Poesias de Desamor

  • Categoría: Femenino
  • Publicado hace más de 6 años


Cada día que pasa sin lograr que me quiera
es un día perdido...
¡Oh Señor, no permitas por piedad que me muera
sin que me haya querido!
Porque entonces mi espíritu, con su sed no saciada
con su anhelo voraz,
errará dando tumbos por la noche estrellada,
como pájaro loco, sin alivio ni paz...

Amado Nervo


¿Qué si me duele? un poco, te confieso
que me heriste a traición, mas por fortuna
tras el rapto de ira vino una
dulce resignación... pasó el acceso.

¿Sufrir? ¿Llorar? ¿Morir? ¿Quién piensa en eso?
El amor es un huésped que importuna,
mírame cómo estoy, ya sin ninguna
tristeza que decirte, dame un beso.

Así, muy bien, perdóname fui un loco,
tú me curaste -gracias-, y ya puedo
saber lo que imagino y lo que toco.

En la herida que hiciste, pon el dedo,
¿Qué si me duele? Sí, me duele un poco,
mas no mata el dolor... no tengas miedo...

Luis G. Urbina.
Mexico D.F., México (1867-1934)


Te digo adiós y acaso te quiero todavía
Quizás no he de olvidarte, pero te digo adiós.
Este cariño triste, apasionado y loco
me lo sembré en el alma para quererte a ti
No se si te ame mucho, no sé si te ame poco,
pero si sé que nunca volveré a amar así...
Me queda tu sonrisa dormida en tu recuerdo
y el corazón me dice que nunca te olvidaré
pero al quedarme solo sabiendo que te pierdo
talvez empiezo a amarte como jamás te ame
Te digo adiós y acaso con esta despedida
mi mas hermoso sueño muera dentro de mi
pero te digo adiós para toda la vida
aunque toda la vida siga pensando en ti.

Jose Ángel Buesa


Dicen que las mujeres sólo lloran
cuando quieren fingir hondos pesares;
los que tan falsa máxima atesoran
muy torpes deben ser, o muy vulgares.

Si llegara mi llanto hasta la hoja
donde temblando está la mano mía,
para poder decirte mis congojas,
con lágrimas la carta escribiría.

Mas si el llanto es tan claro que no pinta
y hay que usar otra tinta más oscura,
la negra escogeré porque es la tinta
donde más refleja mi amargura.

Aunque yo soy para soñar esquiva,
sé que para soñar nací despierta
Me he sentido morir y aún estoy viva;
tengo ansias de vivir y ya estoy muerta.

Juan de Dios Peza.
México, D.F., México (1852-1910)


COMO SIENTO TU PRESENCIA

Como siento tu presencia,
como añoro tu ausencia,
como pierdo la paciencia,
por no tenerte a mi lado
Creo en cosas increíbles
amo cosas reprochables
siento hechos incitantes
por no tenerte a mi lado
Quiero que me ames
quiero dejar de amarte
quiero no saber nada
por no tenerte a mi lado
Mis suspiros son infierno
mi mundo es un paraje
mis sueños son eternos
por no tenerte a mi lado
Me vence la ignorancia
me tumba la sapiencia
y muero entre tus ojos
para así poder tenerte a mi lado

Iván Molina de Pablo


Yo esperaré que llegues

Yo esperaré que llegues, si acaso vuelves,
apoyado de codos a la ventana,
con las pupilas fijas en el camino
y los anhelos puestos en la distancia.

Tendré para la fiesta de tu retorno,
bendita taumaturgia de mi llamada,
un palpitar de besos entre los labios,
y un vibrar de canciones en la garganta,
y un temblor de caricias a flor de manos,
y un "que Dios te lo page", dentro del alma.

Yo esperaré que vuelvas, y si es que llegas,
verás con cuanta angustia ya te esperaba,
y en esa fiesta excelsa de tu retorno,
realización piadosa de mi plegaria,
haré callar las voces de mis angustias,
y de mis pobres ojos, secar las lágrimas,
para que mis caricias y mis canciones
y mis besos, rompiéndose en mi garganta,
en un coro de voces jamás oídas,
bendigan tu retorno y te den las gracias.


Marta


ASI FUE...

Lo sentí; no fue una
separación, sino un desgarramiento;
quedó atónita el alma, y sin ninguna
luz, se durmió en la sombra el pensamiento.

Así fue; como un gran golpe de viento
en la serenidad del aire. Ufano,
en la noche tremenda,
llevaba yo en la mano
una antorcha con que alumbraba la senda,
y que de pronto se apagó: la oscura
acechanza del mal y el destino
extinguió así la llama y mi locura.

Ví un árbol a la orilla del camino,
y me senté a llorar mi desventura.
Así fue, caminante
que me contemplas con mirada absorta
y curioso semblante.

Yo estoy cansado, sigue tú adelante;
mi pena es muy vulgar y no te importa.
Amé, sufrí, gocé, sentí el divino
soplo de la ilusión y la locura;
tuve la antorcha, la apagó el destino,
y me senté a llorar mi desventura
a la sombra de un árbol del camino.

Luis G. Urbina
México, D.F., México (1867-1934)


¿Quién me compra una naranja?

¿Quién me compra una naranja
para mi consolación?
Una naranja madura
en forma de corazón.

La sal del mar en los labios
¡ay de mí!
la sal del mar en las venas
y en los labios recogí.

Nadie me diera los suyos
para besar.
La blanda espiga de un beso
yo no la puedo segar.

Nadie pidiera mi sangre
para beber.
Yo mismo no sé si corre
o si deja de correr.

Como se pierden las barcas
¡ay de mí!
como se pierden las nubes
y las barcas, me perdí.

Y pues nadie me lo pide,
ya no tengo corazón.
¿Quién me compra una naranja
para mi consolación?

a José Gorostiza


DESESPERACION

Si la agonía por muchos días se prolonga
quiero que me des por favor algo que pueda
acabar con la asfixia que me ahoga
y dejar el cuerpo debilitado que se muera.

No temas que mi espíritu vaya a andar penando
fue mucho el sufrir en que ha vivido
y trémulo, cansado de vagar y fatigado
sobre el suelo amoroso se ha dormido.

Nada podrás hacer para darme vida
en la suprema desesperación de tu cariño;
no hay aliento en el alma que sufrida
nunca supo de dulzuras cuando niño.


El seminarista de los ojos negros



Desde la ventana de un casucho viejo
abierta en verano, cerrada en invierno
por vidrios verdosos y plomos espesos,
una salmantina de rubio cabello
y ojos que parecen pedazos de cielo,
mientas la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.



Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo,
marchan en dos filas pausados y austeros,
sin más nota alegre sobre el traje negro
que la beca roja que ciñe su cuello,
y que por la espalda casi roza el suelo.



Un seminarista, entre todos ellos,
marcha siempre erguido, con aire resuelto.
La negra sotana dibuja su cuerpo
gallardo y airoso, flexible y esbelto.
Él, solo a hurtadillas y con el recelo
de que sus miradas observen los clérigos,
desde que en la calle vislumbra a lo lejos
a la salmantina de rubio cabello
la mira muy fijo, con mirar intenso.


Y siempre que pasa le deja el recuerdo
de aquella mirada de sus ojos negros.


Monótono y tardo va pasando el tiempo
y muere el estío y el otoño luego,
y vienen las tardes plomizas de invierno.



Desde la ventana del casucho viejo
siempre sola y triste; rezando y cosiendo
una salmantina de rubio cabello
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.



Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos,
su seminarista de los ojos negros.


Cada vez que pasa gallardo y esbelto,
observa la niña que pide aquel cuerpo
marciales arreos.



Cuando en ella fija sus ojos abiertos
con vivas y audaces miradas de fuego,
parece decirla: ?¡Te quiero!, ¡te quiero!,
¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo!
¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero!


A la niña entonces se le oprime el pecho,
la labor suspende y olvida los rezos,
y ya vive sólo en su pensamiento
el seminarista de los ojos negros.



En una lluviosa mañana de inverno
la niña que alegre saltaba del lecho,
oyó tristes cánticos y fúnebres rezos;
por la angosta calle pasaba un entierro.



Un seminarista sin duda era el muerto;
pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro,
con la beca roja por cima cubierto,
y sobre la beca, el bonete negro.


Con sus voces roncas cantaban los clérigos
los seminaristas iban en silencio
siempre en dos filas hacia el cementerio
como por las tardes al ir de paseo.



La niña angustiada miraba el cortejo
los conoce a todos a fuerza de verlos...
tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos...
el seminarista de los ojos negros.



Corriendo los años, pasó mucho tiempo...
y allá en la ventana del casucho viejo,
una pobre anciana de blancos cabellos,
con la tez rugosa y encorvado el cuerpo,
mientras la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.



La labor suspende, los mira, y al verlos
sus ojos azules ya tristes y muertos
vierten silenciosas lágrimas de hielo.

Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo
¡ del seminarista de los ojos negros !



Miguel Ramos Carrión

Zamora, España. (1848-1915)
Poesias de Desamor
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