ladeando la cabeza para referirse al suceso probablemente más extraño acontecido en la Tierra.

Llevaba un rato pensándolo, así que las palabras fluyeron solas:

?Después de comer, voy a hacer lo que se suele hacer siempre en caso de incertidumbre extrema.

?¿A qué te refieres? ?Me miraron con interés sus ojos negros.

?Voy a comprar y traer tanta comida y agua como sea capaz de cargar.


3


En los días siguientes el mundo estaba en plena ebullición de noticias. Yo iba a mi trabajo y volvía, por todas partes no se hablaba de otra cosa. Los gobiernos al unísono se apresuraron a emitir comunicados tranquilizadores, intentado evitar que el pánico se extendiese en una deriva hacia el terror. Decían básicamente que se trataba de un extrañísima fenómeno meteorológico en estudio, similar a esas lluvias de piedras o pequeños animales que han quedado recogidas en la historia. Pero por la red numerosos grupos de investigadores independientes ya lo estaban desmintiendo. Y en diferentes partes del mundo, llegaban a dos conclusiones idénticas: los huesos caían desde una altura de cuatro kilómetros, sin importar el punto geográfico donde se recogiese el dato. Además, no caían sólo desde las nubes ?como parecían afirmar los gobiernos? sino que aparecían de la nada, a pleno cielo descubierto, como vomitados por bocas invisibles, pero siempre desde esa línea de los cuatro kilómetros ?hasta mostraban vídeos donde se apreciaba claramente?. La segunda conclusión es que las pruebas revelaban que la antigüedad de los huesos en ningún caso era inferior al millón de años. Eso fue lo que dijeron.

Por todo el globo se estaban produciendo grandes movimientos sociales, de carácter religioso en especial. Las epifanías y mensajes apocalípticos se sucedían. Las comunas beatíficas vieron crecer el número de sus integrantes de forma espectacular: lo dejaban todo y se iban a los campos a orar, a cantar la Buena Nueva, la segunda llegada del Mesías. Otros grupúsculos sectarios se conformaron de la noche a la mañana, como setas venenosas tras una lluvia tóxica; y ya comenzaban a crear disturbios e incluso casos de suicidio ritual colectivo. Además, la frecuencia de caída de los huesos, lejos de disminuir, estaba aumentando. Era evidente hasta a simple vista; Esther y yo pudimos ver desde la ventana de nuestro salón ?que daba al parque y, por lo tanto, permitía una amplia vista sin edificios? caer no menos de tres o cuatro. Nos envolvía una terrible, macabra fascinación ¿Era esto el preludio de nuestra muerte? ¿El fin de la humanidad?

?Tengo? tengo miedo, Juan ?tartamudeó, mientras miraba al exterior. Toda esta situación me tiene? descolocada. No sé qué pensar, no sé si el mundo se ha trastornado por completo. No sé qué será de nosotros?

?Yo también estoy asustado, cariño ?Le cogí la mano?. Todos estamos igual; nadie sabe por qué está ocurriendo esto ni entendemos qué puede significar o qué lo está causando. Debemos tener paciencia y esperar a que se resuelva, sea lo que sea.

Esther negaba con la cabeza, como resistiéndose a mis bienintencionados pero evidentes intentos de transmitirle tranquilidad. Yo la conocía bien: no era una de esas personas que se dejan persuadir con facilidad, que incluso parecen estar deseándolo. Y nunca le gustó que la tratasen como a una niña pequeña.

?Creo que Dios nos está castigando.

Cuando las cosas pierden sentido, o son duras de asimilar, Dios aparece por la puerta.

?¡Venga ya, Esther! ¿Cómo puedes decir eso? ¿Es que tú y yo nos merecemos que nos bombardee con huesos humanos? ¿Qué hemos hecho tan terrible, que no puedo recordar? Aparte de trabajar como cabrones, pagar impuestos y no saltarnos las leyes? ¿Tan malos somos? Y los niños, los enfermos, la gente normal que sólo cometen el pecado de querer vivir en paz un día más? ¿también se lo merecen? ?Me crucé de brazos, esperando alguna respuesta racional.

?No nos castiga como individuos, sino como especie? Tal vez sólo quiera abrirnos los ojos, que despertemos de una vez.

?Ah, vale? entonces es que es indiscriminado; lo sabe todo de todos pero no diferencia a nadie. Vaya, Esther, pues siento decir que tu Dios no se diferencia entonces demasiado de cualquier terrorista, según parece.

Me lanzó una mirada de hierro antes de responderme.

?Juan, haz el favor de no blasfemar con tanta facilidad. Tú sabes perfectamente lo que quiero decir; no tergiverses para atacar gratuitamente.

?No ataco por atacar, Esther; sólo intento desmontar una idea sin base de ninguna clase, bastante ridícula en mi opinión.

?Será ridícula para ti ?replicó, como un disparo.

?Además, he notado un cierto respeto en tu voz cuando decías ?blasfemar?? No temas su ira; pongamos que tienes razón y que Él existe? ¡Ya nos está castigando! ¿Qué más has de temer? Mira, no me gustan las ideas que sirven para meter miedo, para controlar a las personas valiéndose de sus debilidades y penas. Es inmoral.

?Dios es Amor, ante todo.

?Ya veo, ya. Y cualquier teoría que no se adecua al principio de falsación, como toda la parafernalia de Dios, tiene muchas papeletas para ser una pura invención. ¿Qué se puede decir de cualquier cosa de la que no se puede asegurar ni su existencia ni su no existencia?

Esther me miró como a un niño travieso pillado in fraganti.

?Reconócelo, Juan: tú no creerías en Dios ni aunque lo vieses aparecer entre las nubes. Te gusta demasiado sentirte intelectualmente superior, blandiendo tu lógica como una espada de palabras. Él está por encima de eso. Él lo creó todo, incluyendo tu obcecado cerebro. Y sus designios son inescrutables, por definición.

?De acuerdo, yo soy un chulo y un pedante, lo acepto; pero yo no me dedicaría a aterrorizar a mis hijos, si los tuviera. ¿Por qué nos trata tan mal? ¿Y por qué no intenta, al menos, explicar sus designios? no sé, con palabras? A lo mejor hasta se sorprende al ver que no somos tan tontos como cree.

Esther esbozó una pequeña sonrisa.

?Porque sería como intentar explicarles a unas hormigas los motivos para la construcción de la autovía que destruirá su hormiguero. Un imposible. Y tal vez esta manera de actuar sea el único método válido para llevarnos adonde quiere.

?De acuerdo, cariño. Tú ganas: Dios existe y los humanos merecemos lo peor. La mayor dificultad para conversar con alguien de creencias muy arraigadas, como tú, es la poca receptividad a escuchar otras teorías alternativas. Por eso, me gustaría que al menos tomases en consideración esas otras ideas. Seguro que te enriquecen, incluso aunque no fueran ciertas.

?Yo no soy ninguna fanática, sólo te digo lo que sinceramente creo ?Se recogió parte de su melena negra tras la oreja?. Muy bien, imaginémoslo al contrario: tú tienes razón y la mano de Dios no está tras lo que está ocurriendo? dime, ¿qué explicación le encuentras a que lluevan huesos del cielo? 

Me gustó que quisiera escucharme.

?Pues verás ?comencé?, pienso que debemos partir de dos hipótesis para explicar las causas: la primera, Interna: esto está siendo obra del hombre, de los gobiernos. Una manipulación más para aterrorizarnos, para dirigirnos como el inmenso rebaño que somos hacia donde les convenga, como con los ataques de falsa bandera y el fenómeno O.V.N.I en el pasado. Seguro que pronto nos meten a todos en campos de concentración blindados, dirán que para nuestra ?protección?, por ?seguridad?? eliminando tantos derechos adquiridos? En el fondo, lo que quieren es sacrificar gran parte de sus cabezas de ganado, pues el rebaño se ha vuelto demasiado grande, e incontrolable.

?Eso suena muy conspiranoico ¿no? ?Se sonrió, un tanto burlona? Muy Nuevo Orden Mundial, Illuminatis? pensaba que tú no creías en esas cosas. ?Me guiñó un ojo, devolviéndome la pelota de la ?puerilidad de las creencias?.

?Y realmente no creo en ello a pies juntillas, pero es una probabilidad que está ahí. ¿Por qué habríamos de descartarla? Muchas pruebas son incontestables, y eso no tiene nada que ver con lo que uno cree.

?Habría que ver también quién presenta esas pruebas, cómo y si no es otra manipulación más, a su vez ?añadió Esther.

?No te diré que no ?le reconocí; pero que los gobiernos nos engañan y manipulan desde que existen es una obviedad fuera de toda discusión. La segunda hipótesis es Externa, menos probable para mí que la primera, pero tampoco descartable. La lluvia de huesos puede estar causada por entidades no humanas, de fuera de la Tierra o incluso de otras dimensiones?

?¡Esa sí que es buena! ?Esther se carcajeó con ganas, como no lo había hecho desde que empezó la pesadilla?. ¿De otras dimensiones dices? Un poco alucinante, ¿no te parece?

?Sí, claro, pero es otra opción no desdeñable. Los huesos ?aparecen? de la nada, a cuatro kilómetros de altura, ¿recuerdas? ¿Eso te parece normal, natural, explicable? Es de lo que están informando todos los investigadores.

?Suponiendo que eso sea cierto, no lo olvides.

?De acuerdo, suponiendo que sea así. Fíjate, Esther ¿Te das cuenta de tu resistencia a aceptar esa mera posibilidad? ¿Ves cómo te parece una infantilada propia de las pelis para críos? Tal vez es justo lo que pretenden que creamos, y llevan trabajando en ello muchos años, con buenos resultados, es evidente. Tu reacción es un claro ejemplo, y seguro que es mayoritaria en la sociedad. 

Esther bufó, mordiéndose el labio inferior y negando con los ojos mirando hacia los cielos, como pidiendo fuerzas a su Dios para soportar tantas tonterías.

?Vaya, no sabía que estabas tan paranoide. Casi hasta me asustas un poco y todo.

?A mí me asusta más todo lo que está ocurriendo ahí afuera, cariño.

?Bien, sigamos con tu hipótesis ?Parecía divertida?. ¿Y por qué esos seres del espacio exterior no llegan y directamente nos destruyen, nos esclavizan, nos devoran o lo que diablos se suponga que quieren hacer con nosotros? ¿Para qué tantos rodeos? Parece que no es sólo mi Dios el que actúa con claves ?Me miró con sorna, ladeando la cabeza, sabedora de su gancho a la barbilla dialéctico.

?Tendría que ser uno de ellos para saberlo ?me defendí? y me da que eso es ya mucho pedirme. Ni tan siquiera te estoy diciendo que yo piense que esa sea la causa; sólo te pido que valores la hipótesis, la idea? cuantas más aportemos, más cerca estaremos de poder descubrir la verdad.

Ahora me estaba mirando con cariño.

?¿Sabes? Al final va a resultar que ambos creemos en fantasías de muy difícil corroboración. Quién sabe? a lo mejor es justo por eso por lo que estamos juntos.

Esas palabras me hicieron sonreír. Pulsaron las teclas de mi afecto.

?Es posible? Me pregunto qué carencias compartimos para necesitar caer en?
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