Cómo el mundo evitó el Juicio Final (II)





PARTE I: http://www.identi.li/index.php?topic=150314





Amanece el viernes 19 de octubre de 1962; el mundo está a solamente unos días de que, si las cosas se tuercen, se pueda desencadenar una posible guerra entre las dos superpotencias que se disputan el control del planeta, una guerra que podría tener consecuencias catastróficas. Pero apenas un puñado de personas tiene noticia de esta circunstancia: el Presidente estadounidense John F. Kennedy, el comité ejecutivo de emergencia (ExComm) que acaba de formar con miembros de su gobierno y con los altos mandos de las fuerzas armadas, amén de un puñado de asesores. Nadie más lo sabe. En la URSS no sospechan nada, ni sus servicios de inteligencia han comunicado que en EEUU suceda nada fuera de lo normal. Es más: hace un par de días que el Primer Ministro Nikita Kruschev recibió al embajador estadounidense en Moscú y, con tono ofendido, se desmarcó de los rumores que durante el verano anterior habían  hablado de un supuesto traslado de armas atómicas a Cuba. Lo mismo acaba de hacer su Ministro de Asuntos Exteriores, Andrei Gromyko, que ha estado en Washington reunido con Kennedy. Los rusos lo niegan; los americanos saben que es mentira? pero todavía no se han dado por enterados. Tienen que preparar su respuesta.


Todos los implicados hasta el momento ?básicamente Kennedy y los miembros del ExComm? están de acuerdo en que la presencia de armamento nuclear ruso a ciento cincuenta kilómetros de su costa requiere algún tipo de acción, que pasarlo por alto no es una opción. El propio Presidente, pensando tanto en la seguridad del país como en su propia carrera política, ha decidido que quiere obligar a la URSS a retirar esos misiles. Lo único seguro es que no ha escuchado a los pocos que le han pedido buscar una vía diplomática ?suave? o incluso abstenerse de actuar: Kennedy no piensa ignorar el asunto y dejar que los misiles permanezcan en Cuba? pero sabe que si da un mal paso el mundo puede encaminarse al desastre.


Viernes, 19 de octubre



Ted Sorensen descolocó a Kennedy con una sencilla pregunta: ?¿Y si el bloqueo no funciona??



Kennedy está cada vez más inclinado a decretar un bloqueo naval que impida a los soviéticos seguir llevando material atómico a Cuba y que sirva como medida de fuerza para, teóricamente, obligar a que retiren el que ya tienen desplegado allí. No le gusta la opción de lanzar un ataque aéreo sin previo aviso para destruir las bases nucleares cubanas, pensando que tal acción desencadenaría una guerra de inmediato. Entre algunos de los suyos, sin embargo, las ansias de batalla parecen no desvanecerse nunca. Esa misma mañana los jefes de Estado Mayor de Tierra, Mar y Aire se acercan al Presidente para mostrar ?una vez más? su desacuerdo con la ?débil? opción del bloqueo. Los máximos mandos militares del país insisten en recomendar por enésima vez un ataque aéreo preventivo que destruya los misiles, seguido de una invasión de Cuba que impida a los soviéticos seguir utilizando la isla como posible plataforma de ataque. Kennedy replica que los soviéticos responderían a esas acciones con acciones equivalentes ?siendo la más probable una invasión de Alemania occidental?, tras lo cual resultaría prácticamente inevitable una Tercera Guerra Mundial. Los generales no parecen preocupados por un conflicto bélico: aseguran que Moscú no se atreverá a usar su armamento nuclear. Aunque teniendo en cuenta lo que algunos de esos mismos generales estadounidenses pedirán más adelante, cabe preguntarse si no estarían deseando precisamente que Moscú apretase el gatillo atómico para poder hacer ellos lo mismo, sabiendo que tienen una enorme superioridad en ese campo.


Tras despachar en privado con los generales Kennedy entra en la reunión del ExComm: allí, dos asesores legales ilustran a los presentes sobre las posibles repercusiones diplomáticas de un bloqueo. Informan de que el bloqueo constituye una opción menos agresiva que el ataque aéreo, sí, pero que tampoco está libre de complicaciones. Según la legalidad internacional, un bloqueo puede ser considerado también un acto de guerra. Los soviéticos estarían legitimados para tomarlo como una provocación, ya que atenta contra la libertad de navegación en aguas internacionales. Al escuchar este razonamiento los militares saltan de nuevo: ya que el bloqueo también puede convertirse en casus belli, ¿por qué no optar directamente por el bombardeo, que al menos eliminará el peligro de los misiles?


Pero otros miembros del Comité, entre ellos el Secretario de Defensa Robert McNamara, piensan de otro modo. Creen ?acertadamente? que aunque un bloqueo sea teóricamente un acto de guerra, los rusos serán cautelosos y no reaccionarán de inmediato. En Moscú, dice MacNamara, esperarán por lo menos un día para analizar la situación y decidir cómo deben proceder. Así pues, la sesión de Comité finaliza sin que desaparezca la división entre quienes defienden el ataque aéreo y quienes abogan por el bloqueo naval. Visto el cisma, Kennedy ordena que ambos bandos preparen dos informes por separado justificando sus respectivas posturas, anotando los pros y los contras de cada opción. Por la tarde, cuando se contrasten los dos informes, finalmente empieza a desmadejarse el asunto: resulta evidente que los argumentos en favor del bloqueo son de mucho mayor peso y los inconvenientes, aunque los hay, son menos severos que en un supuesto ataque aéreo. Finalmente, el bando del bloqueo parece haber ?ganado?. Kennedy concluye que el bloqueo naval es la respuesta. Acaba de tomar su decisión. De hecho, ordena a Ted Sorensen  ?su brillante redactor de discursos y básicamente el artífice de toda la famosa oratoria del Presidente? que escriba una alocución para anunciar el bloqueo por televisión. Pero Sorensen no termina de ver claro el asunto. Quizá gracias a su formación periodística ha desarrollado un afilado instinto inquisitivo, una percepción menos específica pero más flexible sobre este tipo de asuntos que la de los políticos y militares que lo rodean en el Comité. Aunque él mismo es partidario del bloqueo frente al ataque aéreo, ese instinto le lleva a hacer una pregunta en apariencia simple pero que hasta entonces nadie se había planteado: ?¿qué ocurrirá si el bloqueo no funciona??


Nadie sabe qué responder. Si el bloqueo no funciona? habrá una guerra. Salvo, eso sí, que los Estados Unidos reculen y permitan que los soviéticos sigan plantando sus misiles en la antesala de su país. Lo cual sería una humillación internacional que Kennedy no está dispuesto a contemplar. Así pues, tras la pregunta de Sorensen el Presidente se da cuenta de que si quiere seguir adelante con el bloqueo también necesita mantener el ataque aéreo en la recámara. El escenario bélico tiene muchas papeletas para terminar siendo terriblemente real si los soviéticos deciden ignorar el cerco naval. Cosa que podrían hacer.


Entretanto las fuerzas armadas estadounidenses continúan sus preparativos en el sudeste del país, desplazando tropas a aquellos estados más cercanos al Caribe. Realizan estas maniobras con prudencia y en el más absoluto secreto, pero lógicamente es imposible camuflar completamente tanto movimiento y no faltan observadores. Es más: cada hora que pasa, el secreto parece volverse más y más frágil. Hasta ese mismo día el Pentágono ha sorteado con destreza a la prensa, por ejemplo cuando los periódicos han descubierto que la USAF está concentrando aviones en aeródromos que tienen a Cuba en su radio de alcance. Sin embargo, el Pentágono ha justificado el traslado de aviones como una respuesta lógica a la bien conocida presencia de cazas Mig soviéticos en Cuba. La explicación ha resultado tan convincente que no solo se la han tragado los periodistas, sino aún más importante: también Moscú se la ha creído.



Pierre Salinger, portavoz de la Casa Blanca, no había sido informado y hacía frente como podía a las peliagudas llamadas de los periodistas.


Pero algunos reporteros siguen poniéndose pesados y telefonean al Secretario de Prensa de la Casa Blanca,Pierre Salinger, que es el encargado de hacer frente a sus preguntas. Eso sí, a Salinger no se le ha informado sobre el descubrimiento de misiles en Cuba, y en esencia sabe lo mismo (o menos) que los propios periodistas, así que el pobre tipo asiste intrigado a un creciente aumento de la curiosidad por parte de la prensa. Un tanto preocupado, Salinger advierte al Presidente de que algunos reporteros siguen haciendo indagaciones sobre los sospechosos movimientos de tropas en la región sudeste del país. Y es que no se puede movilizar al ejército en zonas pobladas sin que haya miradas indiscretas: la gente ve cosas, las comenta, se corre la voz? y los redactores de los periódicos se acaban enterando. El ejército ha de usar las carreteras como todo el mundo y existen ya numerosos informes de testigos que hablan del paso de convoyes militares con destino a Florida, así que algunos periódicos telefonean al gabinete de prensa de la Casa Blanca para interesarse sobre el asunto. Salinger, perplejo, se entrevista con el Presidente y le pregunta abiertamente: ¿hay algo de verdad en todo esto? ¿Está sucediendo algo grave que el público americano no sepa? Pero Kennedy decide seguir manteniendo a su jefe de prensa en la ignorancia: le dice que dichos informes ?no tienen fundamento? y le ordena que se limite a responder a los periodistas exactamente eso mismo. Salinger no queda convencido, pero obedece y finge ante la prensa que la situación es de total normalidad. Esa misma noche, el jefe de prensa es citado por Ken O?Donnell, asistente personal del Presidente. Para su sorpresa, O?Donnell le dice que tal vez haya que suspender algunas de las actividades presidenciales del día siguiente: ?Es posible que el Presidentetenga que contraer un resfriado mañana?. Eso no tranquiliza precisamente a Salinger, quien definitivamente empieza a creer que está sucediendo algo tan grave? que en la Casa Blanca no quieren contárselo ni siquiera a él.


La prensa, pues, no dejará de dar problemas. Hay un periódico local de Florida, el Miami News, que ese mismo viernes está a punto de dar en la diana cuando publica un artículo en donde se asocia el movimiento de tropas en la región con aquellas habladurías veraniegas acerca de un posible traslado de misiles soviéticos a Cuba. Esas mismas habladurías que la CIA había desestimado torpemente como rumores infundados, las mismas que los soviéticos han desmentido tres veces esa misma semana por medio de su Primer Ministro, su Presidente y su embajador en Washington. El periódico ha lanzado algunos dardos a ciegas? y sin embargo el Miami Newsestá más cerca de la verdad de lo que ellos mismos pueden pensar. Por fortuna para el gobierno, los autores del artículo ?Paul Scott y Robert Allen? ya habían publicado rocambolescas historias para no dormir en alguna ocasión, así que sus lectores están acostumbrados a verlos exagerar. Entre otras cosas habían llegado a escribir sobre un supuesto plan de la URSS para efectuar una prueba atómica enviando un cohete con cabeza nuclear incorporada? ¡a la superficie de la luna! Así que el Pentágono lo tiene fácil para hacer el desmentido: intentando no dar demasiado pábulo al artículo se responde con un escueto ?no hay información que indique la presencia de armamento ofensivo en Cuba?. La actitud de desgana y vaguedad con que el Pentágono niega lo publicado por el Miami News parece reforzar la idea de que el artículo no es verídico, de que Scott y Allen han escrito una fábula tan alejada de la realidad que ni siquiera ha merecido una respuesta contundente por parte de los militares, sino más bien un difuso desmentido rutinario. El asunto, pues, no va a pasar de mera anécdota a nivel de prensa local y no dispara ningún resorte nacional. Es la segunda vez que el Pentágono miente a los periódicos durante esa semana yla segunda vez que se sale con la suya.


Termina la jornada del viernes y de puertas afuera, todo permanece tranquilo. La prensa no ha destapado el asunto y cuando se ha acercado a la verdad ha sido desmentida con éxito. Los servicios soviéticos de inteligencia continúan sin detectar la más mínima señal de alarma. Sin embargo, en ese mismo instante, las bases estadounidenses en el Caribe reciben la orden de ponerse en prealerta.


Sábado, 20 de octubre


?Era una noche espléndida, como lo son todas las noches de otoño en Washington. Salí del despacho del Presidente y, mientras caminaba hacia el exterior, pensé que quizá no viviría para volver a contemplar otra noche de sábado? (Robert McNamara, Secretario de Defensa)


A las nueve de la mañana Ted Sorensen aparece en el ExComm con el boceto del discurso con el que Kennedy aparecerá en televisión al día siguiente. Los miembros del Comité leen el texto y dan el visto bueno. Después se trabaja en la planificación general del bloqueo naval, lo cual no es óbice para que el Secretario de Defensa pida al Pentágono que varias escuadrillas de bombarderos se preparen para un posible ataque aéreo sobre Cuba, en previsión de que el bloqueo no funcione o de que Fidel Castro pudiese ordenar algún tipo de represalia militar. En la Casa Blanca saben que el líder cubano se sentirá inmediatamente acorralado cuando se anuncie el bloqueo y no son capaces de prever con exactitud qué actitud tomará. Confían en que la URSS trate de apaciguar a su nuevo aliado para que Castro no haga ninguna tontería, pero no existe ninguna garantía al respecto y Fidel podría, por ejemplo, responder atacando la base de Guantánamo. En el Comité comienza también la preparación de otro tipo de guerra: la del lenguaje. Algunos proponen que sería mejor evitar el uso del término ?bloqueo? a causa de sus connotaciones militares y se decide que de cara al exterior será mejor usar la palabra ?cuarentena?. No es que el debate etimológico cambie la naturaleza tradicionalmente bélica de un bloqueo naval, pero al menos lanzará un mensaje a los soviéticos dejando entrever que las intenciones no son las de provocar un enfrentamiento directo. Se busca cualquier fleco para evitar que Moscú tome el bloqueo como una provocación y Washington quiere presentarlo como una medida de presión defensiva. Es importante que a los rusos les quede muy clara esta cuestión, así que cualquier terminología con implicación agresiva será cuidadosamente evitada. Las declaraciones deben sonar firmes de cara al público, pero sin contener una declaración de guerra encubierta.



Curtis LeMay, un hombre sutil: ?¡Deje que mis aviones suelten la Bomba!?



Eso no impide que los jefes del Estado Mayor sigan mostrándose belicosos (¡otra vez!) y más ahora que la acción es  inminente. Kennedy se reúne con ellos después de comer para supervisar los planes tácticos y vuelve a escuchar las mismas diatribas. O peores, porque esta vez los generales no solamente siguen abogando por un ataque preventivo sino que van todavía más lejos: el jefe de las fuerzas aéreas, Curtis LeMay, llega a sugerir vigorosamente el uso de armamento atómico. LeMay aduce que también los soviéticos emplearán sus misiles nucleares en cuanto tengan oportunidad, aunque hasta entonces los generales habían asegurado que la URSS no se atrevería a usarlos, así que recomienda barrer las bases cubanas con una buena ración de hongos atómicos. Una vez más el Presidente ha de pararle los pies al Estado Mayor: deja claro que el uso de un ataque nuclear para resolver el asunto está fuera de cuestión. Poco después Kennedy y los generales se reintegran al Comité, donde se une una nueva voz: Adlai Stevenson, portavoz de los Estados Unidos en la ONU. Stevenson defiende ante el Comité una opción más conciliadora: aunque aboga también por el bloqueo naval, cree que debería estar acompañado de importantes concesiones destinadas a apaciguar a los rusos y a los cubanos. Es decir, al anunciar el bloqueo, EEUU debería mostrarse dispuesta a abandonar sus bases nucleares en Turquía y también su base en Guantánamo, y entonces los soviéticos podrían acceder a retirar sus bases atómicas en Cuba. La propuesta de Stevenson cae en saco roto: casi todos los miembros del Comité censuran abiertamente la ocurrencia, que califican como una inadmisible rendición sin condiciones. Kennedy, no obstante, admite que podría llegar a considerar la retirada de sus bases en Turquía si son los soviéticos quienes la piden como elemento de negociación? pero tampoco está dispuesto a ser el primero en ofrecerlo. Entre los hombres de confianza de Kennedy se comenta que quizá a Stevenson le venga grande la situación, lo cual reviste cierta importancia porque cuando la cosa estalle, él será el portavoz de la nación ante la ONU. Ya antes de esta crisis, Adlai Stevenson y Kennedy habían tenido sus más y sus menos. Aunque pertenecían al mismo partido y habían trabajado juntos en diversas ocasiones, sus diferencias en política exterior les habían llevado a experimentar bastantes tensiones y a que el ahora Presidente desconfiase de él. En lo personal, Kennedy ya estaba previamente enemistado con algún miembro del ExComm, como el mencionado general Cutris LeMay, lo cual no era un secreto para nadie? pero la tensión entre poder político y militar no resultaba extraña, ni quiera inusual. Sin embargo, una grieta entre el Despacho Oval y su portavoz en la ONU resultaba más delicada. La ONU iba a jugar un papel central en el asunto y el Presidente no las tenía todas consigo respecto a Stevenson. Aunque tampoco podía deshacerse de él, lo cual enviaría a los rusos una señal de debilidad, de que había divisiones internas en Washington.


Estamos en sábado pero la prensa no se apacigua, ni mucho menos. Aunque el artículo publicado por el Miami News el día anterior ya ha quedado desmentido y olvidado de cara a la opinión pública, otros periódicos han seguido bien atentos a la creciente actividad militar en el sudeste del país. También han detectado el hervidero en que se ha convertido la Casa Blanca durante los últimos días: ven que allí no dejan de acudir continuamente importantes personajes del poder, incluidos los jefes del Estado Mayor. La extensión de rumores en determinados círculos resulta inevitable y un periódico tendría que estar muy dormido para no deducir que algo serio está sucediendo y, tras atar algunos cabos relacionados con los movimientos de tropas, que todo apunta a un problema con Cuba. Así pues, a la hora de cenar suena el teléfono de McGeorge Bundy, asesor de seguridad nacional del Presidente. Quien le llama es el jefe de redacción de la sucursal del New York Times en Washington: el periodista pregunta abiertamente el motivo de tanta actividad en las altas esferas y no se anda por las ramas: ?¿Qué pasa con Cuba?? Es una conversación delicada: McGeorge Bundy comprueba  que el redactor jefe está sobre la pista de la verdad y que una mera insinuación en el ejemplar del día siguiente haría que todo el secreto cuidadosamente cultivado por la Casa Blanca y el Pentágono quedase hecho añicos. ElNew York Times no es el Miami News, evidentemente, y su publica algo tendrá repercusión nacional e internacional. Para evitar que el periódico airee informaciones comprometidas, Bundy accede a confirmar que hay una crisis y que está relacionada con Cuba? básicamente confirmando lo que el periodista ya sabe. Pero seguidamente le pide que retenga la historia por bien de la seguridad nacional. Así, apelando al interés patriótico, consigue mantener a la prensa en silencio un día más.


Domingo, 21 de octubre


A primera hora de la mañana Kennedy da luz verde para poner el dispositivo del bloqueo en marcha: queda definitivamente establecido que aparecerá en televisión el lunes a las siete, cuando los preparativos militares estén finalizados. Pero la letra pequeña de los dispositivos necesarios preocupará mucho al Presidente. Primero se reúne con el general Walter Sweeney, jefe del Comando Táctico del Aire (TAC), para escuchar todos los detalles de cómo se efectuaría un ataque aéreo a Cuba en caso de que el bloqueo fracase. Sweeney describe cómo tendría lugar el bombardeo, qué operaciones concretas resultarían necesarias y cuáles cree que serían las probabilidades de éxito militar. Pero plantea la operación con un tono bastante más realista y menos entusiasta que los jefes de Estado Mayor: el jefe del TAC admite que el ataque aéreo destruiría la mayor parte de los misiles nucleares en Cuba? pero no todos. Es decir: la amenaza nuclear directa no podría ser completamente eliminada mediante un ataque preventivo, sino únicamente disminuida. Incluso tras un intenso bombardeo de las bases, quedarían el 10% de los misiles atómicos rusos en pie, los cuales todavía podrían ser disparados sobre ciudades estadounidenses. Kennedy escucha el crudo informe de Sweeney con preocupación. No hay garantías. Más vale que el bloqueo funcione y no haya que recurrir al bombardeo.



Pese al afán bélico de sus superiores, Walter Sweeney fue sincero con Kennedy y no quiso garantizar la total eficacia de un ataque aéreo sobre Cuba.


Más tarde tiene lugar una nueva reunión del ExComm en la que el almirante George Anderson enumera los detalles tácticos concretos del bloqueo naval. Describe, por ejemplo, el procedimiento que se usará para conseguir que den la vuelta los barcos que se acerquen a Cuba. Primero se les avisará por radio. En caso de que un buque no obedezca las órdenes recibidas, se disparará en su misma dirección ?aunque al aire? un cañonazo de advertencia. Si aun así el barco no se detiene, se disparará directamente a la hélice para inmovilizarlo. Esto asusta a Kennedy, que se pregunta qué ocurrirá si el cañonazo destinado a inutilizar la hélice provoca que se hunda el barco en cuestión, o causa daños severos, incluida la muerte de tripulantes. El almirante le tranquiliza al respecto: es poco probable que algo así suceda; inmovilizar un buque es algo que puede hacerse con precisión y hundir o destruir un barco no resulta tan fácil como parece. Kennedy se tranquiliza un poco, pero se da cuenta de que está planteando un juego infinitamente delicado: hasta un pequeño pequeño fallo de puntería puede conducir a una Tercera Guerra Mundial.


Esa misma mañana el jefe de prensa de la Casa Blanca, Pierre Salinger, es informado finalmente acerca de la verdad. Por fin entiende a qué venía tanta insistencia de los periódicos, lo cual en cierto modo le supone un gran alivio por más que descubra la gravedad de la situación. Sacarlo de la ignorancia ha sido una buena idea, porque ese mismo domingo Salinger está a punto de hacer frente a una oleada de presiones entre varios de los grandes medios. Los periódicos están comprendiendo mejor el asunto con cada minuto que pasa: el New York Times y el Washington Post, especialmente, han investigado a toda prisa y están consiguiendo recomponer el rompecabezas, dibujando un retrato tan aproximado de la situación que Salinger se percata de que están en condiciones de airear una versión bastante certera de la realidad. Ambos diarios son la punta de lanza de la prensa nacional. El secreto está a punto de derrumbarse una vez más. Cuando telefonean al jefe de prensa para corroborar las informaciones que tienen intención de publicar, Salinger acude urgentemente a Kennedy.

La Casa Blanca se halla ante un momento crítico. Tras varios días de intensa preparación, los dos grandes diarios del país están a punto de destapar todo el asunto. La verdad sobre Cuba empieza a ser como un mar embravecido golpeando unos diques que se resquebrajan por momentos: el Presidente solo puede confiar en que poniendo un par de refuerzos en las grietas esos diques aguanten un poco más. Necesita unas horas más de secreto, hasta las siete de la tarde del lunes, eso es todo. Así que Kennedy ha de intervenir: telefonea personalmente a los directores del New York Times y el Washington Post para decirles que la seguridad nacional está en juego. El Presidente convence a ambos para que retengan la noticia. Los dos diarios acceden a no publicar lo que ya han averiguado; esperarán a que Kennedy hable por televisión. Se han vuelto a salvar los papeles; Washington tendrá tiempo de ultimar sus preparativos? salvo que otro medio de comunicación salte repentinamente con la historia.


Lunes, 22 de octubre


El Presidente establece por decreto un Consejo de Seguridad Nacional. O dicho de otro modo, convierte el ExComm en una institución oficial en toda regla. Ante esto, los miembros del Comité ?especialmente los miembros civiles? pueden notar que los aires de guerra les acarician la nuca. No se les escapa que el decreto de Kennedy es claramente una medida prebélica. Hasta ahora han estado discutiendo en tema sobre el papel. En unas pocas horas, tendrán que tomar decisiones de acuerdo a la realidad.


A media mañana Washington arrima la primera llama a la mecha, cuando los embajadores estadounidenses en todos los países aliados reciben un mensaje urgente del Departamento de Estado: deben informar en privado a los jefes de gobierno de esas naciones sobre la presencia de misiles soviéticos en Cuba y sobre el bloqueo que Kennedy está a punto de anunciar. Se obtiene una garantía de apoyo por parte de algunos de esos países, siendo claves el Reino Unido y Francia. Pero hay más: una vez encendida esa mecha, Kennedy quiere asegurarse de que la pólvora no explotará inesperadamente. Informa a las bases de misiles estadounidenses en Turquía e Italia que si algún elemento militar de la base intenta disparar armas nucleares sin su autorización expresa, el resto del personal habrá de detener al oficial e inutilizar los misiles de inmediato. Es una orden clara y directa: en la Casa Blanca no quieren que algún militar con complejo de héroe, algún oficial fanático, intente tomarse la justicia por su mano. Ahora todos los soldados deben saber que hay una orden que prevalece: la del Presidente, comandante en jefe de todas las fuerzas armadas según la Constitución que han jurado proteger.

También esa mañana se decreta que a las siete de la tarde, hora prevista del discurso de Kennedy, todas las fuerzas estadounidenses del planeta entrarán en alerta. Sin embargo queda por resolver una cuestión delicada: ¿se debería extender esa alerta a las fuerzas armadas de los aliados? Es un tema muy peliagudo? curiosamente, tanto los jefes del Estado Mayor como el propio Kennedy parecen querer quitarse la decisión de encima. Por un lado el Estado Mayor ordena al general Lauris Norstad ?comandante de la OTAN en Europa? que intente conseguir de los aliados el compromiso de ponerse también en alerta prebélica. Pero por otro lado le autorizan para que ejecute esa orden ?según su propio criterio?. Por otra parte, Kennedy envía un mensaje a Norstad que lo exhorta a intentar mantener intactos los lazos de alianza con determinados países europeos.



El general Lauris Norstad, por su cuenta y riesgo, se negó a poner a los aliados de la OTAN en alerta, lo cual probablemente ayudó a salvar la alianza.


En otras palabras: Norstad recibe mensajes contradictorios, lo que equivale a decir que la patata caliente ha caído en sus manos y que la importante decisión es ahora su problema. Así que, ¿debe o no debe pedir a los países miembros para que se pongan en disposición de quizá embarcarse en una guerra en cuestión de horas, solo porque los EEUU han decidido unilateralmente un bloqueo? Sin saber muy bien cómo proceder, el general consulta con el Primer Ministro británico, Harold Macmillan. Esa conversación será clave en su manera de ver las cosas: Macmillan le insiste en que presionar a determinados gobiernos europeos para que declaren la alerta podría perjudicar la buena predisposición de esos mismos países, quienes podrían querer desligarse de las acciones militares estadounidenses. Si los EEUU se consideran bajo amenaza soviética, qué no sentirán los aliados europeos sabiendo que las fuerzas terrestres de la URSS podrían invadir el resto del continente sin que ni la unión de toda la OTAN fuese capaz de detenerlos. Es más: ni siquiera EEUU cuenta con efectivos terrestres suficientes para hacer frente a una guerra convencional contra la URSS en terreno europeo. Los americanos cuentan con superioridad en cuanto a misiles, pero el Ejército Rojo es mucho más numeroso. La única respuesta efectiva de los EEUU ante una invasión soviética de Euroopa sería la nuclear, y si los americanos optasen por esa opción, sus aliados podían ir preparándose para ver sus principales ciudades arrasadas por los misiles de alcance intermedio rusos. El general Norstad, pues, se compone un cuadro de la delicadísima situación en que se encuentran los miembros europeos de la OTAN. Temen a la URSS más de lo que puedan temer o respetar a los EEUU. El general deduce que no puede pedirles que en solo unas horas se dispongan a una guerra donde tienen todas las de perder, y que lo hagan por la sencilla razón de que Washington no quiere misiles soviéticos en Cuba. Finalmente será el propio Norstad quien tome la decisión de no extender la alerta a toda la OTAN. Con esa determinación, es muy posible que haya contribuido a que los aliados sigan ejerciendo su apoyo sin sentirse obligados a entrar inmediatamente en guerra.


Por su parte, el Premier británico Harold Macmillan ha quedado muy preocupado tras la conversación mantenida con Norstad. Aunque él mismo ha garantizado el apoyo del Reino Unido a EEUU en caso de que los soviéticos declaren la guerra, Macmillan envía una carta a Kennedy advirtiéndole de que, en su opinión, podría suceder que Moscú le ponga una escolta militar a todos sus mercantes con rumbo a Cuba con el fin de enfrentarse abiertamente al bloqueo. Eso sería una señal de que no quieren ceder, lo cual terminaría provocando una situación de ?quién se rinde primero? y eventualmente el desencadenamiento de una escalada bélica. Esta carta es una buena muestra de que entre los miembros de la OTAN predomina la inquietud, y que la decisión del general Lauris Norstad es uno de los grandes aciertos de esos días.


Pero además de los aliados de la OTAN aún queda alguien más importante a quien informar antes de que Kennedy hable en las ondas: los propios soviéticos. Kennedy no quiere que los rusos se enteren por la televisión, así que una hora antes de su discurso televisado envía una carta a Nikita Kruschev y manda a su Secretario de Estado a la embajada soviética en Washington.


Para el embajador de la URSS, Anatoly Dobrynin, este lunes es un día como otro cualquiera. De hecho, cuando un funcionario de su embajada le anuncia que el Secretario de Estado Dean Rusk ha pedidouna cita para las seis de la tarde, Dobrynin afirma estar muy ocupado. Le dice a su subordinado que le excuse, que el Secretario pida una nueva cita para la mañana siguiente. La relación personal entre Rusk y Dobrynin es buena, así que el ruso ?hasta las cejas de trabajo ese día? sabe perfectamente que puede tomarse ese tipo de confianzas. Sin embargo el funcionario se queda de pie, sin moverse: ?No, Sr. Embajador. El señor Rusk ha mencionado específicamente que quiere verlo hoy a las seis. Es muy importante; no puede aplazarse la reunión?. En ese mismo instante Dobrynin comprende que algo grave sucede, así que accede: sabe que Rusk no es la clase de individuo que presiona para obtener una cita? y que si lo está haciendo ahora, habrá un motivo relevante. El Secretario de Estado acude puntual a la cita y el Embajador observa que parece más serio que de costumbre. Ambos se sientan a solas; el americano le entrega a Dobrynin dos documentos: una copia del discurso con el que Kennedy va a anunciar el bloqueo en apenas unos minutos y una copia de la carta que la Casa Blanca acaba de enviar a Nikita Kruschev. El embajador, atónito, lee los textos mientras se va poniendo progresivamente pálido. Es un momento enormemente tenso que después Rusk describiría con una imagen muy elocuente: ?De repente, Dobrynin envejeció diez años ante mis ojos?. Y no es para menos, porque el embajador soviético acaba de enterarse de que su país tiene misiles nucleares en Cuba:


?Yo no sabía nada. La decisión fue tomada en secreto por mi gobierno. (?) Solamente se me dijo que en caso de ser preguntado sobre misiles debería simplemente responder: no hay armamento ofensivo en Cuba. Punto. No debería dar otros detalles ni ofrecer explicaciones?



Anatoly Dobrynin se quedó blanco al leer el discurso de Kennedy: el embajador soviético no sabía que su país tenía misiles nucleares en Cuba.



El embajador, pues, ni siquiera sabe qué decir. Todo le acaba de pillar de sorpresa. En su fuero interno sostenía la opinión de que llevar armamento atómico a Cuba era ?una estupidez?, porque ello desencadenaría una crisis entre las dos superpotencias que podría tener consecuencias apocalípticas. Quizá por eso mismo no había creído que sus superiores del Kremlin se atreverían a tanto. Pero ahora que ha descubierto ?mediante los americanos? que efectivamente los misiles están en Cuba, el embajador capta al instante la enorme seriedad de la situación. Sabiendo que el Ministro de Asuntos Exteriores de su país, Andrei Gromyko, ha estado conversando con Kennedy y con el propio Dean Rusk hace apenas unos días, Dobrynin le pregunta a Rusk por qué razón el Presidente no le había planteado estas cuestiones directamente al ministro, en vez de esperar un par de días y soltárselo a él, que solamente es el Embajador. Pero el Secretario de Estado, aunque muy probablemente comprende la repentina desesperación de Dobrynin y desde luego simpatiza con él, le dice que ha venido a verle con la orden de entregarle esos papeles y de no responder preguntas al respecto. Cuando ambos se despiden, el Embajador se pregunta por qué Gromyko no ha aprovechado la visita a EEUU para decirle a él, supuestamente un hombre de confianza, que realmente habían llevado armamento nuclear a Cuba. Anatoly Dobrynin se da cuenta de que está metido en un juego mucho más grande que él mismo.


Una hora después, a las siete de la tarde, el Presidente Kennedy aparece en televisión. Durante un cuarto de hora informa a la nación de lo que está sucediendo, habla sobre el descubrimiento de armamento nuclear en Cuba y deja clara su postura: ?cualquier misil lanzado desde Cuba sobre cualquier nación del hemisferio occidental será considerado un ataque directo a los Estados Unidos, lo que requerirá una respuesta de represalia total sobre la propia Unión Soviética?. Es una amenaza en toda regla, al menos de cara a la opinión pública. Para los telespectadores, la Crisis de Octubre comienza en este mismo instante. Los habitantes del planeta descubren que si las cosas se complican podrían estar a días, incluso a horas, de contemplar una catástrofe nuclear global.


Justo mientras Kennedy está hablando en las pantallas de todo el país, las fuerzas armadas estadounidenses entran en DEFCON 3 por primera vez desde la creación de dicho sistema de alerta defensiva (DEFCON 2 significaría guerra inminente y DEFCON 1 se decretaría en caso de comenzar una guerra nuclear). El nivel DEFCON 3 tiene varias consecuencias importantes. El Comando Táctico del Aire, que durante el día ha estado distribuyendo bombarderos por diversos aeródromos del país y equipándolos con bombas atómicas, ordena que una parte de estos aviones esté permanentemente en el aire. Cuando un bombardero aterriza para repostar, otro despegará y ocupará su lugar: así se garantiza que incluso en caso de ataque nuclear súbito sobre los EEUU habrá en los cielos un cierto número de aviones preparados para efectuar una represalia. También el resto del arsenal atómico estadounidense entra en alerta prebélica, alerta que hasta ahora solo imperaba en las bases de Guantánamo y Panamá: el personal de todas las bases de misiles estadounidenses es puesto en disposición de actuar y los submarinos con capacidad balística reciben la orden de dirigirse hacia sus ubicaciones estratégicas previstas. Por el momento no hay reacción visible del Kremlin, que no emitirá un comunicado oficial hasta el día siguiente. Como Macnamara había previsto, los soviéticos no se precipitan y se toman toda la noche (noche en Washington, se entiende) para analizar el asunto.


El mundo está ya al borde del desastre. De hecho, durante esa misma tarde, un par de infortunadas casualidades ponen a prueba la sensatez de las comunidades de inteligencia de ambas superpotencias. Por un lado se da la circunstancia casual de que una de las bases de misiles estadounidenses en Turquía es ?ocupada? por el ejército turco, lo que da la sensación de un preparativo previo a un ataque atómico. En realidad se trata de una maniobra rutinaria de mantenimiento que ya estaba prevista en la agenda de la base, aunque en Washington no tenían constancia de ello (o de lo contrario la hubiesen evitado para no alarmar a Moscú). Cuando la maniobra es detectada por la inteligencia soviética, efectivamente hace sonar algunos timbres de alarma. Los rusos no saben cómo interpretar el repentino movimiento en la base turca: ¿de verdad están preparando los estadounidenses un ataque nuclear? Aunque finalmente se impone la sangre fría y antes de provocar el pánico en Moscú, los observadores deciden esperar más indicios de que realmente se prepara un lanzamiento inminente. Así, los agentes de inteligencia militar se dan cuenta de que no era el caso. Pese a lo que puedan pensar generales estadounidenses como Curtis LeMay, en la URSS no tienen especial interés por precipitarse a un intercambio nuclear, sabiendo entre otras cosas que EEUU tiene más de 27.000 armas atómicas frente a las 3.000 que ellos mismos poseen. Eso sí, entre los dos pueden dejar el planeta inhabitable.

Igualmente peliagudo resulta un incidente ocurrido en Moscú apenas media hora antes de la alocución presidencial. Se trata de la detención del coronel Oleg Penkovski, reputado militar y relevante miembro de la inteligencia soviética? que ha estado ejerciendo como espía para la CIA en secreto y que justo ahora acaba de ser desenmascarado. Penkovski consideraba que Kruschev podría estar dispuesto a iniciar una guerra nuclear y por ese motivo había empezado a trabajar como agente doble, aunque los americanos tendían a considerar exagerados sus apocalípticos informes sobre la personalidad del Premier soviético. Con todo, era un hombre cercano al poder que podría haber jugado un papel importante en la crisis de no haberse detectado su doble juego. Ese mismo lunes Penkovski se entera de que ha sido descubierto y de que su detención es inminente, así que reacciona más bien histéricamente, enviando a sus contactos occidentales la señal convenida para avisar de un inminente ataque soviético. Al recibir el mensaje, los agentes de la CIA se quedan completamente perplejos: ¿tiene fundamento la señal de alarma enviada por el coronel? Por fortuna, deciden también no dar crédito a la alerta, a falta de otros indicios que la confirmasen. Y aciertan, porque unos minutos después el mundo entero sabía que se enfrentaba a una posible Tercera Guerra Mundial y cualquier pequeño malentendido podría causar una escalada de respuestas que condujese al mundo hacia un Apocalipsis nuclear. Estos dos últimos sucesos demostraban que los equívocos podían surgir con mucha más facilidad de la prevista. Así de delicadas se iban a poner las cosas. El lunes 22 de octubre de 1962, quien fuese religioso tenía buenos motivos para rezar. Y quien no lo fuese? probablemente también.


En Washington ya no se van a dormir tranquilos. La noche va a ser muy larga mientras esperan la respuesta de Moscú. ¿Cómo lo estarán viviendo los soviéticos? El pulso ha comenzado.





E.J. Rodríguez[/color][/size][/color]




Cómo el mundo evitó el Juicio Final (II)
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7 Comentarios Cómo el mundo evitó el Juicio Final (II)

Excelente aporte, le?
ya me estaba desesperando, por la 2 parte, gracias jose
uff la lei toda hasta podia ver en mi mente  toda la accion
gracias buena info!!!
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