Cómo el mundo evitó el Juicio Final (I)

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?El momento más aterrador de mi vida fue octubre de 1962, durante la crisis de los misiles de Cuba. No conocía todos los hechos ?solo recientemente hemos sabido lo cerca que estuvimos de la guerra? pero sí conocía lo suficiente como para que el asunto me hiciera ponerme a temblar? (Joseph Rotblat, físico y premio Nobel de la Paz por su trabajo en favor del desarme atómico)


?Además de proteger Cuba, nuestros misiles hubieran igualado lo que en Occidente les gusta llamar ?el balance de poder?. Los americanos habían rodeado nuestro país con bases militares y nos amenazaban con armas nucleares. Ahora iban a aprender lo que se siente teniendo misiles enemigos apuntándote directamente? (Nikita Kruschev, primer ministro de la URSS)


?En la mañana del martes 16 de octubre de 1962, poco después de las nueve de la mañana, el PresidenteKennedy me llamó por teléfono, pidiéndome que acudiese a la Casa Blanca. Solo me dijo que nos estábamos enfrentando a problemas muy serios. Poco después, ya en su despacho, me dijo que un avión espía acababa de realizar una misión fotográfica y que la inteligencia estaba convencida de que la URSS estaba situando misiles atómicos en Cuba. Aquello fue el inicio de la crisis; una confrontación entre los dos gigantes atómicos, los EEUU y la URSS, que llevó al mundo al borde del abismo de la destrucción nuclear y el fin de la humanidad? (Robert Kennedy)


Cuando en febrero de 1959 triunfó la revolución cubana, finalizaba una larga etapa de simbiosis entre el gobierno de La Habana y los intereses de la vecina superpotencia: los Estados Unidos de América. Durante mucho tiempo la isla caribeña había sido no solamente un lugar de vacaciones para los estadounidenses, sino también un fructífero terreno abonado para corporaciones e inversionistas ?la producción de azúcar, la industria turística? y en general estaba considerada como el ?patio trasero? de los EEUU. Muchos poderes políticos y económicos estadounidenses consideraban Cuba casi como una parte más de su territorio, o al menos  en la práctica actuaban como tal.


Sin embargo, tras el ascenso de Fidel Castro al poder, las relaciones entre Washington y La Habana se agriaron rápidamente. Se produjo una veloz escalada de tensión que terminaría conduciendo a la ruptura definitiva entre ambas naciones. Por un lado, Castro ordenó la nacionalización de intereses estadounidenses, entre ellos tierras dedicadas a la producción azucarera que habían sido propiedad de empresas del país vecino y que ahora el nuevo régimen les arrebataba por decreto. Como respuesta a estas nacionalizaciones, el presidente Dwight D. Einsenhower ordenó un duro bloqueo comercial contra Cuba. El nuevo régimen de Castro se vio en considerables aprietos a causa de dicho bloqueo ?que entre otras cosas lo dejaban sin petróleo? así que no tardó en aceptar la ayuda de la URSS, siempre dispuesta a favorecer cualquier movimiento geoestratégico que importunase a la superpotencia rival. Los soviéticos comenzaron a proporcionar petróleo a Cuba y el régimen cubano, que no tenía capacidad para refinar aquel petróleo por sus propios medios, nacionalizó también las refinerías estadounidenses edificadas en la isla.


La repentina alianza entre Castro y Kruschev generó mucha inquietud en Washington, pero no llegaron a creer que la URSS se atrevería a plantar misiles nucleares en Cuba.


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Se vivían unos años de especial tensión en una Guerra Fría ya tensa de por sí, de manera que el repentino giro de Cuba hacia la órbita de la URSS produjo una honda preocupación en Washington. Eisenhower ordenó a la CIA preparar un plan para derribar a Castro y agentes de la inteligencia comenzaron a entrenar a exiliados cubanos para efectuar una invasión de su isla natal, un ataque que se haría con apoyo estadounidense. Washington confiaba en que aquella jugada provocaría una contrarrevolución dentro de Cuba que ayudase a derrocar a Fidel Castro y así devolver la isla caribeña a la esfera de influencia norteamericana. Cuando en 1961John F. Kennedy sucedió a Einsehower en la presidencia, heredó no solamente el Despacho Oval sino también aquel plan para la invasión de Cuba, que terminó llevándose a cabo aquella misma primavera. Sin embargo, la operación que hoy conocemos como la Invasión de Bahía de Cochinos terminó en desastre. La operación no contó con todo el apoyo militar que Einsenhower había previsto en su momento, ya que los bombardeos previos a la invasión habían delatado ante el mundo la participación de la Casa Blanca en la invasión, así que Kennedy no quiso arriesgarse a involucrarse más y denegó el subsiguiente apoyo aéreo. En franca inferioridad numérica y sin ayuda del ejército estadounidense, la fuerza expedicionaria entrenada por la CIA fue rápidamente vencida a manos de las fuerzas del régimen cubano. Pese a las torpes precauciones de Kennedy intentando esconder su implicación en aquel conato de invasión a nadie se le escapó que Washington estaba directamente involucrada en el incidente. Aquello tuvo dos grandes consecuencias: por un lado, la Casa Blanca quedó en evidencia, padeciendo una sonada humillación internacional a causa de una operación bajo bandera falsa que había fracasado estrepitosamente. Por otro lado, se disparó el temor de Cuba ante la idea de que los EEUU pudiesen planear una auténtica invasión para resarcirse del desastre de Bahía de Cochinos. Una posibilidad que resultaba fácil considerar, especialmente cuando poco después los estadounidenses realizaron unas maniobras que parecían el ensayo general de una invasión anfibia y en las que participaron nada menos que 40.000 marines. Aquellas maniobras parecían estar lanzando un mensaje claro: ?tenemos intención de invadir Cuba tarde o temprano?. Fuese realmente ese el propósito de Washington o no, el gobierno cubano tenía motivos para sentirse consecuentemente preocupado y volvió a pedir ayuda la URSS. Los soviéticos comenzaron a desplegar tropas y armamento defensivo en la isla caribeña, con el visible propósito de desanimar a los EEUU y hacerlos desistir de un posible desembarco e intento de ocupación.


De todos modos, aunque no fuera así y los EEUU no planeasen realmente invadir Cuba, los soviéticos tenían otras preocupaciones muy serias que les hacían mostrar un gran interés por Cuba. La insensata carrera atómica de la Guerra Fría ?una carrera por ver quién sería capaz de reunir primero el potencial necesario para destruir el mundo? estaba dando clara ventaja a los estadounidenses, cuyo arsenal atómico estaba dejando en mantillas al de su oponente comunista. Los EEUU poseían nada menos que ciento setenta misiles estratégicos intercontinentales del tipo ICBM (usaremos las siglas anglosajonas que son las más extendidas). Aquello constituía un considerable arsenal de largo alcance con los que podrían borrar del mapa a los rusos desde casa. Los ICBM podían ser lanzados desde territorio norteamericano y caer directamente sobre numerosos objetivos en la URSS, fulminándolos con sus potentes cabezas nucleares. Pero la gran cantidad de ICBM ?y la certeza de que los estadounidenses estaban fabricando bastantes más? no era lo único que quitaba el sueño a los dirigentes del Kremlin.


Durante la primavera de 1962 el líder soviético Nikita Kruschev pasaba sus vacaciones en una dacha de Crimea; allí recibió al Ministro de Defensa, el mariscal Rodion Malinovsky, que traía noticias desagradables. El militar señaló a la distancia, hacia el horizonte que se dibujaba sobre el Mar Negro, y dijo: ?los misiles atómicos de rango intermedio que los americanos están instalando en sus bases de Turquía ya están operativos?. Kruschev se quedó pensativo; finalmente respondió: ?¿así que los americanos tienen derecho a poner misiles en la puerta de nuestra casa y nosotros no podemos hacer lo mismo?? La preocupación del Premier soviético estaba bien fundada: efectivamente, los estadounidenses disponían de bases estratégicamente situadas en Turquía desde donde podían disparar misiles de alcance intermedio (IRBM), los cuales estaban en condiciones de arrasar muchas de sus ciudades en apenas minutos. Los soviéticos ni siquiera podían confiar en que aquellos misiles fallasen sus objetivos: la tecnología estadounidense había conseguido que sus ICBM e IRBM fuesen bastante certeros, así que los americanos no solamente tenían una buena cantidad de armas nucleares sino la garantía de que podrían lanzarlas con una considerable puntería. En definitiva: la URSS era altamente vulnerable al poderío nuclear de sus adversarios y su situación estratégica, en lo tocante al arsenal atómico, resultaba casi desesperada.



Eisenhower advirtió a Kennedy de que la URSS podría ?intentar lo impensable?, pero JFK prefirió creer los informes erróneos de la CIA.



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Por más que públicamente se esforzasen por demostrar lo contrario, los soviéticos no tenían mucho con lo que responder a ese poderío. Hacia 1962, la URSS tenía apenas una veintena de misiles intercontinentales ICBM y para colmo la escasa precisión de aquellos veinte misiles no generaba ninguna confianza sobre su utilidad. En el caso de pretender bombardear territorio americano, los misiles podían terminar desviándose y cayendo en zonas despobladas o lejos de los objetivos marcados. Los soviéticos tenían, eso sí, una gran cantidad de misiles IRBM de alcance intermedio? pero no disponían de ninguna base cercana a los EEUU desde donde lanzarlos. Los estadounidenses tenían Turquía pero los soviéticos no tenían nada. Así pues, el Kremlin era perfectamente consciente de que los EEUU podían lanzar un ataque nuclear masivo en cualquier momento y casi, casi, salirse de rositas (aunque los estadounidenses no tenían idea de lo inefectivos que los propios rusos consideraban a sus propios ICBM). Aquello, por descontado, rompía el delicado equilibrio nuclear necesario para mantener la esperanza de que ninguno de los dos adversarios atacase primero; con un equilibrio nuclear ?perfecto? (un concepto bautizado como MAD, siglas de ?Destrucción Mutua Asegurada?) ambos contendientes quedarían destruidos y nadie ganaría la guerra, así que nadie tendría un motivo para querer desencadenar el conflicto. No obstante, tal equilibrio no existía y la URSS tenía las de perder.


Sin embargo, lo sucedido en Cuba podía revertir las cosas. Castro necesitaba desesperadamente la ayuda soviética por la sorda amenaza de una invasión estadounidense y por las citadas consecuencias del bloqueo comercial. Moscú, decíamos, accedió felizmente a ayudar a Castro proporcionándole petróleo y el armamento convencional que necesitase para defenderse de una invasión. Pero negociaron una contrapartida: que los dirigentes cubanos permitiesen el establecimiento de bases secretas para misiles nucleares en su territorio. En aquellas bases los soviéticos podrían situar numerosos misiles IRBM de medio alcance, que desde allí sí podrían impactar en territorio continental estadounidense. Ciudades como Nueva York, Boston, Atlanta, Dallas y la propia Washington estarían ahora al alcance de la fuerza atómica soviética. Cuba se convertiría para la URSS en lo que Turquía era para los EEUU: la principal amenaza de destrucción total del oponente.


Castro aceptó. Así que durante finales del verano de 1962, ciento cincuenta buques soviéticos camuflaron entre su carga un arsenal de misiles IRBM capaz de reducir a escombros unas cuantas grandes ciudades e instalaciones estratégicas en el tercio occidental del territorio estadounidense. En una osada maniobra secreta que estaba teniendo lugar ante las mismas narices de los americanos, llevaron aquellos misiles a la isla, además de a 40.000 soldados de apoyo. A primeros de septiembre, justo mientras Kennedy declaraba públicamente que si los soviéticos se atrevían alguna vez plantar misiles atómicos en Cuba ?surgirían los más graves problemas?, es cuando llegan a la isla los primeros IRBM rusos bajo el más completo secreto.


A principios de octubre de 1962, en Washington sabían que las tropas soviéticas habían estado moviéndose libremente por Cuba, incluso sabían que habían establecido bases con armamento convencional: misiles tierra-aire, aviones y otras armas que podrían considerarse de función defensiva ante una posible invasión. Pero en determinados círculos de EEUU empiezan a circular ciertos rumores sobre la insólita posibilidad de que los soviéticos hayan llevado armas ofensivas a Cuba. Siendo ?armamento ofensivo? un eufemismo que entonces se utilizaba para referirse al armamento nuclear. Pero esos insistentes rumores fueron desestimados por la Casa Blanca, ya que la CIA afirmaba que la URSS nunca se atrevería a dar semejante paso. Así pues, la inteligencia estadounidense falla estrepitosamente: los rusos comienzan a plantar su arsenal atómico en Cuba sin que Washington tenga la más mínima noticia de ello; es más, sin que siquiera esté dando pábulo a las habladurías que, por una vez, tienen un fundamento real.


Así pues, el súbito descubrimiento de que la presencia de los misiles era real iba a cambiarlo todo. El domingo 14 de octubre de 1962, durante una misión de vigilancia rutinaria, se tomaban unas fotografías de la superficie de Cuba en las que podían distinguirse algunos de aquellos misiles. Ese hecho supondría el inicio de una crisis siniestra: nunca la humanidad ha estado tan cerca de exterminarse a sí misma, nunca lo ha vuelto a estar, y confiemos que nunca más llegue a estarlo? aunque dicen que la historia tiende a repetirse a sí misma.


Domingo, 14 de octubre


Un puñado de fotografías aéreas del territorio cubano llevaron al planeta al borde de la 3ª Guerra Mundial.



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Es un fenómeno de comportamiento entomológico que podemos ver en cualquier terreno campestre: una hilera de hormigas que van y vienen ajetreadas en su búsqueda de alimento, inconscientes de la amenaza invisible que se cierne sobre ellas. Entran por los atestados orificios de su guarida, portando pequeños pedazos de materias útiles que almacenan en el hormiguero antes de salir a por más. De repente, uno de los pequeños insectos detecta la presencia de un visitante indeseable, probablemente un depredador. Visiblemente inquieta, nuestra hormiga comienza a corretear alocadamente hasta toparse de frente con una compañera. La primera hormiga une sus antenas con las de la segunda y le transmite la noticia: el enemigo está a las puertas. Alertada a su vez, la segunda hormiga comienza también a corretear nerviosamente: ya son dos hormigas alarmadas. Deambulan hasta toparse con una tercera y una cuarta, a las que comunican el estado de alarma. Así, la contagiosa zozobra se va extendiendo por toda la hilera como un reguero de pólvora. Una progresión geométrica hasta que toda la hilera de insectos aparezca agitada por la inminencia del desastre. Al final, cunden el pánico y la alarma: el hormiguero está en peligro.


Al amanecer de aquel domingo de otoño, la primera hormiga de nuestra historia alza el vuelo. Se trata de un avión espía modelo U-2, que sobrevolará Cuba a gran altitud ?en la estratosfera, de hecho? para no ser detectado por los radares. El avión toma fotografías del terreno donde se sabe que los soviéticos llevan meses instalando bases defensivas y maniobrando a su antojo. La misión transcurre sin incidentes y el aeroplano regresa sano y salvo a su base. Los carretes fotográficos son llevados inmediatamente al Centro Nacional de Reconocimiento Fotográfico (NPIC), situado en Washington, un departamento de análisis de imágenes que depende de la CIA y en el que colaboran especialistas del ejército de tierra, de la marina y de las fuerzas aéreas. Los carretes pasan allí la noche en espera de ser descifrados durante el día siguiente. son algo más que unos simples carretes: son una bomba a punto de estallar.


Lunes, 15 de octubre

Los especialistas del NPIC analizan las imágenes obtenidas el día anterior. La intención es la de conocer mejor las actividades de los soviéticos presentes en la isla caribeña y esperan encontrar lo habitual: tropas y bases aéreas, nidos de artillería, de misiles tierra-aire, etc. Armamento convencional para defender la isla ante una posible invasión, algo que los soviéticos han estado proporcionando abiertamente a Fidel Castro sin demasiado disimulo. Pero de repente los analistas localizan algo que no esperaban: en las fotografías detectan lo que parecen remolques de transporte y estructuras para el lanzamiento de misiles SS-3 y SS-4, armas nucleares de medio alcance. Discuten con preocupación un descubrimiento que reviste suma trascendencia, algo que de confirmarse supondrá una muy grave amenaza para la seguridad de la nación. ¿Están seguros de que lo que están creyendo ver en las imágenes es realmente equipamiento atómico? Las imágenes están tomadas desde una gran altura y el nivel de detalle no es muy grande, pero los analistas cotejan las fotografías con la información que sus archivos contienen acerca del armamento de la URSS. Llegan a una conclusión clara. No cabe duda: los soviéticos, actuando con sigilo y sin haber sido descubiertos hasta entonces, han desplegado misiles nucleares en territorio cubano.


El descubrimiento resulta aterrador. En caso de un conflicto bélico, el tercio occidental de los Estados Unidos podría ser fulminado desde apenas ciento cincuenta kilómetros de su costa, en unos breves minutos y sin ninguna posibilidad de detener o contrarrestar la posible lluvia de misiles. Cuba es ahora una isla portadora de muerte: desde allí, la URSS puede provocar un Apocalipsis atómico en varias de las principales capitales del país y de sus más importantes instalaciones militares. Como diría después Kruschev: ahora los americanos saben lo que se siente cuanto te están apuntando directamente con misiles atómicos. La alarma cunde entre los oficiales del NPIC, quienes durante un buen rato intentan en vano contactar con su superior, el director de la CIA John McCone. Sin embargo, el jefe de la inteligencia norteamericana está de viaje hacia Los Angeles y no puede ser localizado. Después de varias tentativas fallidas, por la tarde deciden ponerse en contacto con el subdirector de la agencia, Ray Cline, que es informado por teléfono de los delicados hallazgos.



Alcance estimado de los misiles SS3, SS4 y SS5 estacionados en Cuba. La mayor parte del territorio estadounidense podía ser reducido a cenizas en muy pocos minutos.



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Continúa expandiéndose el nerviosismo por la hilera de hormigas: ahora también el subdirector de la CIA sabe que tiene un material explosivo entre manos. Cline ordena a los oficiales del NPIC mantener el asunto en la más absoluta reserva; nadie debe saberlo, el silencio es cuestión de seguridad nacional. Al atardecer organiza una reunión ultrasecreta en Washigton, a la que acuden varios altos funcionarios de la administración. Entre ellos está el asesor del Presidente en cuestiones de seguridad nacional, McGeorge Bundy, quien recibe atónito la información sobre los misiles. Será el propio McBundy quien dé la alerta al Secretario de Defensa Robert McNamara.


El Secretario de Defensa decide que Kennedy no sea informado esa misma noche, sino hasta la mañana siguiente. Primeramente, porque provocar un movimiento de alarma nocturna en la Casa Blanca podría revelar que el gobierno estadounidense está enfrentándose a algún tipo de crisis inesperada, algo que podría ser notado por posibles observadores indiscretos (cosa que nunca falta en el escenario de la Guerra Fría, hábitat natural del espionaje). Es absolutamente necesario mantener el asunto en secreto y no dar la más mínima señal de nerviosismo. Además, McNamara quiere una nueva confirmación de que la interpretación de las imágenes es completamente correcta, antes de trasladar la alarma al Presidente. Quiere que las fotografías se vuelvan a analizar y que además de los oficiales del NPIC que las descifraron participen algunos otros especialistas que puedan aportar un segundo diagnóstico. Así pues, el Secretario de Defensa y los analistas pasan la noche en blanco, tomando café tras café, dando vueltas y más vueltas sobre aquellas siniestras imágenes. Mientras tanto el Presidente Kennedy duerme tranquilamente sin saber lo que está ocurriendo. Como de costumbre, las luces del Despacho Oval permanecen apagadas durante la noche. De puertas afuera, todo parece normal.


Martes, 16 de octubre

?Tengo que enfrentarme a los rusos, Bobby. Si no lo hago, perderé la presidencia?. (John F. Kennedy a su hermano, en la antesala del Despacho Oval)

Estamos en la Casa Blanca y son las nueve menos cuarto de la mañana. El Secretario de Defensa Robert McNamara acude al Despacho Oval para informar al Presidente del hallazgo de los misiles. Un informe con las fotografías del avión espía descansa en la mesa de John F. Kennedy, quien a duras penas da crédito a lo que está viendo. Descubre con horror que se está enfrentando a la peor crisis de su presidencia, con seguridad la peor crisis que haya afrontado la nación desde el bombardeo de Pearl Harbor. Incluso más grave, dadas las posibles consecuencias; un enfrentamiento abierto con la URSS podría conducir a una situación apocalíptica que no se necesita ser demasiado avispado para barruntar. Kennedy, como McNamara y los demás enterados del asunto, piensa que no puede abstenerse de actuar? pero cuando imagina cualquier medida que pueda tomar, visualiza un cielo surcado por las blancas estelas de los misiles que van y vienen, provocando un Armagedón. Tal cosa podría suceder en el espacio de días, si no se dan los pasos adecuados y si los soviéticos no se toman esos pasos como una declaración de guerra.


El Presidente no sabe qué hacer. No hay un plan previsto para una situación semejante porque la CIA, en un grosero error de cálculo que mencionábamos antes, había asegurado que los soviéticos nunca se atreverían a colocar misiles nucleares en suelo cubano. En aquel instante Kennedy debió de recordar sin duda la advertencia que le había hecho el ex-presidente Eisenhower tras el fracaso de la Invasión de Bahía de Cochinos: ?ahora, los soviéticos podrían atreverse a intentar lo impensable?. Efectivamente, Eisenhower había tenido razón y los soviéticos se habían atrevido a lo impensable. Así que el resultado del error de la CIA implicaba que no existía un plan de contingencia diseñado para una situación hasta entonces considerada improbable. Una de las primeras cosas que hace el Presidente es llamar a su hermano, el Fiscal General del Estado Robert Kennedy, la persona de la administración en quien más confía. No quiere contarle lo que está sucediendo por teléfono y se limita a pedirle que acuda cuanto antes a la Casa Blanca. Será allí donde le comunique la noticia.



Para el Presidente, su hermano Robert era la persona de máxima confianza y cuya opinión tenía más en cuenta sobre casi cualquier asunto.


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Tras telefonear a su hermano, el Presidente no pierde el tiempo y ordena convocar un gabinete de crisis, un Consejo de Seguridad Nacional que deberá buscar algún tipo de solución para una situación que no parece tener una salida clara. Bautizado como Comité Ejecutivo o ExComm, lo conformarán, además de Bobby Kennedy y el vicepresidente Lyndon Johnson, diversos altos cargos civiles y militares que completan un número inicial de catorce miembros. Son localizados y convocados a toda prisa durante la mañana. Mientras, a Kennedy se le aconseja que cumpla con su agenda prevista para aparentar una total normalidad, así que poco después de haber conocido la existencia de los misiles recibe al astronauta Walter Schirra. El héroe espacial acude a la Casa Blanca acompañado de su mujer y sus dos hijos para recibir los respetos del Presidente. Kennedy cumple su papel a la perfección, demostrando ser un gran actor: aparece relajado y comunicativo, incluso se muestra juguetón con la pizpireta hija pequeña del astronauta. De hecho lleva a la familia Schirra al jardín para que la niña pueda ver de cerca el pony de la propia hija del Presidente, Caroline Kennedy. Contemplando la escena nadie diría que algo preocupante sucede entre bastidores.


Tras despedir a los Schirra, Kennedy se reúne por primera vez con el recién creado ExComm, cuyos miembros están ya reunidos en la misma sala de juntas de la Casa Blanca. Al mediodía comienza la sesión y uno de los oficiales del Centro de Interpretación Fotográfica enseña a los miembros del Comité las imágenes que demuestran que hay misiles SS-3 y SS-4 desplegados en Cuba, explicándoles cómo interpretar cada detalle. El oficial afirma que las cabezas nucleares no parecen estar colocadas todavía y que se considera por tanto que los misiles no están preparados para un lanzamiento inminente, aunque podrían estarlo en cuestión de no demasiado tiempo. Los asistentes comprenden de inmediato la extrema seriedad de lo que están viendo. Discuten las posibles vías de actuación con el Presidente, que ha descartado de entrada la opción de no hacer nada al respecto. La cúpula militar, representada por los jefes del Estado Mayor combinado, aboga fervorosamente por una acción militar directa: un ataque aéreo que destruya las bases de misiles seguido de un desembarco e invasión de la isla para derrocar a Castro y echar a los soviéticos de Cuba. Los militares consideran que la URSS no se atreverá a contrarrestar una acción tan decidida, que no se arriesgarán a embarcarse en una guerra de mutua aniquilación por defender el territorio cubano. Sin embargo, esa creencia de los altos mandos militares no es compartida por varios miembros civiles del Comité. Robert Kennedy, por ejemplo, contempla inquieto la actitud belicosa de los generales. Escribe una pequeña nota, la pliega y se la pasa a su hermano. La nota dice: ?Ahora sé cómo se sentía el general Tojo cuando planeaba el bombardeo de Pearl Harbor?.


Por su parte, el Presidente se limita parar los pies a las demandas de invasión de los militares. En aquellos primeros momentos el propio Kennedy considera necesaria la opción del ataque aéreo, pero un desembarco le parece una medida demasiado atrevida. Considera una ingenuidad confiar en la inacción del Kremlin ante una invasión de sus aliados cubanos. Si los soviéticos deciden responder a la invasión de Cuba ?por ejemplo invadiendo el sector occidental de Berlín? eso obligaría a los EEUU a responder a su vez con otras medidas de defensa de sus propios aliados. Todo ese el proceso de mutuas represalias quizá no podría ser detenido a tiempo y podría conducir a una escalada bélica de consecuencias impredecibles y, en definitiva, a un holocausto nuclear. Los generales insisten: los rusos no serán tan insensatos de llegar a una guerra atómica, como tampoco lo serán ellos mismos. Pero el Presidente se pregunta: ¿quién, cómo y cuándo será capaz de detener la escalada? Nadie desea una guerra nuclear, pero ¿existen mecanismos fiables para detenerla? Bastará que estalle un solo misil para que el adversario responda en los mismos términos. Así pues, Kennedy atempera la demanda de los generales y dice que sería mejor limitarse a un ataque aéreo ?quirúrgico? cuyo propósito fuese simplemente el de destruir las bases de lanzamiento detectadas. Ante ese ataque ?quirúrgico? sin invasión posterior, incluso los soviéticos podrían considerar desproporcionado reaccionar invadiendo Berlín, lo cual evitaría una guerra abierta. Los generales no quedan convencidos, y se muestra especialmente combativo el jefe de las fuerzas aéreas, Curtis LeMay, cuya animadversión hacia Kennedy es bien conocida (y mutua) y que en el futuro se destacará por sus ideas radicales. Pero por mucho que insista, a él y los otros jefes del Estado Mayor les queda claro que la hipótesis de una invasión desagrada al Presidente. De todos modos, Kennedy no quiere imponer su visión y dice que el Comité ha de seguir discutiéndolo para llegar a una decisión de consenso.



El Estado Mayor insistía en invadir Cuba, lo cual podía provocar una 3ª Guerra Mundial. Kennedy hubo de parar los pies a sus aguerridos generales.


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Durante esa primera reunión de urgencia, hay quienes proponen una vía de actuación distinta: establecer un bloqueo naval para impedir que se siguiesen transportando misiles y equipamiento a Cuba, al mismo tiempo que sirve como medida de presión para que los soviéticos retiren los misiles ya instalados. Sin embargo, la opción del bloqueo es todavía minoritaria respecto a la del ataque aéreo quirúrgico, que por ahora es la preferida también del Presidente (pese a que su hermano Robert ya la contempla con desagrado). Al finalizar el encuentro, Kennedy les recuerda a todos que el asunto debe ser guardado bajo el más absoluto secreto, y que como ha hecho él, deben continuar con sus agendas previstas en la medida de lo posible hasta que la cosa no se haga pública. Hay que evitar a toda costa que los soviéticos perciban cualquier signo de alarma.

Y es que, casualmente, el contacto entre ambas superpotencias está siendo especialmente directo durante esos días, en los que ya había programados varios encuentros diplomáticos bilaterales. Justo ese mismo día 16 se produce una situación delicada al otro lado del Atlántico: el Premier soviético Nikita Kruschev recibe al embajador estadounidense en Moscú. La conversación será larga, pero el diplomático estadounidense ni siquiera menciona el tema de los misiles. Irónicamente, o no tan irónicamente, será el líder soviético quien censure a los estadounidenses por mantener bases nucleares en Turquía mientras insiste que los movimientos de tropas rusas en Cuba tienen una función ?puramente defensiva? y que su país no ha situado ni piensa situar armamento ofensivo en la isla. Es una mentira flagrante, pero el embajador americano asiente tranquilamente. Los estadounidenses no se dan por aludidos. Todavía.


Miércoles, 17 de octubre


?Un misil es un misil. No hay mucha diferencia si te mata un misil lanzado desde Cuba o desde la Unión Soviética?. (Robert McNamara)


El Presidente continúa con su agenda establecida y durante el día cumple con diversos compromisos adquiridos, ya que como decimos se piensa que una suspensión repentina de sus actividades programadas proyectaría una sensación de anormalidad. Así pues, aquella mañana Kennedy estará temporalmente ausente de las discusiones del Comité porque ha de asistir a un acto del Partido Demócrata en New Haven, que incluye una visita a la Universidad de Yale y otras ceremonias electorales. En dichos actos el Presidente aparece de buen humor, de hecho bromea ante la gente nada más bajar del avión y, una vez más, nadie podría sospechar que está sometido a algún tipo de tensión anormal.


Entretanto, en Washington, la sesión del Comité es básicamente una ?tormenta de ideas? moderada por Robert Kennedy, quien por el momento ?y ante la ausencia del Presidente? no toma partido por una opción u otra. Los generales continúan insistiendo en la necesidad de un bombardeo seguido de una invasión. Acción directa y sin contemplaciones. Para los militares, un ataque aéreo a las bases de misiles resultaría inútil sin un posterior desembarco de tropas que se hagan con el control completo del territorio cubano. Sin embargo, las voces que se oponen a la idea del ataque están empezando a alzarse. El Secretario de Defensa Robert McNamara aboga abiertamente por el bloqueo naval como medida de presión y no solamente se opone a una invasión completa sino que tampoco ve con buenos ojos un ataque aéreo. McNamara dice que los EEUU ya son vulnerables a los misiles soviéticos ?obviamente no conoce la poca confianza que los rusos tienen en su puñado de misiles ICBM?  y que la presencia de misiles en Cuba no cambia radicalmente la situación estratégica. Desde una perspectiva norteamericana, el análisis de McNamara parece correcto. Aun así, todos coinciden en no querer permitir que continúe la instalación de bases de lanzamiento a las puertas de casa.


Inteligente y carismático, el Secretario de Defensa  Robert McNamara se oponía al ataque contra Cuba, temiendo una catastrófica escalada.


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Mientras en la Casa Blanca se acalora el debate, continúa el juego de engaños entre Moscú y Washington. Tras la reunión del día anterior entre Nikita Kruschev y el embajador norteamericano, la embajada rusa envía un mensaje a Robert Kennedy en el que para confirmar las palabras tranquilizadoras del Primer Ministro de la URSS, se insiste una vez más en que las únicas armas que el ejército soviético ha llevado a Cuba tienen un propósito defensivo. Los rumores que Washington había desestimado en su momento han llegado también a oídos de los soviéticos, y estos están haciendo todo lo posible por disiparlos. Nuevamente los estadounidenses disimulan y dan por bueno el mensaje.


Entretanto, otro avión U-2 aterriza después de sobrevolar Cuba en una nueva misión de reconocimiento? y trae malas noticias. Nuevas fotografías muestran que en la isla no solamente hay misiles de la clase SS-3 y SS-4, sino que se han detectado silos de lanzamiento para misiles de la clase SS-5. Estos misiles pueden alcanzar el doble de distancia que los SS-4, así que los soviéticos estarían en condiciones de destruir cualquier gran ciudad estadounidense excepto Seattle, la situada más al noroeste, la única capital que ahora permanece fuera del alcance nuclear soviético. Gracias a las fotos más recientes, los analistas estiman que los SS-5 tardarán cuatro o cinco semanas en estar completamente operativos? pero creen que una treintena de misiles SS-3 y SS-4 podrían estar plenamente preparados para el lanzamiento en tan solo siete días. Si las estimaciones son ciertas, los Estados Unidos tienen solo una semana para maniobrar antes de que la URSS esté en condiciones de amenazarlos con un ataque nuclear masivo sobre su territorio.


Al final del día, el Comité ha sopesado las diversas opciones de actuación y, aunque no se ha llegado al consenso que desea Kennedy, al menos se ha podido desestimar varias alternativas. Por ejemplo la de enviar un emisario para que comunique privadamente a Kruschev que han descubierto los misiles y así poder presionarlo sin que el mundo tenga noticia de ello: a casi todos les parece una mala idea porque los rusos podrían contraatacar con alguna jugarreta pública que ponga a la opinión pública mundial de su parte y que hiciera aparecer cualquier acción posterior de los estadounidenses bajo un aura de provocación. Tampoco consideran idóneo destapar el asunto mediante una acusación abierta en la ONU, porque la URSS tiene derecho de veto ante cualquier decisión crítica del consejo de seguridad y porque ?casualmente? el presidente del consejo en ese momento es precisamente un ruso. Descartada pues la vía diplomática (que tiene sus defensores pero que están en minoría), el ataque aéreo y el bloqueo naval siguen siendo las dos opciones más defendidas.


Jueves, 18 de octubre

?Esta es la semana en que me estoy ganando el sueldo?. (John F. Kennedy)


A las nueve y media de la mañana el Presidente comienza la jornada cumpliendo con nuevos pequeños compromisos de su agenda y por ejemplo acude a un reparto de premios. Como de costumbre se lo ve sonriente y relajado. A las once, se reúne nuevamente con el Comité Ejecutivo. Apenas ha cambiado nada: los jefes del Estado Mayor siguen insistiendo en que se debe proceder a un ataque sobre Cuba. Pero será Robert Kennedy quien dé un inesperado paso adelante ?ya que el día anterior había evitado pronunciarse? y se oponga abiertamente a los militares. El Fiscal General considera que un bombardeo sobre la isla sería como un ?Pearl Harbor? a la inversa, un desencadenante para una nueva Guerra Mundial. Pide a todos los miembros del ExComm que se considere la vertiente moral del asunto: ¿hasta qué punto resulta ético recurrir al ataque aéreo y más teniendo en cuenta las potencialmente terribles consecuencias? Bobby Kennedy insiste en que deben buscarse otras alternativas. La discusión sobre el tema se prolonga durante el resto de la sesión, pero todos saben que la opinión del hermano del Presidente no es cualquier opinión, ya que JFK tiene una inquebrantable confianza en él.


Anrey Gromyko (centro) negó la presencia de misiles en Cuba, y Kennedy no dio muestras de dudar de su palabra, aun sabiendo que era una flagrante mentira.



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Tras la reunión, el Presidente comienza a solicitar consejo en privado, sondeando a aquellos funcionarios o ex-funcionarios de la administración a quienes más respeta y cuya opinión tiene más en cuenta. Se conforma así un ?círculo íntimo? de consejeros cercanos a Kennedy, casi todos los cuales están en el ExComm: además de su hermano Robert, recurrirá a Robert McNamara (Secretario de Defensa), Dean Rusk (Secretario de Estado),Dean Acheson (ex-Secretario de Estado), Robert Lovett (ex-Secretario de Defensa), McGeorge Bundy (Asesor de Seguridad Nacional), el general Maxwell Taylor (jefe del Estado Mayor conjunto) y Llewellyn Thompson. Estos serán los hombres de quienes se rodeará durante esas horas críticas. El presidente buscará apoyo en todos ellos en algún momento u otro, para complementar las discusiones grupales que tienen lugar en el Comité Ejecutivo y conocer cara a cara la opinión sincera de cada uno. De hecho, tras la comida Kennedy se reúne en privado con McNamara y Rusk. Ambos son partidarios del bloqueo naval y ambos se oponen al ataque aéreo. Después conversa con Dean Acheson, para quien la opción del ataque aéreo sigue siendo la única opción posible; además Acheson considera inadecuada y ridícula la preocupación de Robert Kennedy por las consideraciones morales de ese posible ataque. Cree que la idea del Fiscal General de un ?Pearl Habor a la inversa? es una ?tontería?. Trae esas charlas, Kennedy tiene bastante más en qué pensar. Especialmente teniendo en cuenta la importante cita que le aguarda esa misma tarde.


El juego de engaños previo entre las dos superpotencias no ha terminado con la reunión entre Kruschev y el embajador americano en Moscú. Porque justo ese mismo día, a las cinco, el Presidente tiene programado un encuentro nada menos que con el ministro de asuntos exteriores soviético, Andrei Gromyko. La conversación adquiere una connotación muy surrealista: Gromyko continúa en la línea oficial del Kremlin, que ante los rumores que llevan tiempo circulando, insiste en la naturaleza puramente defensiva del armamento que la URSS ha estado llevando a Cuba. Kennedy no le contradice, manteniendo su mejor cara de póker ante las flagrantes mentiras de Gromyko, quien al terminar la reunión no sospecha en absoluto que Kennedy pueda estar en conocimiento de que sí hay armas atómicas en Cuba.


Después el Presidente recibe a Robert Lovett, veterano de la I Guerra Mundial que había ejercido como Secretario de Defensa durante la Guerra de Corea. Le pide su opinión sobre las medidas a tomar y Lovett se muestra ponderado, pero firme en su creencia: piensa que incluso un ataque aéreo únicamente destinado a destruir las bases de misiles podría ser visto como una medida de excesiva fuerza. Por más que quieran verlo como un ataque ?quirúrgico?, es perfectamente lógico que los soviéticos puedan tomarlo como una abierta provocación. Desaconseja el uso de la fuerza bélica inmediata y aboga por un bloqueo naval, como también hacen el Secretario de Defensa y el Fiscal General. Tras esa conversación Kennedy sigue reflexionando. Tiene ante sí una serie de decisiones muy complicadas. No basta con dictar qué pasos han de darse; ha de prever también cómo reaccionarán los soviéticos a cualquier movimiento que su país haga. Probablemente es en esos momentos cuando en su cabeza empieza a ganar enteros la opción del bloqueo frente a la del ataque aéreo.


Kennedy consideraba un ataque aéreo limitado a las bases secretas, pero el ex-Secretario de Defensa Robert Lovett creía que los rusos podrían tomarlo como una declaración de guerra.


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A la hora de cenar el Presidente se reúne nuevamente con el Comité, que permanece dividido. Viendo tal cisma, el Presidente asegura que sigue  queriendo una decisión de consenso y que le gustaría que continúen debatiendo hasta encontrar una solución que les parezca satisfactoria a todos, pero que tampoco tienen todo el tiempo del mundo para llegar a ese acuerdo. Les recuerda cuál es su responsabilidad y todo lo que está en juego. Después, se encierra en sus habitaciones privadas hasta tarde, tratando de poner su cabeza en orden mientras garabatea un montón de hojas de papel con multitud de anotaciones sobre lo que se ha hablado durante todo el día. Al final, el suelo de la estancia está repleto de aquellos papeles: su secretaria los recogerá para pasar todas aquellas ideas a limpio. Así concluye el tercer día de la crisis: mucho se ha discutido, poco se ha avanzado.


No obstante, aunque todavía no se sabe qué medidas se van a tomar, lo que está claro es que habrá que hacer algo. Y durante el día se ha rozado la línea de causar una alerta en los periódicos. Porque durante los últimos dos días y de manera muy paulatina pero generalizada, ha empezado a imponerse en las fuerzas armadas estadounidenses una especie de silenciosa pre-alerta. Se lleva a cabo con suma discreción para no despertar suspicacias, pero en diversas bases militares se ha incrementado el nivel de alerta defensiva (Def Con). Personal clave que estaba de permiso es llamado de nuevo al servicio. Algunos se sienten molestos por esta repentina interrupción de su descanso sin aparente necesidad, pero a nadie se le ocurre plantearse que algo grave pueda estar sucediendo. Sin embargo, cuando la fuerza aérea estadounidense empieza a concentrar escuadrillas de aviones en el sudeste del país ?en el rango de alcance de Cuba? algunos periodistas muestran curiosidad al respecto: ¿por qué se están trasladando aviones al sudeste del país? ¿Es que sucede algo con Cuba? Es una muy pregunta delicada. Sin embargo, la respuesta del Pentágono resulta tranquilizadora y perfectamente convincente: dado que no constituye ningún secreto que los soviéticos han desplegado cazas Mig en Cuba, resulta perfectamente lógico que los Estados Unidos refuercen su cobertura aérea en la zona. Los periodistas consideran su curiosidad satisfecha: la justificación encaja perfectamente con los datos y resulta más que satisfactoria, así que se terminan las preguntas. Ni siquiera en la URSS se plantean otra explicación ante aquel movimiento de aviones, porque también ellos encuentran perfectamente normal que los americanos incrementen su fuerza aérea en la zona para contrarrestar la presencia de los Mig. Todo perfectamente normal. El mundo continúa sin sospechar nada.


Al finalizar la jornada, solo unas pocas hormigas de la hilera corretean nerviosamente, alarmadas por la inminencia del desastre. El resto del hormiguero descansa con total tranquilidad. Aquella noche de jueves, tres días después del descubrimiento de los misiles, el pueblo norteamericano se va a la cama sin tener noticia de lo que se está cociendo en las más altas instancias; poco saben que en la Casa Blanca ya se está discutiendo cómo forzar a los soviéticos a retirar sus misiles de las inmediaciones de la nación sin provocar una 3ª Guerra Mundial, una guerra que no dejaría nación que defender más allá de un puñado de escombros radiactivos. Por lo que al americano medio respecta, estos días han sido unos días como otros cualesquiera. No ha habido mucho que contar, excepto que en las Series Mundiales de Béisbol los New York Yankees han vencido en el partido decisivo a los Giants de San Francisco por el ajustado resultado de 1 a 0. Cómo no, también en la Unión Soviética los ciudadanos se van a dormir tranquilos y despreocupados. Esos días no ha habido tampoco grandes noticias, como no sea el fallecimiento de la pintora Natalia Goncharova, autora de aquellos coloridos lienzos a mitad de camino entre el cubismo y el estilo de Henry Matisse. Para los ciudadanos americanos y soviéticos de a pie, como para todos los demás ciudadanos del planeta, la vida sigue como si nada. Las hormigas, pues, duermen plácidamente: en América, en Europa, en todas partes. Pero en unos días podría cambiar la faz de la Tierra, agujereada por las picaduras de furiosas avispas cuyos aguijones nucleares dejarían la tierra quemada, las ciudades reducidas a cenizas, el agua envenenada y el aire irrespirable. El que eso ocurra o no, el que se produzca un Juicio Final, depende ahora de la decisión de un puñado de hombres en Washington. El camino para evitar ese Apocalipsis, sin embargo, todavía se antoja poco claro. Y sin embargo, tarde o temprano habrá que anunciar al mundo lo que está sucediendo. Es cuestión de muy poco tiempo el que el secreto se rompa y todos sepan lo que se está cociendo: en unas pocas horas, los habitantes de la Tierra dejarán de dormir tranquilos. (Continuará)




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E.J. Rodríguez


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Cómo el mundo evitó el Juicio Final (I)
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22 Comentarios Cómo el mundo evitó el Juicio Final (I)
kien se va a dar lapaja de leer toa esta wea...
tss.. demasiado largo...
Cita Ranarky: Mostrar
Hermano humano, compa?
siendo uno de los temas mas interesantes de la historia actual y punto clave para entender el comportamiento del mundo en estos tiempos me parece que esos tipos que no quieren leerlo todo han de ser prepubertos si no es que mas jovenes, esperando la segunda parte
nunca existio tal cosa es para mantener entretenidas alas personas en eso mientras los de arriba se roban nuestro money
@Ranarky
Cita Ranarky: Mostrar
En tu escritura se nota lo muchisis?
excelente post... informacion importantisima... gracias
Muy buena informaci?
Cita GinaAndrea: Mostrar
@Ranarky
Cita Ranarky: Mostrar
Ni?
Cita babarian: Mostrar
Cita GinaAndrea: Mostrar
Cita Ranarky: Mostrar
@Ranarky @LEONLT
Aquellos que no se interesan por el conocimiento terminan siendo manejados por quienes si se interesan en ello.
Solo meditenlo. Todo es parte de seguir madurando   como todos....
excelelente parte de la historia esperando que la continues  ++++++10
muy buena hermano ya quiero leer lo que sigue
Excelente aporte a la cultura general, traes a consideraci?
Conoci un poco acerca de esta historia en el Call of Duty Black Ops...Buen Post!!!
Gracias por el aporte muy interesante, espero la continuaci?
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