Existe Dios? (respuesta a "Matematicamente Dios no existe")

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Ya hace algun tiempo que no debato ese tema con nadie, pero en lo que ami respecta es uno de los temas a debatir que mas disfruto y la verdad e estudiado horas, que digo horas por meses el tema para poder entender bien el final de asunto, y desde luego llegar a conceptualizar por mi mismo la respuesta a tal gran pregunta.

Uno de los mejores libros que llegaron a mis manos fue uno llamado "Articulos de Fé" sin ninguna duda el principio del libro (que era lo que andaba buscando) explica de una manera sencilla; el autor del libro es un religioso (entre los que considero eruditos) por ende sostiene la tesis de que "existe tal Dios" y lo sostiene con 3 premisas que enrealidad valen la pena meditar asi que aqui les dejo el texto para que puedan por ustedes mismo entender como es que afirma tal respuesta.

Antes que nada armence de paciencia pero lo que si les digo antes es que vale la pena sacar 20 minutos para leer esto, se los garantizo.

DIOS Y LA SANTA TRINIDAD

Artículo  1.-?Creemos en Dios el Eterno Padre, y en su
Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo,

La Existencia de Dios.?En vista de que la fe en Dios
constituye la base de la creencia y práctica religiosas,
y ya que el conocimiento de  los atributos y carácter de
Dios es esencial para el ejercicio inteligente de la fe en
él, este tema exige el primer lugar en nuestro estudio de
las doctrinas de la Iglesia.

La existencia de Dios difícilmente sirve de tema para
debates racionales; ni tampoco pide pruebas de las dé-
biles demostraciones de la lógica del hombre, porque la
familia humana admite el hecho casi sin controversia, y
la sensación de estar sujeto a un poder supremo es un
atributo innato del género humano. Las antiguas escri-
turas no se dedican a una demostración elemental de la
existencia de Dios, ni a ataques contra las sofisterías del
ateísmo; y por este hecho podemos suponer que los
errores de la duda se desarrollaron en algún período pos-
terior. Este asentimiento universal del género humano,
respecto de la existencia de Dios, es cuando menos muy
corroborativo. Existe dentro de la naturaleza humana
una pasión filial que asciende al cielo. Toda nación, toda
tribu, todo individuo anhela algún objeto que reverenciar.
Es natural que el hombre adore; su alma no se siente
satisfecha sino hasta que encuentra una divinidad.
Cuando, debido a la transgresión, los hombres cayeron en
tinieblas respecto del Dios verdadero y viviente, se
buscaron otras divinidades, y así nacieron las abomi-
naciones de la idolatría. Y sin embargo, aun las más re-
pugnantes de estas prácticas testifican de la existencia
de un Dios, demostrando la pasión hereditaria del hom-
bre hacia la adoración.

La evidencia sobre la cual el género humano basa su
convicción tocante a la existencia de un Ser Supremoa

se puede clasificar, a fin de facilitar su consideración,
dentro de las tres divisiones siguientes:
1.   La evidencia de la historia y la tradición.
2.   La evidencia que ofrece el ejercicio de la razón
humana.
3.   La evidencia conclusiva de la revelación directa de
Dios.


1. Historia y Tradición.

-La historia escrita por el hombre, así como la tradición
auténtica, transmitida de generación en generación
antes de cualquier crónica es -crita que hoy
existe, dan evidencia de la realidad de Dios
y de las íntimas y personales relaciones de Dios con el
hombre durante las primeras épocas de la existencia hu-
mana. Uno de los documentos más antiguos que se cono-
cen, la Santa Biblia, dice que Dios es el Creador de todas
las cosas, y declara además que él se reveló a nuestros
primeros padres terrenales así como a muchos otros
santos personajes en los primeros días del mundo. Adán
y Eva oyeron su voz en el Jardín, y aún después de su
transgresión siguieron invocando a Dios y ofreciéndole
sacrificios. Es patente, pues, que del Jardín llevaron con-
sigo un conocimiento personal de Dios. Después de su
expulsión "oyeron que les hablaba la voz del Señor en
dirección del Jardín de Edén", aunque no lo vieron; y
les dió mandamientos que  ellos obedecieron.  Un ángel
entonces visitó a Adán, y el Espíritu Santo inspiró a
este hombre y dió testimonio del Padre y del Hijo.

Caín y Abel supieron de Dios tanto por las enseñanzas
de sus padres como por manifestaciones personales. Des-
pués de ser aceptada la ofrenda de Abel y rechazada la de
Caín, de lo que resultó el crimen fratricida de éste, el
Señor habló con Caín, y él le respondió.

Por consiguien- te, Caín debe haber llevado un conocimiento personal
de Dios a la tierra a donde fué a vivir.
Adán vivió nove- cientos treinta años, y le nacieron muchos hijos. Les en-
señó a temer a Dios, y muchos de ellos recibieron mani-
festaciones directas. Set, Enós, Cainán, Mahaleel, Jared,
Enoc, Matusalén y Lamec, el padre de Noé, cada uno
de los cuales fué descendiente de Adán y representante
de una generación diferente, vivieron durante la vida de
Adán. Noé nació apenas 126 años después de la muerte
de Adán, además de lo cual vivió casi seiscientos años con
su padre Laméc; quien indudablemente le enseñó las tra-
diciones relativas a las manifestaciones personales de
Dios que él había oído de los labios de Adán, Por con-
ducto de Noé y su familia se transmitió el conocimiento
de Dios por tradición directa después del diluvio; y ade-
más de esto, Noé se comunicó directamente con Dios,
y vivió para instruir a diez generaciones de sus descen-
dientes. Siguió Abrahán, quien también gozó de comuni-
cación personal con Dios, y después de él, Isaac y Jacob
o Israel, entre cuyos descendientes el Señor, por con-
ducto de Moisés, efectuó grandes maravillas. De manera
que, aun cuando no hubiesen existido escritos de nin-
guna clase, la tradición habría preservado y transmitido
el conocimiento de Dios.
Pero aun si con el tiempo hubiese perdido su brillo
el relato de las primeras comunicaciones personales entre
el hombre y Dios, disminuyéndose su efecto consiguiente,
no haría sino ceder el lugar a otras tradiciones fundadas
en posteriores manifestaciones de la personalidad divina.
El Señor se dió a conocer a Moisés no tan solamente
detrás de la cortina de fuego y la cubierta de nubes,
sino en una manifestación cara a cara, en la que el hombre
vió aun "la apariencia" de su Dios. Israel ha preservado
por todas las generaciones esta narración de comunica-
ción directa entre Dios y Moisés, en parte de la cual se
concedió que el pueblo participara hasta donde su fe y
pureza lo permitió. De Israel se han extendido por todo
el mundo las tradiciones de la existencia de Dios; y tanto
así que encontramos huellas de este conocimiento antiguo
aun en las mitologías pervertidas de las naciones paganas.


2. La Razón Humana:

cuya operación se basa en las observaciones
de la naturaleza, enérgicamente declara la
existencia de Dios. La mente, imbuida ya en las verdades
históricas de la existencia divina y su íntima relación
con el hombre, hallará evidencia confirmatoria en la
naturaleza por todos lados; y aun aquel que rechaza el
testimonio de lo pasado, y pretende demostrar que su
propio dictamen es superior a la creencia común de las
edades, es atraído por la enorme variedad de evidencias
a favor del sistema que existe en la naturaleza. Impresio-
nan al observador el orden y sistema manifestados en
la creación; nota él la sucesión regular del día y la
noche que provee períodos alternativos de trabajo y re-
poso para hombres, animales y plantas; el orden regular
de las temporadas, cada cual con sus épocas más largas
de actividad y recuperación; la dependencia mutua de
animales y plantas; la circulación del agua?del mar a
las nubes y de las nubes otra vez a la tierra?con su
efecto benéfico. Al proceder el hombre a un examen
más detallado de las cosas, descubre que por el estudio
y la investigación científica estas pruebas se multiplican
muchas veces. Puede aprender tocante a las leyes por
medio de las cuales la tierra y los mundos que la rodean
son gobernados en sus órbitas; mediante las cuales los sa-
télites permanecen sujetos a los planetas, y los planetas a
los soles; puede contemplar las maravillas de la anatomía
vegetal y animal, y el sobresaliente mecanismo de su
propio cuerpo; y aumentando a cada paso estas impre-
siones sobre su razón, su asombro en cuanto a quién
dispondría todo aquello se convierte en adoración hacia
el Creador, cuya presencia y poder se proclaman tan
enérgicamente, y el observador se vuelve adorador.
En toda la naturaleza está presente la evidencia de
causa y efecto; por todos lados se ve la demostración
de medios que se han adaptado para un fin. Pero tales
adaptaciones, dice un cuidadoso escritor, "indican un plan
que tiende a cierto fin, y un plan es muestra de una
inteligencia, e inteligencia es el atributo de una mente,
y la mente inteligente que fundó el grandioso universo
es Dios." Admitir la existencia de un diseñador en la
evidencia del orden, decir que debe haber un autor en
un mundo de plan inteligente, creer en un adaptador
cuando la vida del hombre depende directamente de las
más perfectas adaptaciones concebibles, no es sino acep-
tar verdades patentes. De modo que la carga de la prueba
en cuanto a que Dios no existe descansa sobre aquel
que pone en duda la solemne verdad de que Dios vive.
"Toda casa es edificada de alguno: mas el que crió todas
las cosas es Dios." No obstante la claridad de las ver-
dades expresadas, hay entre los hombres unos que pro-
fesan dudar de la evidencia de la razón y negar al autor
de su propio ser. ¿No parece extraño que aquí y allí
haya alguno que en la ingeniosidad demostrada por la
hormiga en la construcción de su casa, en la arquitectura
del panal de miel y en los incontables ejemplos de instinto
ordenado entre las más pequeñas de las cosas vivientes,
vea una demostración de inteligencia que puede servirle
al hombre para aprender y ganar sabiduría, y con todo
eso pueda dudar de que está obrando una inteligencia en
la creación de los mundos y en la construcción del uni-
verso?

La parte consciente del hombre le habla de su pro-
pia existencia; su observación comprueba la existencia
de otros de su especie y de órdenes sin número de seres
organizados. De esto sacamos en consecuencia que siem-
pre debe haber existido algo, porque si hubiera habido
un tiempo en que no existía nada, un período en que
nada había, la existencia jamás podría haber principiado,
porque de la nada, nada se deriva. La existencia eterna
de algo, pues, es un hecho irrefutable; y la pregunta que
exige respuesta es, ¿qué es ese algo eterno: esa existen-
cia que es sin principio y sin  fin? Materia y energía son
realidades eternas; pero la materia de por sí no es ni
vital ni activa; ni es la fuerza, de suyo, inteligente; sin
embargo, la vitalidad y la actividad caracterizan las cosas
vivientes, y los efectos de la inteligencia están universal-
mente presentes. La naturaleza no es Dios, y confundir
el uno con el otro sería como decir que el edificio es el
arquitecto, el paño es el sastre, el mármol el escultor y
el objeto el poder que lo hizo. El sistema de la naturaleza
es la manifestación de un  orden que evidencia una in-
teligencia directora; y esa inteligencia es de carácter
eterno, siendo coetáneas ella y la misma existencia. La
naturaleza misma es una declaración de un Ser superior
cuya voluntad y propósito ella manifiesta en sus aspec-
tos variados. Más allá de los límites de la naturaleza, y
superior a ella, se encuentra el Dios de la naturaleza.
Aun cuando la existencia es eterna?y por consiguien-
te, el ser nunca tuvo principio ni jamás tendrá fin?
todo grado de organización, en un sentido relativo, debe
haber tenido un principio, y para toda fase de existencia
manifestada en cada una de  las innumerables órdenes de
cosas creadas hubo un principio así como habrá un fin;
aunque cada fin o consumación  en la naturaleza no es
sino otro principio. De manera que la ingeniosidad del
hombre ha inventado teorías para ilustrar, si no para
explicar, una sucesión posible de acontecimientos por
medio de los cuales la tierra ha progresado de una con-
dición de caos hasta su actual estado habitable; pero se-
gún estas hipótesis, este globo fue en un tiempo una es-
fera estéril sobre la cual  ninguna de las innumerables
formas de vida que hoy la ocupan pudo haber existido.
Por consiguiente, el que teoriza tiene que admitir el
comienzo de la vida sobre la tierra, y este comienzo sólo
se explica suponiéndose algún acto creador, generación
espontánea o contribución de afuera de la tierra. Si ad-
mite que se trajo la vida a la tierra de alguna otra
esfera más antigua, no hace sino ensanchar los límites
de su investigación sobre el principio de la vida;
porque con explicar el origen de un rosal en nuestro
propio jardín, diciendo que se transplantó un vastago de
algún rosal que crecía en otra parte, no se contesta la
pregunta concerniente al origen de las rosas. La ciencia
por necesidad supone  que en este planeta tuvieron su
principio los fenómenos vitales, y admite una duración
finita de la tierra en su  curso actual de cambios pro-
gresivos; y como sucede con la tierra, así también con
los cuerpos celestiales en general. Do modo que la eterni-
dad de la existencia no constituye más positiva indicación,
en lo que respecta a un Director eterno, que la intermi-
nable sucesión de cambios, cuyas etapas individuales
tienen tanto un principio como un fin. El origen de las
cosas creadas, el principio de un universo organizado,
si se basa en la suposición de un cambio espontáneo en
la materia o una operación fortuita y accidental de sus
propiedades, es completamente inexplicable.
La razón humana, tan propensa a equivocarse en
asuntos de menos importancia, tal vez de por sí no con-
ducirá a su poseedor a un conocimiento convincente de
Dios; sin embargo, el ejercicio de ella lo ayudará en su
investigación, fortaleciendo y confirmando su instinto
heredado hacia su Creador. "Dijo el necio en su corazón:
No hay Dios."

En este pasaje, así como se usa en otras
partes de la Escritura, el necio es un hombre inicuo, uno
que ha perdido el derecho a su sabiduría por cometer lo
malo, trayendo con ello obscuridad a su mente en lugar
de luz, e ignorancia en vez de conocimiento. Siguiendo
este curso, la mente se vuelve depravada e incapaz de
percibir los razonamientos más tenues de la naturaleza.
El que voluntariamente peca cierra sus oídos a la
voz de  la  intuición y  a la  de la  razón  en  cosas sagra-
das; y pierde el privilegio de comunicarse con su Creador,
haciéndose indigno, por tanto, del medio más potente de
alcanzar un conocimiento personal de Dios.

3. La Revelación:

Le da al hombre su conocimiento más seguro de
Dios. Abundan en las Escrituras las oca-
siones en que el Señor, o expresamente Jehová, se
manifestó a sus profetas tanto en los días antiguos como
en los posteriores. Ya hemos observado que se reveló a sí
mismo a Adán y a otros patriarcas antediluvianos?base
de las muchas tradiciones relativas a la personalidad y
existencia de Dios?después a Noé, Abrahán, Isaac, Jacob
y Moisés. Uno de los ejemplos que se mencionan breve-
mente en Génesis es el de Enoc, el padre de Matusalén.
Leemos que él caminó con Dios, y además, que el Señor
se manifestó con particular claridad a este profeta justo,
revelándole lo que había de acontecer hasta el tiempo
señalado del ministerio de Cristo en la carne, el plan de
salvación mediante el sacrificio del Hijo Unigénito, y lo
que habría de acontecer hasta el juicio final.
Respecto de Moisés, leemos que oyó la voz de Dios
que le hablaba desde en medio de la zarza que ardía, en el
Monte de Horeb, diciendo: "Yo soy el Dios de tu padre,
Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob. En-
tonces Moisés cubrió su rostro, porque tuvo miedo de
mirar a Dios."

Dios se apareció a Moisés y a la congre-
gación de Israel en una nube sobre el Sinaí al ate-
rrador compás de truenos y relámpagos: "Así dirás a
los hijos de Israel: Vosotros habéis visto que he hablado
desde el cielo con vosotros."

De una manifestación posterior se nos dice: "Y subieron Moisés y Aarón,
Nadab y Abiú, y setenta de los ancianos de Israel;   y
vieron al Dios de Israel; y  había debajo de sus pies
como un embaldosado de zafiro, semejante al cielo
cuando está sereno."

Más adelante, en los días de Josué y de los Jueces,
y durante la época del gobierno de los reyes, el Señor
manifestó su presencia y su poder a Israel. Isaías vió
al Señor sobre un trono en medio de glorioso séquito,
y exclamó: "¡Ay de mí! que soy muerto; que siendo
hombre inmundo de labios, y habitando en medio de
pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos
al Rey, Jehová de los ejércitos."

En un período subsiguiente, cuando Cristo salía de
las aguas del bautismo, se oyó la voz del Padre que
decía: "Este es mi Hijo amado, en el cual tengo con-
tentamiento"; y la ocasión en que se verificó la trans-
figuración del Señor, la misma voz repitió esta solemne
y gloriosa confesión, Mientras Esteban padecía el mar-
tirio a manos de sus crueles y fanáticos compatriotas,
los cielos se abrieron y "vió la gloria de Dios, y a Jesús
que estaba a la diestra de Dios".


Bueno eso es lo que queri añadir, si lograstes leer hasta aqui sin saltarte nada que bien, no es mi intencion cambiar las creencias de nadie sino ofrecer informacion que les permita austedes encontrar su propia respuesta.

   
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