¡Bon apetite, abuelita Chola!

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¡Bon apetite, abuelita Chola!
La insoportable Abuelita Chola Santoñesa murió en el mayor de sus deseos: un féretro de lujo en el barrio montevideano de Pocitos. Aunque se estiró hasta tocar los ochenta y pico de años, lo más interesante de su vida aconteció en su lecho de muerte. Para lo que podría haber sido, murió joven y muy sola.

         La regenta octogenaria abuelita gozó de todo lujo imaginable en la postrimería de su vida. Y todo porque, desde chicos, a sus hijos los crío diciéndoles: «Cuando yo sea vieja, han de devolverme lo tanto que les he dado.» (Larvas de las que condenan porque el hijo respira el aire del mundo al que ella lo confinó). Lo decía como imaginándose en un castillo inventado en oro y alhajas antediluvianas. Se veía rodeada de sirvientas con buenas y envidiables tetas que le limaran las uñas de los pies, le desbigotaran la ebúrnea tez calcificada, preparasen interminables y cíclicas tardes de té con masitas finas, y jugaran perpetuas rondas de rummy canasta y conga vista. Le entraba una alegría imposible pero cierta, y cuarteaba en su cara un pequeño croissant cuernitos; pero jamás aquel mohín alcanzó a parecer sonrisa.

¡Cúmplase lo deseado, dijo un tal genio a un tal Aladino!

Cuando abuelita Chola comenzó a ponerse más insoportable y metiche que nunca, ya arañando ochenta, la ubicaron cual objeto perturbacionista en el reino de sus orondos ensueños ya realizables, puesto que sus retoños (Lunes, Martes, Miércoles, Jueves, Viernes, Sábado y Domingo, así sus nombres) amasaban caudaloso botín, cada uno por su cuenta.

Entre sus siete hijos, sin contar uno muerto (Hermenegildo), pusieron la guita y le compraron suntuoso féretro, pletórico de lujos como ella había deseado en vida, pero sin tetona servidumbre.

Al principio estaba más que a gusto Chola Santoñesa; la abuelita, como le decían, aunque nietos no había por ningún lado. Igualmente no perdió la maña de romper los siete sacos glándulo-oscilantes de sus hijos varones.

Ni haciendo vaca con San Antonio se librarían de ella. Es más, era ya algo común que por las noches escucharan una voz mezzo soprano diciendo: «Los estoy vigilando. Oh, sí, los estoy vigilando». (Cosa que pasaba de verdad. Taladro común y corriente.) Imposible de eludir aquella omnipresente y entremetida nodriza abuelita Chola.

         Poco la visitaban, es verdad. Una vez por semana al principio, y si no había futbol en la tele, aunque fuera de la B de Montevideo. Cuando la Hidrocopa ?campeonato importantísimo donde se jugaba la hidratación mundial?, abuelita Chola Santoñesa se metamorfoseó en escandaloso y repetitivo ring-ring. Incluso a las dos, dos y diez, dos y cuarto, dos y veinte, y veinticinco de la madrugada. Cuando alguno por esas casualidades se acordaba de ella, abuelita telecomunicación mediante le decía: «Un día van a venir y me van a encontrar muerta, y ahí sí que se van a acordar de mí. Cuando ya esté muerta se van a tener que acordar

Igual. Como si nada. (Pero el luctuoso «Los estoy vigilando», al firme.)

         Un día la visitaron los siete a la vez. La semana entera. Un rato nomás porque había cosas para hacer. Cosas. Como notaron que abuelita ya andaba hablando sola, o vaya a saber con quién pero sola, optaron por regalarle un loro barranquero evolutivo uruguayo. Ya de paso se libraban de que los llamase por teléfono; incluso, y de manera inexplicable, cuando desconectaban el aparato comunicador. (¿Cosa del demonio? ¿Qué demonio?) El teléfono, discapacitado y todo, sonaba igual cual autómata aliado telepático.

El veterinario aseguró que el Súper loro paraguayo era capaz de aprender veinte idiomas, hablar de gusto y traducir. Veintidós, si se le alimentaba con ración extra. Y además, estaba en rebaja e incluía: manual de uso y tijera para fabricarle el ala anti-despegue.

Pero con un idioma sería más que suficiente, así que compraron el loro barranquero evolutivo uruguayo, que hacía trampa en la conga vista y parloteaba una de Gardel. Además, cuando a abuelita Chola se le metía algo en la cabeza no había vuelta: lo haría hablar aunque canas verdes le sacara el palmípedo.

«Qué lindo, ahora tendré con quién hablar, ¡porque con ustedes?!», dijo abuelita cuando le ubicaban la jaula con loro adentro en su lujoso féretro del barrio de Pocitos. Le compraron un saco de ración extra extra, que ubicaron junto a la jaula, y abuelita Chola quedó chocha de contentura.

«Esto es el colmo, morir hablando con un perico».

Escasa pelota le dieron. (Pero el «Los estoy vigiando», como un trépano clavado en la cabeza.)

         El plumífero se comportó según pronósticos, y comenzó a hablar hasta por el ala trunca. No bien abuelita resucitaba, el loro comenzaba a parlotear en clarísimo español criollo. Incluso metía locuciones en francés. Cosa de no creer, pero cierta por tratarse de un Pericus Uruguayensis. Salió barato el placebo. Pero viendo el para nada humano palmípedo que, cada vez que emitía sonido más o menos bien picoteado abuelita Chola le agregaba ración al jarro, comenzó a hacerse el loco y disminuyó el parloteo escondiendo la cabeza entre el plumerío, y limitándose a un «grrrr¡ grrrr¡» insoportable. Indiferente se mostró el superdotado parlanchín.

Abuelita, para nada torpe y deseosa de hablar hasta por el reuma de los codos, se atrincheró junto a la jaula, pocillo dispensador en mano, y comenzó: «Lorito puto, loro putito», y así; y por cada acierto del pajarraco, agregaba ración al jarro.

De tal ida y vuelta se pasaron una larga noche de gula mutua; y el loro, cosa de no creer, ya era capaz de hacer preguntas con doble sentido y soplar en el rummy canasta; incluso hacía trampas, y contaba chistes verdes que vaya uno a saber de dónde los había sacado. La genética criolla sorprende. Un despilfarro de ración y habladurías fue aquella noche. Pero el loro, henchido, murió por sobredosis de ración extra extra tal y como lo advertía un cartel en letra chiquita zurcido a un ala.

Abuelita Chola, una vez más, quedó impar y sola.

         Poco se demoraron en sonar los siete teléfonos, a la vez, reproduciendo llantos copiosos y deseos de morirse en el acto, y recuerdos de hipotecas y platos rotos, y resurrecciones de parientes y la mar en coche.

         Horas después en el féretro:

         Abuelita: «¡Quiero esta planta!»

Los siete hijos permanecían quedos, a las cinco de la mañana y a -2º Celsius.

Abuelita, otra vez: «¡La quiero ahora!»

Uno de ellos se acercó, miró el libro de plantas y arbustos, y dijo:

«Pero? abuelita, eso es una pla? planta carnívora.»

Abuelita, bastante molesta: «¿¡Y eso qué!? ¿¡Alimenté siete bestias y no voy a poder con otra más!?», y le aplicó un sopapo con el revés de la mano, anillo de bodas de plata incluido. «¡Ahora mismo he dicho, malparidos!»

         Ni más que esperar. Por tal de que los dejara sobrevivir en lo que comúnmente se mal denomina paz, le compraron el vegetal carnívoro y se lo llevaron al día siguiente:

«Ahí tiene, abuelita, que la disfrute». Y rajaron cual tropa voladora, pero por piernas, que arroja tamaño hongo a tierra y kaboom! («Los estoy?») radiactivo.

Por buen tiempo no jodió; y qué iba a joder si con ese aparatito triturador tenía para rascarse tranquila.

Ultrachocha Abuelita Chola preparaba albóndigas a la españoleta con salsa ancestral, que el pequeño yuyito recibía sonriente con sus pequeñas fauces fibrosas.

Cucharada a cucharadita: «A ver cómo abre la boquita, a ver, a ver?». Y le zambullía otra albóndiga a la españoleta con ancestral y secreta salsa. Secreta Salsa. La carnívora acompañanta no jugaba rummy canasta; hablar, ni hablemos; pero comía y comía como los dioses. Como Los Dioses. Trituraba todo tipo de galletitas y buñuelos. Echaba licuases flatos la muy vegetativa y satisfecha; y por cada albóndiga o croqueta de arroz con cuatro quesos más guarnición, se inclinaba cual feudatario que todo lo agradece y más espera. Más. Y ni que hablar si había licuados, y frutos sequísimos, y duraznos en almíbar, y flan con uvas pasas y su merenguito encima. Todo para la plantita. Todo.

         Pero a Abuelita Chola le quedaba poco hilo en el óseo carretel, y lo sabía. Por eso se empecinaba en cocinar magníficas cazuelas de mondongo, bifes a la cacerola, flatosos guisos de diversos tipos de porotos de oferta, pucheros de cerdo con legumbres varias y pizcas de ingredientes secretos. Ingredientes Secretos. La planta trituralmuerzos devoraba todo. Abuelita hacía brillar su plato frotando panes que engullía la voraz plantita, y agradecía en silente pero constrictor lenguaje. Sofocantes y cariñosos migajones de pan.

Al cabo de dos meses, tiempo en que los siete jinetes vivieron cierta paz que, adelanto, poco más les duraría, la planta carnívora cobró descomunal tamaño: más grande que la anciana por dos y medio. Morrocotuda máquina carnívora resultó el yuyito.

Una mañana, Abuelita se sintió muy, muy demasiado mal. No consiguió levantarse del sarcófago sino hasta las ocho de la mañana. La planta trituralotodo ya chillaba de hambre como un violín herido, puesto que el café con leche y los croissants dulces no descendían por su conducto fibrilar.

Abuelita Chola se sintió apenada y dijo:

«Hoy serán buñuelos, y de postre Isla flotante. Y si se te antoja te frito papines con su salsita que tanto te gusta. Y, mira, si te parece, te convido con galletitas que siempre tengo escondidas en mi El Dorado.»

Pero a la aquietada voraz eso le habrá sonado a: zzzzttzz, o xxxxxx, o rjjjzzzz, o quizá cvxxxx, etcétera, pues, para desazón de la anciana, la gigantesca desagradecida jamás emitió respuesta.

         Ya henchida de múltiples rabias, abuelita Chola dijo:

«¡Eres igual que ellos! ¡Te he alimentado y tú nada!»

Pero inmediatamente deseó no haberlo dicho. «Todos se entrechocan como átomos. Ya no sé ni lo que digo. Se entrechocan, se entrechocan. Yo digo esto, y se hace aquello. Se entrechocan. Iguales. Todos iguales.», pensó un tanto convulsa y eterna. Eterna, la anciana y siempre densa abuelita Chola.

Tal y como se hubo pronosticado, a las ocho de la mañana Chola Santoñesa emergió del sarcófago cual Nosferatu femenil. Calzó desplumadas pantuflas, y anduvo hasta donde el Tótem ayunador desfallecía cual flor de Rubén Darío, en La Sonatina, mas no por la retorcida presencia sempiterna de su octogenaria  alimentadora, sino porque tijereteaba de múltiples hambres.

Abuelita Chola se detuvo en ella por un momento. Se limitó a observarla.

Embobada entre cacerolas y recetas fósiles, jamás se había puesto a ver cuánto había crecido su verduzca fámula. Se calzó los monóculos dotados de cadenita, y apoyándose en su tercera pierna con empuñadura de marfil alcanzó a ver:

Tiranosauriásico ejemplar arbustivo, ya arqueado a causa del impenetrable techo de su féretro del barrio de Pocitos / un garfio descomunal con tremendas palancas trituradoras, dentadas a razón de miles de piezas filosas y de aspecto metálico / ya calcificadas dichas estacas por causa de los cariñosos e intoxicados alimentos y aditivos / etcétera. 

Abuela Chola apenas conseguía estirar el gaznate a fin de apreciarla entera. Ante su escasa vista, crecía aquella monstruosidad desde una apretujada macetita de bronce, ya inadecuada para tamaño falo vegetal; y que lastimaba de sólo verla, tan minúscula y constrictora para tanta vida arqueada y fotosintética. La morfología de la aparatosa aberración había retirado poco a poco los muebles que la circundaban, embutiéndolos silenciosa e inadvertidamente en las paredes, practicando allí pequeños resquebrajamientos menores, que a paso constrictor obraron vertical sepultura a los artefactos varios y molestosos.

Advertida  y aterrorizada de todo ello, abuelita Chola intentó tragar saliva al momento de decir:

«He? creado? otro?» ?griaouu! pjjj!?: y cayó como saco de cemento, dando saltitos cortos a lo ranita convulsa.

         Se salvó de asco: al caer, efecto de tanto levantar la cabeza, aplicó sutilmente el peso de su cráneo a oportuno cojín de plumas de una reposera estática, que allí obró insoportable prorroga. «Los estoy?»

Al día siguiente:

Los primeros vulcanismos corporales se licuaron en el aire transmutándose a minúsculas ondas, que mágica y secretamente ocuparon la primera porción odorífica del sepulcro de Pocitos. La planta carnívora, por su parte, y es entendible, permanecía inmutable e incapaz de obrar reanimación. Aunque es muy probable que, viendo a su alimentadora incapaz de incorporarse, sintiera quizá un sintético dolorcillo verdoso. Quizá llorando en su leguaje clorofílico y exudando humores verdes, sufría aquel desgarrado testigo.

Ya convertida en ondas de ultrasonido, Chola Santoñesa se fugó por una hendija de la fosa del barrio ya mencionado.

Atravesó sin confundirse escandalosas avenidas / redondas frenadas casi que la matan por tercera o quinta vez / semáforos lenticulares osaban detenerle su penúltima petición.

Mas
siguió adelante.

Avanzó a tramo de sonora y quejumbrosa y senil onda / detuvo junto a un recodo su reumático poco trayecto / precipitó forzosamente por encima de la muchedumbre su torbellino declamador, y casi renuncia.

Mas siguió adelante.

         Ya aumentada a turbulento tifón sonoro, estalló cual abierta boca a grito pelado en los subconscientes de los inadvertidos huérfanos. Allí, al unísono, los siete jinetes supieron cierta voz nodriza, y cabalgaron donde su yerta madre y más que nada abuelita Chola.

         ¡Rígida pero a los gritos, la encontrarían a la siempre mandona! ¡Justo sermón, embetunaría un cuadro en sus avatares mentales cual boceto de culpa por haberla abandonado tanto! ¡Tanto! ¡Nada ocuparía perdón hasta los anchos límites de sus por siempre vigiladas consciencias! La habían dejado sola, a la muy abuelita siempre Chola y más que nada insoportable hasta la náusea; a la más allá de toda muerte, intolerable e inmortal sabelotodo. Siempre Santoñesa, la muy desprovista de nietos y, así y todo, abuelita llamada o autodenominada porque sí. Imperdonable parricidio lujoso para con ella fabricaron los siete larvas, mas no lo sabían.

Cabalgaban los siete huérfanos gobernados por la onda sonora de un maternal y penúltimo traqueteo. Cabalgaban en flamantes bestias rodantes: rojísimos equinos contaminantes provistos de sonantes máquinas también contaminantes aunque de otra índole. Al encuentro del escandaloso ápice iba aquella interconexión mortuoria. La siempre escuchalotodo invariablemente indeseable Chola, en tarde aviso los estaba abandonando.

Pero ya era necesariamente tarde. Abuelita Chola Santoñesa murió sola y por partes, como fue y sería desde un principio. No sin antes, eso sí, ofrecer el último y mayor banquete a su fiel doliente y única catadora: «¡Yuyito mío!» Tanto supo amar a su plantita, que abuelita también se tornó verde de tanta espera, además de blanda y esponjada.

Todavía convulsionaba la colosal plantita, dislocándose las mandíbulas a fin de no despreciar bocado, cuando forzaron las tantas cerraduras e irrumpieron los siete solos.

         Jueves, azorado y tartamudo, alcanzó a leer a sus hermanos: Se la comparten un día cada uno. Y la ubican donde ella pueda estar vigilándolos. Abuelita Cho
¡Bon apetite, abuelita Chola!
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5 Comentarios ¡Bon apetite, abuelita Chola!
Cita nes3d: Mostrar

@nes3d Gracias por comentar, amigo!!! (yo tampoco lo leer?
Cita alekspit: Mostrar
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