[Artículo] ¿Dónde está todo el mundo?





JUAN ANTONIO GARCÍA AMADO


 Comparto con los colegas este Post del Blog de un Profesor de Derecho que a más de uno puede interesar:






Mucho me importaría saber si son cosas mías o si esta misma sensación la tiene más gente, un número suficiente de personas como para que pueda uno pensar que no se está volviendo loco o maniático de remate. Me refiero a la impresión de que todo el mundo anda ausente, desaparecido, medio invisible, de que todo quisque ha hecho mutis y ahora apenas se encuentra a ninguno o nada más que se ve a alguno que otro mientras corre hacia su casa o lleva el niño a la guardería o acude a la consulta médica para pedir pastillas para la angustia o el estrés.

            A ver. Hace cuatro días de nada o unos pocos años todavía podía uno quedar con un buen puñado de compadres y comadres para correrse una juerga de día y medio o, al menos, para comer a las dos y estar de sobremesa hasta las cinco, chupitos mediante. Ya no. Ojo, tampoco está uno para nadie en estos tiempos, con lo que el problema no son los otros, sino que parece que tenemos todos un inconveniente de categoría.

            Me acuerdo de mis primeros años en León. Qué tiempos. Me pareció una Facultad llena de gente bien normal y amable. Errores de juventud, apreciaciones apresuradas, no hay más que vernos ahora. Pero el caso es que cada poco se organizaba una cena y allá aparecían quince o veinte profesores, relativamente jóvenes la mayoría, pero con más de un veterano también. Hoy no acudirían ni tres y aunque fuera gratis todo. Se defendía una tesis doctoral, por ejemplo, y allí se veía a media Facultad. En Oviedo era otro tanto. Hoy no se asoma ni el gato, o nada más que pasa un ratito el gato, y por puro compromiso. Ibas a otra universidad a hacer cualquier cosa y allá se dejaban ver los colegas del lugar desde la noche anterior, dispuestos a conversar hasta que amaneciera y a beberse las últimas cosechas del licor pertinente. Lo mismo hacía uno con los demás, cuando se era el anfitrión. Actualmente puede con facilidad ocurrir que vayas a formar parte de un tribunal de tesis doctoral y que ni un solo colega del otro lado se deje ver o te llame para preguntarte si llegaste bien, ni siquiera el director de la tesis. Luego te explican que es que tenían clase en el máster y que Purita va a yoga todos los martes. Tú no sabes ni quién diantre es Purita ni qué pinta en yoga o merendándose un chocolate con churros o porras ni qué relación guarda todo ello con que el colega esté huido en su casa, pero te da igual y ya ves el percal del interlocutor. Y así podría seguir con los ejemplos durante horas y cuartillas, si falta hiciera.

            ¿Qué ha pasado? Que nos hacemos viejos, sí. Pero los cuatro jóvenes que quedan no son ni como los viejos de antes, son como momias precolombinas, y que me perdonen las momias precolombinas. No, lo de la edad no es, pues bien recuerdo a más de cuatro cincuentones de hace veinte años que se comían el mundo y lo que hiciera falta y los encontrabas en la procesión y repicando y donde se terciase.

            La explicación que a la mayoría se le ocurrirá es que contemporáneamente anda la gente mucho más ocupada, mucho más enfrascada en variadísimas tareas. Será, pero habría que aclarar por qué, ahora que estamos más atosigados de cosas que hacer, por lo visto, producimos menos y peor que cuando nos pillaban la mitad de las noches de francachelas y amigotes y, para colmo, dedicábamos un par de tardes a jugar al fútbol o al frontón. No, no estamos más ocupados porque haya más labores pendientes. Lo que ha cambiado es la sensación de estar ocupados y, sobre todo, que nos hemos hecho rancios y arrastramos sobrecarga de alienaciones. Son servidumbres voluntarias estas a las que en el presente nos sometemos como si de condenas inapelables se tratara.

            Para empezar, la familia. Caramba, es que parece que hasta hace veinte años nadie tenía familia. Juro que hasta mis cuarenta y tantas primaveras no había oído jamás a un colega o amigo decir que no podía quedarse a tomar otro café y echar otra parrafada de sobremesa porque debía llevar al niño a judo o a la niña a bailes regionales. Por cierto, las madres tampoco se descolgaban con esas disculpas. ¿O es que de poco para acá pasa algo si una tarde de miércoles el niño de las pelotas no va a judo o a petanca, y más con lo torpón que es el jodido y puesto que todos sabemos que nunca en la vida va a destacar ni en el deporte ni en nada?

            Aquellas miradas cómplices de las parejas de antes, en qué quedaron. Con mi santa todavía me ocurre. Las tres de la mañana y con amiguetes y tragos. La niña, colocada con parientes o cuidadores y se supone que felizmente dormida a estas deshoras. Nos miramos con gesto de interrogación en ambas caras y los ojos hablan de sobra: que sí, que nos tomamos la última y luego ya veremos si fue la penúltima. Pero no, en esta época es más común esa mirada matrimonial de a ver cuándo nos vamos, Eliseo, que mañana tenemos que sacar el perro a orinar, a las ocho, y a las nueve el niño juega a bádminton en el cole. Y Eliseo y Reme van colocando la cara de estreñimiento y se van desplazando hacia la puerta, el trasero contra la pared y en actitud defensiva, no vaya a aparecer algún descerebrado amigote con un gin-tonic más y ya has bebido lo menos media copa esta noche, Eliseo, cariño.

            Luego está lo de la salud. Cuánto daño nos hace la buena salud. A día de hoy la gente muere igual de a menudo e igual de temprano que antes, pero después de haber vivido peor, eso sí. En mi círculo profesional y de amistades y conocimientos deberíamos palmar enseguida tres o cuatro y un servidor, y el resto tendría que durar hasta los ciento y pico si hubiera lógica o cósmica justicia. Beber no, pues hay que conducir y un taxi no lo vamos a pagar, con lo que nos está costando el clarinete del niño y que ahora la niña quiere un gorro neozelandés para natación; comer, sanito y poco, mayormente verde y sin salsas ricas. El café, descafeinado, porque luego no duermo. Bailar ya no, porque tengo una vértebra un poco descolocada de cuando fuimos al Machu Picchu y me retorcí para hacerme una foto con un tucán. Conversar, apenas, ya que el foniatra me ha dicho que si no cuido la voz puedo acabar con almorranas. Chico, si el foniatra ha encontrado tan cercana relación entre tu garganta y tu culo, él sabrá por qué. Y así. Sumado al gusto por tocarle las narices al normal que todavía disfruta. Estás tú a punto de zamparte esos callos a la asturiana con salsa gelatinosa que se te pega a los labios, y viene la enterada de las pelotas: pues el otro día en la tele vi yo en un programa que los callos son peligrosísimos para el riñón porque tienen mucho benceno. Mecachis en sus muertos, lo dice nada más que por envidia y porque está hasta el moño de su lechuga ecológica aliñada con limón y yogur de soja desnatado.

            Va desapareciendo el personal, diríase que porque cada uno tiene muchísimo que hacer, pero no es así. El aburrimiento, el puro hastío, la desgana persiguen a la gran mayoría mucho más que en cualquier otro tiempo, y cosas que merezcan la pena ya casi nadie hace. A ver, piense usted, amigo lector: de todos esos que conoce y con los que, por sus grandes ocupaciones, no puede contar ni para un rato de charla ni para una merienda con risas, cuántos hay que, por lo que usted sabe, hayan vivido algo notable, interesante o divertido en los últimos dos años. Casi ninguno, ciertamente. ¿Qué los ata, pues? Su propia inanidad, el susto pequeño, los cuatro mitos de las familias pequeñísimoburguesas, los terrores nocturnos a la tensión alta o el colesterol con una decimilla de más, la avaricia de no gastarse diez euros y no vaya a ser que no podamos en reyes comprarles la nueva Sony a Kevin y Susan.

            Es el signo de los tiempos, uno más. Pero tengo para mí, y creo que no me equivoco, que de la crisis económica y social no nos libramos mientras no pase esta decadencia psíquica, este apocamiento de teleñecos saludables, semejante mediocridad profiláctica. Sin juerguistas no hay futuro. Sin buena diversión y sana camaradería no cabe sociedad propiamente dicha ni país ni nada, solo ratoncillos inermes que dan vueltas en su jaulita y se suben al palo y se bajan, se suben y se bajan, se suben y se bajan, atareadísimos, serios, pareciera que pletóricos, sanos y pulcros, como si dijéramos.


 JUAN ANTONIO GARCÍA AMADO




[Artículo] ¿Dónde está todo el mundo?
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7 Comentarios [Artículo] ¿Dónde está todo el mundo?
tu dices que la gente esta ausente? no entendi mucho  

es que yo soy muy solitario , no acostumbro relacionarme  

yo tengo ciber y la gente usa mucho las redes sociales , sin embargo curiosean cosas de los demas mas que hablar con los dem?
especificamente facebook , incluso diria que el 90% vienen a facebook
Sabio post. Da para pensar. Muy bueno tu aporte, de lo mejor. Saludos y suerte.-
Cita kyuss.: Mostrar

y el otro 10% identi
Cita rayosx: Mostrar

somos minoria  
tienes razon joseamat y lamentablemente e visto que la gente se avuelto muy distantes como que cada persona esta en su mundo muy independiente de los demas aparte de que los ciento alas personas muy solas.,,por eso trato yo de ser amable con las personas de tansiquiera alegrarles el dia..como? empezando a ser un po amable...como darle el asiento a una persona invitar a comer a un amigo ,,nose infinidad de cosas,,,pero espero que con mi granito de arena valla contagiando a demas gente..y gracias joseamat por tu post esta muy bueno..da que pensar..
puede que el individualismo y el exceso de informaci?
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