La verdadera historia del monstruo chupasangre

Hola a todos y todas.




Aquí traigo otro cuentito. A ver si alguien le echa el lente y comenta. Se trata de... 



La Veradera Historia del Monstruo Chupasangre, y comienza así:

Georgina era una gordita muy más vale así. Y en tanto su maquinaria hormonal, mediante engranajes sebáceos, proliferaba nuevas colonias de asedio, ella decía: «Un gramo más, y juro que me pego un tiro». Pero lo decía con la fácil convicción de quien sabe engañarse. Además, todos sabían, también ella, que carecía de valor y arma para hacerlo. Trabajaba en una bisutería, donde lo justo se le pagaba.

Cierta mañana de verano, Georgina se demoró más de lo común en la cama. Creyó que aún no amanecía (y vaya aquí el error más grande de su vida), y siguió afirmando el ojo a la ensopada almohada.

Pasaron un par de horas.

Cuando por fin se levantó, ya era demasiado tarde. Puesto que ya no le daba para llegar al trabajo, mandó todo a la mierda y con sencillez mantuvo la calma y pensó:

«Me da lo mismo si total me explotan como no está escrito y el hijo de puta este de mi jefe que me corre por los pasillos con el látigo: ?Ja ja ja vení vení gordita. Vení vení con jefecito ja ja ja. Vas a ver, no te me escapás ni haciendo vaca con San Antonio. Vení ja ja ja?. ¿Ves? ¿Para eso pensás ir? ¿Eh? Noooo, ya está.»

Monologando lo anterior, Georgina espantaba lagañas camino del baño. Echada a andar por el pasillo que daba a una escalera, se afirmó a una barra de chocolate mordida hace años, que siempre había a mano y por montones. Le pareció que afuera, a pesar de ser verano, aún corría un airecillo fresco. Afuera, claro, porque allí adentro, Georgina se las había ingeniado para construirse un moderno sistema anti-engorde o pro-adelgace.

Consistía tal emplazamiento en más de veinte estufas eléctricas a cuarzo, conectadas todas a la vez. Pequeños hornillos a carbón distribuidos por sectores. Dos estufas a leña siempre a tope. Bolsones de agua caliente. Mantas térmicas, calentadores primus, jaurías de gatos para poner al pie de la cama, etc. Por toda la casa (incluido el baño) a fin de adelgazar a cualquier precio, en cualquier momento, sin importar las circunstancias. Lo más parecido a un horno de Auschwitz, era el hipogeo de Georgina. Además, acuñaba dos mil trescientas dietas milenarias para adelgazar, que más que dietas eran un indio jíbaro con todo el tiempo del mundo para reducirle el cráneo, de ser posible, a tamaño de nuez. Agreguemos, para peor, un par de buenas amigas que siempre, y por lo general cuando Georgina conseguía sacarse tres o cuatro gramos de encima, le decían que se veía extraordinaria y desproporcionalmente gorda (afirmándose maliciosamente en la r, claro). Y Georgina, que tenía la bobona costumbre de creérselo todo, se amargaba de tal manera, que describirlo sería un crimen.

Esa mañana (insisto: la mañana del error) Georgina la muy gordilla se detuvo frente al espejo del baño. Sacó pecho, metió barriga, y comenzó a tomar (a ojo) las medidas pertinentes. Era su territorio cutáneo lo más terso, delicado y extenso del mundo sabido. Pero ella se miraba la copia equivalente del espejo, y se veía peor de lo que se imaginaba. Más gorda de lo que en verdad era. Pero en realidad no era así, sino que ella se daba sugerencias con las cuestiones del peso. Sus buenas amigas, por otra parte, ayudaban con el taladro mental.
Observándose, pues, sus voluminosas geografías, en voz alta dijo:

?¿Esa sos vos, o no sos vos? Claro que sos vos. ¿Segura? Sí, segura. Mirá: ¿ves? Sos vos, ¿entendés? ¡Sos vos!

Y se amargaba de una manera, que contarlo sería ponerse detallista en balde.

Y en estas estaba cuando, al otro lado del espejo, surgió un señor carilargo, de pálidas pero finas maneras, y dos grandes colmillos acerados, que resplandecían por donde se los mirase.

Era ni más ni menos que el terror de las gorditas. El famoso y ensalzado Conde Báscula, que venía a por ella.

El
mencionado Conde, vale aclararlo de paso, no siempre fue tal entidad dracúlea.

Apareció por primera vez cuando Georgina tenía dos años. A esa edad, este delicioso Conde se llamaba El Cuco, y resultaba ser una amenaza muy demasiado mala. El Cuco habitaba en las zonas oscuras: detrás de las puertas, en el baño por las noches, etc. En la heladera ?aunque ésta tenía luz interna-, El Cuco se ocultaba en las sombras extendidas desde los potes varios. También se guarecía en las cosas que ?no se pueden tocar?, incluso a pleno día. En todo lo prohibido, pues, aparecía El cuco.

Aunque este artefacto del terror prematuro ?malo o bueno, vale decir, dependiendo del caso? era un señor muy malo, en principio no hizo daño a Georgina. Sin embargo, a la edad de seis años clavó por primera vez sus enormes colmillos acerados. Desde ese momento, El Cuco metamorfoseó terriblemente en El Monstruo de abajo de la cama. Este otro espantoso señor -siempre el mismo escapulario-, significaba una amenaza peor, extrema, como su título lo menciona. ¡Un Monstruo! Ya el insignificante e imaginario mote de «Cuco», poco alcanzaba para taladrar desde muy pequeña a Georgina. Había que solicitar refuerzos. Y allí, desde que el siempre acechante excremento imaginario elevó sus licuefacciones subliminales hasta los bordes esponjosos de la víctima, Georgina entendió, sin entender realmente, que ya estaba tomada.

Como en todos los casos en que El Monstruo de abajo de la cama ataca a una nueva víctima ?hay quienes creen que dicho Monstruo no es el mismo en todos los casos, pero es un error?, este sujeto se aferra como un liquen y, por lo general, no se aparta jamás. Quienes consiguen entender su monstruo, acaban amistándose y puede que hasta conversen de vez en vez, o se tomen un licorcillo juntos. Pero no fue el caso de Georgina: a ella le pusieron un monstruo horrible bajo su cama, y éste, por las noches, solía decirle:

?Sé que hace calor, Georgina. Lo sé. Pero si sacas tu blanco piecito para refrescarte, en el acto te lo arrancaré de cuajo. ¡Ñam, ñam!?

Y luego agregaba:

?Y si por casualidad se te ocurre mencionarle a alguien, no será necesario lo anteriormente dicho para proceder de igual forma y desalinear tu simetría. ¡Ñam, ñam!?

Una variante de esta amenaza era la siguiente:

?¡Llorad, oh pequeñita! Llorad y clausuraré tus ojos con un soplete que me mandé construir con el fundidor de acá a la vuelta. ¡Srap, srap!?

Él sabía que tal fundidor solía hacerle caras feas a Georgina cuando ella iba camino de la escuela. Otro ejemplo de martirio sugerente era este:

?¿Se te ha salido el pipí? ¿Verdad que chi? Eres una niña muy malita. Le contaré a todos tus compañeritos de clase. ¡Ñak, ñak! ?Y tornándose aniñado, agregaba?: Lalalalí, se hace pipí. Lalalaló, quiera creerse o no.?

Y otras de la misma guisa e igualmente dolorosas.

Además, el Monstruo solía ponerse insoportable y fastidioso. Asomando un colmillo por encima del labio inferior:

?¡Ay, ay, pobrecita ella! ¡Ay, pobrecita! Vengan a ver cómo sufre. Vengan y vean, están todos prácticamente invitados. No traigan nada, que acá hay todo. ¡Miren cómo sufre, la pobrecita nena a la que nadie mima! Ay, sí. Ay, sí tirando a no. Nadie viene a encender la luz, por lo tanto quiere llorar. Mas, aseguro, no lo hará. ¡Ñam, ñam!?

Etcétera.

Georgina, a esa edad, dormía con una rendijita de luz, proveniente del comedor, que el Monstruo se encargaba de clausurar en cuanto podía.

Poco a poco, el mencionado Monstruo fue mutando a la par de su víctima. Siempre adherido a cualquier zona vulnerable, la monstruosa amenaza estudiaba muy de cerca las variantes mentales, para así atormentarla a cada momento. Por lo general esto ocurría durante la noche, por ser ésta la zona horaria donde afloran las flaquezas humanas. Así fue que un día, aquel bicho asqueroso de abajo de la cama, desapareció de tal sitio. Ya estaba en la cabeza de Georgina, y sabía por dónde atacarla. Entendió su debilidad: la comida. Y en esa zona flaca de su esponja craneana, comenzaría a succionar, tramos, trozos pequeñitos suplantándolos, a la vez, por terror.

Luego el Monstruo, ya portátil puesto que iba dentro de la cabeza de la víctima, comenzó a taladrar día y noche con sus aguzados trépanos denticulados. En cualquier parte. Supo conseguir aliados socarrones y carcajeantes. Compañeros de Georgina en el liceo, que también aplicaban sus taladritos con frases glutinosamente despectivas, alusivas al desmedido desborde regordete. Georgina comenzó a palidecer, al tiempo que se tornaba en macrocefalia hueca, vacía de lógica, su cabeza taladrada. Allí, aquel esteta inicialmente llamado El Cuco, encontró patricio nombre y pasó a llamarse El Conde Báscula, por razonables motivos estéticos y del orden másico.

Entonces, pues, en el baño, por ser éste el único obligado espejo de su casa, el exquisito Conde Báscula la observaba desde el otro lado, superpuesto a la imagen femínea.

Georgina se miraba no se qué cosa extraña asomándole en la frente, y puso aspecto de horror en ambos espacios: espejo y cara. El Conde Báscula aprovechó aquel rictus y le dijo:

                ?Hola Georgina. Soy el Conde Báscula, y no me vencerás.

                Georgina, que ya estaba acostumbrada al taladro en la cabeza que ella misma se aplicaba, abrió la canilla y con un pie se rascó el tobillo.

El Conde Báscula quedó así. Hasta el momento venía invicto. En sus anteriores cacerías, todas salían corriendo y se tiraban por la ventana ?Si era edificio. Planta baja: hacia las ruedas de un vehículo en movimiento?, o se conectaban a 220 voltios si él no las agarraba antes. Pero ésta: ni bola.

                Georgina se hurgaba el origen de un día fatal. Odiaba encontrarse más granitos de los que permitía la norma. El Conde Báscula, ciertamente sorprendido, sostenía los brazos en alto como el banderillero a punto de estoquear la vaquilla, y palanqueaba la boca garfiada con el par de tremendas estacas ya mencionadas.

Georgina: nada. Se miraba al espejo, y el vapor del agua caliente comenzó a proliferarle minúsculas gotas como geiseres subcutáneos.

                El Conde pensó que algo andaba mal, y le dijo:

                ?Quizá no me escuchaste, Georgina. Te lo vuelvo a repetir para que te quede bien clarito: soy el Conde Báscula, y no me vencerás.

                Georgina: nada.

Así que El Conde, de lo más caliente porque su nueva víctima no le daba bola, esperó a que se fuera y se salió del espejo. La persiguió hasta el cuarto, y fue a esconderse tras una pila de ropa sucia. Allí esperó.

                Georgina hizo no se qué boludeces con una cinta de medir extensas geografías. Tomó una calculadora, y por si acaso un ábaco, y llenó de guarismos inverosímiles un cuaderno. Pasó raya, sumó, y lloró un rato. Después se equiparó a un Ídolo Cadavérico, que tenía allí en un póster clavado a la pared. Una de esas minas de goma que abundan como peste. Al verse tan ni cerca, lloró un rato.

Solía adorar a ese Ídolo bidimensional de la foto. Una mujer semi-vestida, con broncíneas hiedras cayendo desde la cabeza hacia sus hombros. Ambos senos en infernal punta tridimensional cual trampantojos, que violaban las leyes de la física y las del ojo. Enormes sentaderas labradas a bisturí sediento. Mecanizada por la parte sonriente, dentada de marfiles varios y siempre ajenos a corrosivos agentes. Elástica tez cuasi rasgada, pero vaya si envidiable. Etcétera. ¿Lo no visto?: más vale así. Un prototipo, un molde, un copy and paste. Etcétera. Georgina la veneraba, y lloraba al verla. Una amiga le había dicho que llorar quemaba calorías. Pero por otra parte le hinchaba los ojos. Igual lloró un poco más. Pero poco nomás porque ya le entró la ansiedad. Comió algo que había por ahí. Cosas. Cosas de esas que siempre hay a mano. Cosas.

El Conde Báscula: sereno, inmóvil, cual si fuese un péndulo desterrado por el Tiempo. No obstante el hecho de su quietud, ya había tirado el anzuelo y gozaba por ello:

-¡No te me escapás ni con una civilización de jueces! Ja ja ja.

Georgina regresaba de la cocina. Venía comiendo de un barril de dulce de leche. Tragaba anchas y rebosantes cucharadas que atraían su pelo ?vaya uno a saber si por la estática o glotonería genética?. Algunas puntas quedaron bastante untadas de dulce, así que se las llevó a la boca. Total, si nadie la estaba viendo... Devoraba, con exquisita glotonería, sofocantes y dolorosas cucharadas que venían con conservantes de goce y aditivos de culpa a la vez. Pero luego se hartó, dejó el barril a un lado, y se echó a llorar.

                ?No llores ?le dijo el Conde Báscula tras la pila de ropa sucia?. Mientras no te dé por electrocutarte, yo tengo la solución. Te voy a dejar finita como la mina esa del poster. Acordáte lo que te digo. Un costal de huesos, va a ser una mantecona a tu lado.

                Y de pronto, como si hubiese escuchado un presagio salido de un lote de ropa sucia, Georgina se incorporó de golpe por encima de sí, respiró profundo, y con tenacidad femenina gritó:

?¡Estoy harta de verme así!

?Lo sé. Condesito Báscula ya te lo dijo. Bajar vas a bajar, te lo aseguro. Y no precisamente kilos de dulce.

                El Conde Báscula se afiló las manos. «Seguro que no te me escapás. Lo garanto.» Y allí comenzó el jabalinazo subliminal: se le tiraba encima cuando ésta dormía, sacaba un utensilio parecido a un trépano que insertaba en la cabeza de sus víctimas, y comenzaba a sorberle la materia gris: «Slup! Slup!», absorbía el Conde Báscula, deteniéndose para tomar nota, llenar la nómina de víctimas, y carcajear.

                Al cabo de tres meses, Georgina resultó en un minón que no cabe en todas las crónicas. Para describirla habría que fundar una escuela estética aparte, y comenzar de cero con la definición de la belleza escatológica. Y no exagero. Se dedicó al fitness, a correr por la rambla, a practicar Aikido, Karate, Sipalki-do, Tai Chi Chuan, a nadar ida y vuelta en cualquier océano y batir récores, etcétera.

Se cambió la vida y, por demás está decirlo, el envase.

                Pero el Conde Báscula, exquisito esteta excrementicio, seguía desconforme.

                ?Todavía estás gordita. ?le decía en plena noche y taladrándole la cabeza.- Más buena, sí, Slup!, pero gordita

                Georgina escuchó bien. Comenzó a multiplicar al doble la gimnasia y minimizar al extremo la comida: una lámina de manzana, al horno, y una gota de agua, a veces. Pronto comenzó a enjutársele la cobertura cutánea. Entonces parecía terrible miñón pero del estilo hombre anatómico, de esos que hay en los salones de biología. Le falta el corte longitudinal y era lo mismo. Igualmente resultaba un placer de ver. No había tortícolis que no engarfiara cuello a su paso. Una cosa que si alguien la cuenta, sin temor a errores se le podría tratar de loco.

Aparte, ya andaban varios cuervos rondándole y esperando a que cayera para lanzársele encima. Y eso a Georgina la puso como loca, y es entendible. Pero aprovechó la ventaja y se dedicó a evitar a esos tipejos que antes ni la miraban.

Lo cierto y triste, fue que Georgina se pasó de rosca y en cuestión de tres meses no pudo levantarse de la cama. Al contrario, prácticamente levitaba sobre cualquier vientecillo que asomara por debajo de la puerta. La llamaban del trabajo ?para avisarle que pasara a cobrar, y suerte?. La llamaban sus buenas amigas. Etcétera. Sentía ganas de atender, pero fuerzas no tenía.

El Conde Báscula, siempre acechante tras la pila de ropa sucia, siguió desconforme.

?Estás tan, pero tan gorda, que no podés levantarte de la cama ?le decía repetidas veces?. Lo menos que pesás son? trece mil ochocientos setenta gramos. Lo menos ?y metía el carcajeo socavón.

Al mes y medio de esto, tristemente, Georgina desapareció del mapa y de todas las agendas.

No van a creer que desapareció de tan flaquita, pobrecita. No. Desapareció porque, cuando estaba tan fina que corría el riesgo de resquebrajarse como un antiguo pergamino, el Conde Báscula fue muy bueno con ella y se la llevó a su féretro de Nosferatu.
?Slup! Yo te creé ?le decía luciendo los acerados colmillos?. Y lo poco que sobra, es para Condesito. Slup!
La verdadera historia del monstruo chupasangre
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5 Comentarios La verdadera historia del monstruo chupasangre
solo porque tengo que trabajar en la noche no lo leo,gracias por el cuento
Cita CR07GT: Mostrar

Pues ya habr?
Tu cuento tiene esa alegre melancolia que tiene el tango. Muy argentino, y muy agil la narrativa tbn. Gracias por el cuento.
Cita Karna: Mostrar

Gracias, @Karna
De Hecho, uruguayos y argentinos parlamos muy similar (a excepci?
Aca en italia putean mas. Escribis muy bien. Capo.
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