Marioneta, marioneta

Hola a todos y todas.
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En estos días he estado hurgando una zona de mis carpetas y allí me topé con muchos textos..., podríamos decir sarcásticos.
Este quizás sea uno de ellos.
La siguiente fábula se titula Marioneta, marioneta.
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Las marionetas estaban calladas como dos trapos repodridos y muertos. No es que no fueran capaces de hablar, como se sabe, sino que sencillamente no tenían tema. Se encontraban estos ingenios graciosísimos dentro de una remendada caja de madera oscura forrada en su interior con arpillera vieja. Esperaban al marionetista?
 
Precisamente a esa hora no se escuchaba ningún sonido; al parecer, todo el mundo había ido a dormirse una de esas siestas astrales. Así que la marioneta más vieja, la más manoseada, decidió romper el silencio con un ancho bostezo tronador que, más que rellenar, hizo rechinar las macilentas paredes de su húmedo habitáculo. E inmediatamente expuso esta palabras:
 
-Pronto me habrás suplantado, ¡oh, discípula marioneta! -escuchó decir la marioneta nueva que, apenas hubo entendido las palabras, se incorporó de inmediato, aferrándose a la inmediatez de sus hilos más próximos.
 
-¿Cómo?
 
-Sí, eso que escuchaste. Ya casi no puedo mantenerme erguida, erecta al uso del amo. Y sabes lo furioso que se pone cuando no actúo bien.
 
La marioneta nueva quiso decir algo, pero apenas estaba saliendo de un sueño de sedas nuevísimas y brillantes. Creyendo que las palabras de su compañera eran sólo producto de un mal sueño -las marionetas sueñan en alemán por defecto, y, generalmente, son abortadas a una suerte de trapo de piso- o, quizá, de su larga edad, se desbarató nuevamente en un sueño apresurado.
 
-¡Eh! -dijo la marioneta vieja, tirándole de un hilo.
 
-¿Qué quieres? ¿No ves que intento descansar?
 
-Es que?, pronto serás tú la que salga allá afuera. En cambio yo?
 
La marioneta nueva notó una voz quebrada, arropada quizá por una necesaria melancolía. Inmediatamente, se incorporó de un salto, y declamó:
 
-No pienses así. Nunca, nunca te suplantaré. Además, aún actúas muy bien. He oído los comentarios -escuchó la marioneta vieja con desdén.
 
?No lo creas. Además, ya me siento muy cansada; y preferiría ya no salir más al escenario.
 
De alguna manera que no encontró pronta explicación, la marioneta nueva sintió compasión por su vieja compañera que, ahora que le prestaba verdadera atención, en realidad sí se veía hecha un pingajo, sucia, desprovista de gracia, derivada a una suerte de paño de cocina listo para ser reemplazado. Además, los hilos manchados de tanto manoseo a través de los incontables pueblos en que fue, en tiempos que parecían cada vez más lejanos, el sano hazme reír de niños y niñas, apenas parecían prometerle vida. De algún modo, quizá fuera de su alcance, la marioneta nueva se sintió en la obligación de hacer algo por aquella triste presencia que ocupaba el mismo habitáculo. Sin conseguir respuesta que la aliviara, prefirió, a modo de sugerencia, preguntar a la vieja marioneta:
 
-¿Y qué puedo hacer yo, sino esperar a que sea mi turno?
 
La marioneta vieja por fin escuchó esas palabras, y una pequeña risa malsana y virulenta afloró en su cara de arpillera.
 
-Pues -dijo la vieja, incorporándose un poco de su apopada pesadez-, quizá podrías cortarme estos hilos, marioneta, marioneta?
 
-¿¡Cómo!? -gritó la flamante-.
¡Jamás podría hacer eso!

 
-Si lo haces, pronto conocerás el escenario. Piénsalo bien?; además, qué más da si lo haces o esperamos a que sea tu turno? Igualmente será, algún día no muy lejano.
 
La marioneta nueva inmediatamente reconoció la oportunidad y la razón en las palabras de la pobre marioneta ya cansada. Entonces dijo:
 
?Tienes razón. Lo haré. Pero no creas que sólo lo hago por aliviar tu pena; también reconozco que es mi turno, pues mi orgullo no se delimita de compasión.
 
La marioneta vieja asintió con un silencio a medio zurcir. Luego de esto, la otra se incorporó de un salto, tan ágil como si por fin el marionetista le estuviese dando vida. Se acercó a la vieja marioneta, y de un tirón la desmembró para siempre.
 
-¡Te lo agradezco tanto, marioneta, marioneta! -expresó la vieja con voz desmenuzada, mediante un soplido casi sin vida-. Ahora ya no siento tanto dolor, y todo gracias a ti.
 
A lo que la flamante marioneta se atrevió a decir:
 
-No agradezcas, estúpida, por algo que era inevitable. Las dos sabemos que poco te quedaba en el escenario -y carcajeó soltando humanos trozos de saliva sintética.
 
Diciendo estas palabras, afuera se escucharon unos pasos acercándose. Era el marionetista, diciendo unas palabras que poco lograron entender estas dos. Inmediatamente la caja se abrió, y el marionetista que asomaba una mirada impar, al ver a su vieja marioneta despojada de hilos, dijo:
 
«Oh, mi vieja acompañanta de viajes. Ya era hora de que eso te sucediera.»
 
La tomó entre sus manos, y le arropó los flácidos brazos en cruz, para luego dar inicio a un pequeño réquiem mal silbado. Luego la devolvió a su sitio, pero más bien a un rincón de la caja. De inmediato, al ver que la marioneta nueva se ofrecía a sus ojos como la nueva heredera de risas y aplausos, la tomó por los hilos, y con suaves movimientos de mano, la hizo bailar y dar saltitos: uno, dos, tres saltitos, cuatro, que prontamente se precipitaron hasta el fondo de la caja, y quedó la marioneta nueva hecha un pingajo al igual que la otra. Viendo a las dos marionetas tan inútiles, y un tanto apresurado, pues el público ya los estaba reclamando briosamente, el marionetista tomó la marioneta nueva y, con un fuerte tirón, le arrancó todos los hilos.
 
Se cuenta que luego la dejó inútil y arqueada en un rincón oscuro. Tomó a su vieja marioneta, y aplicó, uno por uno, los nuevos hilos que le proveerían de larga vida, una vez más. Antes de cerrar la caja por completo, pues la marioneta vieja funcionaba a la perfección, echó una mirada a la nueva marioneta y se le antojó tan inservible, y le pareció tan desprovista de utilidad, que la tomó también, quizá por compasión, pensando que, de ser preciso, le podría servir al menos como franela o pañuelillo de mano.  
Marioneta, marioneta
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