Propaganda de guerra-Política guerrista de EEUU

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Propaganda de guerra-Politica guerrista historica de EEUU.




Documental que revela cómo EEUU ha impuesto su dominio en el mundo, a través de políticas guerreristas y de penetración cultural mediante la manipulación del periodismo y de los medios de comunicación social.



La propaganda de guerra ha sido una de las principales ?armas? con las que se ha 
contado desde la antigüedad, tanto para enardecimiento de las propias tropas, como para el 
desaliento del enemigo. Pero es a raíz de la I Guerra Mundial cuando ésta se desarrolla y 
adquiere una dimensión socialmente inmensa, con la finalidad de generar una actitud 
proclive al belicismo en la sociedad que favoreciera, o al menos justificara socialmente la 
implicación en conflictos bélicos. 

En 1928, Arthur Ponsoby describe lo que podíamos denominar como el ?Decálogo de 
la propaganda de guerra?. Dichos preceptos se han ido cumpliendo con exactitud en cada 
una de las contiendas aparecidas desde entonces, tanto en la II Guerra Civil Española, como 
en la II Guerra Mundial, guerras de Vietnam y Corea y I Guerra del Golfo. 

En la actualidad estamos sometidos a un escenario de violencia, desde el cual diferentes 
gobiernos occidentales están emitiendo una serie de soflamas belicistas, cuya finalidad es la 
de favorecer una actitud social que favorezca la intervención armada contra Iraq.
 
En este trabajo analizamos el discurso de los paladines de la invasión de Iraq, con el 
objetivo de demostrar que los argumentos utilizados son los mismos que se han estado 
defendiendo durante siglos por parte de los agentes implicados en los conflictos bélicos. 


La propaganda de guerra se ha utilizado en la mayoría de las conflagraciones. Hasta principios del siglo XX, los principales objetivos fueron mantener el ardor guerrero en las propias tropas y desmoralizar del enemigo. Pero a partir de la Primera Guerra Mundial y debido a la ?necesidad? de intervenir en el conflicto por parte de la ya primera potencia militar mundial (Estados Unidos de América), el objetivo primordial pasó a ser convencer a la ciudadanía para que apoyase la intervención bélica. Para cumplir dicho objetivo, que se presuponía difícil, ya que el presidente Johnson llegó al poder principalmente por su discurso antibelicista, se creó la Comisión Creel.

 Los resultados fueron francamente notables, generando en la sociedad norteamericana un grado de alarma y sensación de amenaza tales, que hicieron pedazos las inhibiciones sociales contra la participación de su país en los conflictos bélicos y animó a apoyar los designios guerreros de su gobierno. 

Arthur Ponsoby, lord inglés de familia acomodada, pero sin embargo progresista y preocupado por cuestiones sociales, estableció lo que se ha dado en llamar el ?Decálogo de la propaganda de guerra? (Morelli, 2001). En su libro Falsehood in Wartime detalló los diez preceptos que hasta esa fecha se habían cumplido en los principales conflictos, sentencias que no eran sino falsedades emitidas sin excepción por todos los gobiernos de los bandos implicados en cualquier guerra, con la finalidad de justificar su implicación en el conflicto.

 Lo verdaderamente destacable es que, pese a que la propaganda ha evolucionado de forma paralela y semejante a los desarrollos tecnológicos que han hecho de las sucesivas guerras cada vez más destructivas y perversas, estos diez preceptos se mantienen incólumes desde entonces. Se emitieron desde las filas franquistas; se cumplieron categóricamente, tanto por el ministerio de propaganda del Tercer Reich, como por parte de los aliados en la Segunda Guerra Mundial; los utilizaron los gobiernos estadounidense y soviético en la Guerra de Vietnam y son de flagrante actualidad en el 
conflicto palestino-israelita. Actualmente podemos identificar dichas falacias en los discursos de los gobiernos de EEUU, Gran Bretaña, o España, en un desesperado intento de convencer a la ciudadanía sobre la legitimidad de la invasión de Iraq. 

Creo que puede ser de un enorme interés crítico y, desde luego clarificador de la 
situación de sometimiento intelectual a la que estamos sujetos los ciudadanos, el leer con 
atención estos preceptos, reflexionar sobre el alcance de los mismos e identificarlos en la 
perversa utilización del lenguaje en los discursos de los principales gobernantes belicistas. 
Las sentencias a los que nos estamos refiriendo, descritas hace más de siete décadas por 
Arthur Ponsoby y que repiten hasta la saciedad los beligerantes, son las siguientes: 

1.?Nosotros no queremos la guerra?. 

2.?El enemigo es el único responsable de la guerra? .

3.?El enemigo es un ser execrable? .

4.?Pretendemos nobles fines? (ocúltense los verdaderos motivos de la guerra) .

5.?El enemigo comete atrocidades voluntariamente. Lo nuestro son errores 
involuntarios? .

6.?El enemigo utiliza armas no autorizadas?.


7.?Nosotros sufrimos pocas pérdidas. Las del enemigo son enormes? .

8.?Los artistas e intelectuales apoyan nuestra causa? .

9.?Nuestra causa tiene un carácter sagrado, divino, o sublime? .

10.?Los que ponen en duda la propaganda de guerra son unos traidores?. 

Estas máximas se han reiterado hasta la saciedad en todos los conflictos en los que ha habido propaganda de guerra. Se han emitido por cualquiera de los bandos involucrados en los conflictos, con la pretensión de implicar a la población en una guerra, con independencia de los principales motivos de la misma y de su propia justificación. 

El problema es que el control autoritario que ejerce actualmente el poder sobre los principales medios de comunicación (Qualter, 1991), tiene como consecuencia que estos mensajes se repitan hasta la saciedad, ocultando la verdad y convirtiendo a Goebbels, (ministro de propaganda nazi), en un enano en temas de comunicación de masas. Y ya se sabe: ?una 
mentira repetida mil veces, se convierte en verdad?. 

En todas las guerras los principales actores de las mismas, desde Bismarck a Bush, 
pasando por Churchill o Hitler, han pretendido nobles razones para intervenir en el conflicto. Todos pretendían conseguir la paz. La guerra no era sino un indeseable, pero necesario, método para conseguirla. Todos, incluso Hitler, decían anhelar un mundo en paz y en concordia con otros pueblos, pero tan magno objetivo era imposible de cumplir por culpa de la actitud de los gobernantes enemigos, que no atendían a estas nobles razones, al tiempo que resultaban un peligro para la seguridad, o la prosperidad de sus pueblos (Durandin, 1982). En todos los casos los enemigos son calificados como personajes con intereses malvados, que no dudaban en utilizar los más perversos de los métodos para conseguir sus execrables fines, sin importarles la vida de sus enemigos, ni de la de su propio pueblo, lo cual da una idea de su naturaleza malvada. 

Al enemigo se le acusa de utilizar métodos e incluso armamento ?no autorizado?, demostrando con ello una actitud poco noble y nada caballeresca. En este punto, y en honor a la verdad, la historia nos demuestra que las armas, o estrategias militares que merecen tal consideración no han sido sino aquéllas que pueden hacerles más daño, o simplemente las que el enemigo exhibe con flagrante superioridad. Así fueron consideradas ?armas no autorizadas? en algún momento histórico el fusil automático, la ametralladora, el submarino, o la bomba atómica (Morelli, 2001). Y por supuesto, las armas químicas.










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