Una Noche de Perros -Dr.House-Leelo aca o Bajalo

            



Una noche de perros de Hugh Laurie:
El actor de House, en la cima del éxito, publica en España esta excelente novela negra que escribió antes de saltar a la fama.


   

Hugh Laurie nacióy creció en Oxford, donde asistió al Dragon School. Posteriormenteacudió al Eton College (Colegio Eton), acabando finalmente en el SelwynCollege, perteneciente a la Universidad de Cambridge, donde estudióArqueología y Antropología. Su padre fue medalla de oro en los JuegosOlímpicos de 1948 en remo(además de ser médico,papel que interpretaHugh Laurie en House), y él mismo formó parte del equipo de remo en launiversidad, participando en la Competición Anual de Remo entre Oxfordy Cambridge de 1980, resultando ese año perdedora Cambridge. En suprimer año de universidad, Laurie conoció a Emma Thompson. Además, seunió al Cambridge Footlights, el cual había sido el impulsor deexitosos comediantes británicos desde que se creó tales como JohnCleese y muchos otros pertenecientes al grupo Monty Python. En élconoció, también, a su amigo Stephen Fry, con el que compartiría escenaen múltiples ocasiones. En su último año, 1981, fue presidente delFootlights Club, mientras que Emma Thompson era vicepresidenta. Laurie,Fry y Thompson hicieron una parodia de sí mismos en la serie detelevisión "The Young Ones". Fry y Laurie han sido protagonistas de laserie de televisión Jeeves and Wooster, una adaptación de los relatosde P. G. Wodehouse sobre los personajes del mismo nombre. Laurieencarnaba a Bertram Wooster y Fry a su mayordomo, Jeeves; en el amablee inane papel de Bertie, Laurie tuvo ocasión de emplear su talento comopianista y cantante. Sin embargo, como Fry, Laurie se diversificó comoactor en varios papeles cómicos (como el de La Víbora Negra con RowanAtkinson como el príncipe George) compaginándolos con otros papeles detalante más serio en películas como Los amigos de Peter y Sentido ysensibilidad. Otras apariciones incluyen Maybe Baby y Stuart Little. En1996 fue publicado su libro The Gun Seller, una novela de suspenso contoques humorísticos, que llegó a ser best seller. Actualmente Laurie seencuentra trabajando en su segunda novela, The Paper Soldier. En 1998aparece en un episodio de la mítica serie estadounidense Friends en elcual interpreta a un pasajero del avión en el cual Rachel viaja haciaLondres. Desde el 2002, Laurie ha sido un rostro familiar en los dramasbritánicos, participando como estrella invitada ese año en dosepisodios de la primera temporada de la serie thriller de espías Spooksen la BBC. Entre otras cosas más, ha puesto voz a un personaje de laserie Padre de familia en el episodio "Uno por el almeja, dos por elmar". A pesar de que Laurie es un actor reconocido en el Reino Unidodesde la década de 1980, no cobró importancia para el públicoestadounidense hasta el 2004, cuando protagonizó al Dr. Gregory Houseen la popular serie médica de corte dramático de la cadena FOX, House,M.D. La serie trata sobre un médico especializado en nefrología ydiagnóstico. Gregory House es, seguramente, el mejor médico delhospital, pero su carácter, misantropía, rebeldía y su honestidad conlos pacientes y su equipo lo hacen único. Prefiere evitar el contactodirecto con los pacientes, centrándose especialmente en lainvestigación de las enfermedades. Además de no cumplir las normas, seniega a ponerse la bata de médico. Es adicto a los narcóticos(Vicodina) y a las series de hospitales. En julio del 2005, Laurie fuenominado a los Premios Emmy por su papel en House, M.D. Aunque no ganó,recibió reconocimiento a su trabajo en forma de Globo de Oro en 2006por la serie antes mencionada. En 2006 presenta en España el libro Unanoche de perros editado por la Editorial Planeta, traducción del antesmencionado The Gun Seller. En 2007 obtuvo nuevamente el Globo de oro amejor actor serie de drama por su papel en House M.D., y también fuenominado nuevamente en los Premios Emmy. Fue nombrado caballero de LaOrden del Imperio Británico por la reina Isabel II. Hugh Laurie estácasado con Jo Green desde 1989 con la que tiene tres hijos: Charlie(nació en 1988), Will (1990) y Rebbeca (1992). Tiene fijada suresidencia en el norte de Londres aunque pasa largas temporadas en LosÁngeles debido a la serie House, M.D que se rueda allí. Se confiesaaficionado a las motos desde que su padre le regaló una a los 16 años yle encanta la música, de hecho, a parte de cómico, en la serie inglesa"A bit of Fry and Laurie" aparecía numerosas veces tocando el piano, laguitarra, la armónica o la batería. En referencia a las motos, en lavida real es un friki de las motos de competición y tieneaproximadamente unas diez, entre ellas la réplica de la que monta suamigo Nicky Hayden y que él mismo conduce en la serie. A finales de2007 le detectaron depresión, el problema de sus males está a miles dekilómetros de distancia, en Reino Unido, donde viven su mujer y sustres hijos, a los que echa de menos. Hugh Laurie es uno de los actoresde televisión mejores pagos del mundo, cobra unos 300.000 dólares porepisodio.

Fuente: Wikipedia

   



Thomas Lang es un expolicía, y ahora pistolero a sueldo, una suerte de mezcla entreantihéroe policiaco y filósofo trasnochado. Un día recibe la visita deun tal McClusky, quien le ofrece cien mil dólares por asesinar aAlexander Woolf, un empresario americano. Indignado, Lang rechaza elencargo, y decide en cambio advertir a la víctima del peligro quecorre: una buena acción que no quedará impune.
A partir de ese momento el protagonista se verá inmerso en untorbellino de mentiras, corrupción y violencia, que lo obligará amachacar unas cuantas cabezas con la estatuilla de un Buda, medir suingenio con multimillonarios malvados y dejar su vida (entre otrascosas) en manos de un grupo de femmes fatales; todo esto mientrasintenta salvar a una bella dama y evitar un baño de sangre a escalamundial.



         
Cap 1.

Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sinel previo permiso escrito del editor. Todos los derechos reservados
Título original: The Gun Seller
© Hugh Laurie, 1996
© por la traducción, Alberto Coscarelli, 2006
© Editorial Planeta, S. A., 2006
Diagonal, 662-664, 08034 Barcelona (España)
Primera edición: noviembre de 2006
Depósito Legal: B. 44,146-2006
ISBN-13: 978-84-08-06903-4
ISBN-10: 84-08-06903-9
ISBN: 0-09-946939-1
Editor Arrow Books, una división de Random House Group Limited, Londres, edición original
Composición: Víctor Igual, S. L.
Impresión: A&M Grafic, S. L,
Encuademación: Encuademaciones Roma, S. L.
Printed in Spain - Impreso en España


Para mi padre



Estoy en deuda con el escritor y locutor Stephen Fry por suscomentarios; con Kim Harris y Sarah Williams por su impresionante buengusto e inteligencia; con mi agente literario Anthony Goff, por suconstante apoyo y aliento; con mi agente teatral Lorraine Hamilton, porno importarle que también tenga un agente literario, y con mi esposaJo, por cosas que ocuparían un libro más largo que éste.


Primera parte



UNO

Vi a un hombre esta mañana que no quería morir.
R S. STEWART


Imagínate que tienes que romperle el brazo a alguien.
El derecho o el izquierdo, da lo mismo. La cuestión es que tienesque rompérselo, porque si no lo haces... bueno, eso tampoco importamucho. Digamos que ocurrirán cosas peores si no lo haces.
Mi pregunta es la siguiente: ¿le rompes el brazo de prisa ?crac,vaya, lo siento, deje que lo ayude con este cabestrillo de emergencia?o alargas todo el proceso durante sus buenos ocho minutos y vasaumentando la presión poquito a poco, hasta que el dolor se convierteen algo rojo y verde y caliente y frío y, en su conjunto, absolutamenteinsoportable?
Pues eso. Por supuesto. Lo correcto, la única opción correcta, esacabar cuanto antes. Rompe el brazo, sírvele una copa, sé un buenciudadano. No hay otra respuesta.
A menos...
A menos, a menos, a menos...
¿Qué pasa si odias al tipo que está al otro extremo del brazo? Me refiero a que lo odias de verdad.
Esto era algo que ahora debía tener en cuenta.
Digo ahora refiriéndome a entonces, al momento que describo; elmomento fraccionado, tan condenadamente fraccionado, antes de que mimuñeca toque mi nuca y mi húmero izquierdo se parta al menos en dos ?oprobablemente más trozos chapuceramente unidos.
Verás, el brazo en cuestión es el mío. No es un brazo abstracto,un brazo filosófico. El hueso, la piel, el vello, la pequeña cicatrizblanca en el codo, recuerdo de una esquina del radiador de la escuelaprimaria Gateshill, todo es mío. Ahora es el momento en que deboconsiderar la posibilidad de que el hombre que está detrás de mí, queme sujeta la muñeca y la sube a lo largo de la columna con un cuidadocasi sexual, me odia. Me refiero a que me odia de verdad, y mucho.
Está tardando una eternidad.

Su apellido era Rayner. Nombre de pila, desconocido; por lo menos para mí, y por tanto, supongo que, también para ti.
Imagino que alguien, en alguna parte, debía de saber su nombre depila ?tuvo que dárselo en el bautizo, usarlo para llamarlo a desayunar,enseñárselo a escribir?, y alguien más tuvo que gritarlo en un bar parainvitarlo a una copa, murmurarlo en la cama, o escribirlo en unacasilla de una póliza de seguros. Sé que debieron de hacer todas estascosas. Sólo que cuesta imaginarlo.
Calculé que Rayner era diez años mayor que yo. Lo cual estababien. Nada que objetar. Mantengo unas buenas, cariñosas, relaciones conmuchas personas diez años mayores que yo sin necesidad de que me rompanun brazo. Las personas diez años mayores que yo son, en todos lossentidos, admirables. Pero Rayner también era diez centímetros más altoque yo, treinta kilos más pesado, y como mínimo ?me da igual cómo midasla violencia? cuatro veces más violento. Era más feo que un mueble demetacrilato, con un cráneo enorme y pelón que subía y bajaba como unglobo con bultos, y una aplastada nariz de boxeador, aparentementemachacada por la mano izquierda o quizá el pie izquierdo de alguien, seextendía en un sinuoso y torcido delta debajo del áspero muro de sufrente.
Y Dios santo, qué frente. Piedras, cuchillos, botellas ysilogismos habían rebotado inofensivamente contra ese masivo planofrontal, sin dejar más que una mínima huella entre sus profundos yseparados poros. Creo que eran los poros más profundos y separados quehabía visto jamás en una piel humana, y me recordaron los cráteres quevi en la tele cuando los yanquis llegaron a la luna.
Si pasamos ahora a las elevaciones laterales, encontramos que hacemucho, mucho tiempo, alguien le arrancó las orejas a mordiscos, lasmasticó y después las escupió contra los costados de su cabeza, porquela izquierda parecía estar claramente al revés, o bien lo de dentroafuera, o algo que te obligaba a mirarla un buen rato antes de pensar«Vale, es una oreja».
Por si fuera poco, por si no has captado el mensaje, Rayner llevaba una americana de cuero negro sobre un polo negro.
Pero por supuesto que lo has captado. Rayner podría envolverse conla seda más brillante y ponerse una orquídea detrás de cada oreja, ylos aterrorizados peatones le pagarían primero y le preguntaríandespués si le debían dinero.
En este caso resultaba que yo no se lo debía. Rayner pertenecía aese selecto grupo de personas al que no le debo nada en absoluto, y silas cosas hubiesen ido un poco mejor entre nosotros, quizá le habríasugerido que él y sus colegas se hicieran un nudo de corbata especialque indicase que pertenecían a una hermandad.
Pero, como digo, las cosas no iban bien entre nosotros.

Un instructor de combate manco llamado Cliff (te enseñaba a lucharsin armas con un brazo atado a la espalda y te inflaba a hostias) medijo una vez que el dolor era algo que te hacías a ti mismo. Otraspersonas te hacen cosas ?te pegan, te apuñalan, o pretenden romperte elbrazo?, pero el dolor te lo haces tú mismo. Por consiguiente, dijoCliff, que había pasado dos semanas en Japón y se sentía con derecho adecirles todas estas gilipolleces a sus entusiastas pupilos, siempreestaba en tu mano dominar tu propio dolor. A Cliff lo mató una viuda decincuenta y cinco años en una pelea de borrachos, así que supongo quenunca tendré la oportunidad de sacarlo de su error.
El dolor es una prueba. Te llega, y procuras apañártelas lo mejor que puedes.

La única cosa a mi favor era que, hasta ahora, no había hecho el menor ruido.
No tenía nada que ver con la valentía, desde luego, sino quesencillamente aún no había llegado a esa parte. Hasta el momento,Rayner y yo habíamos estado rebotando contra las paredes y los mueblesen un sudoroso silencio masculino, sólo con algún que otro gruñido parademostrar lo concentrados que estábamos. Pero ahora, a falta de cincosegundos para perder el conocimiento ?o que el hueso se rompiese?,ahora era el momento ideal para introducir un nuevo elemento. El sonidofue el único que se me ocurrió.
En consecuencia, inspiré hondo por la nariz, me erguí paraacercarme todo lo posible a su cara, contuve el aliento un instante yentonces proferí aquello que los japoneses maestros en las artesmarciales llaman un kiai ?probablemente, cualquier otra persona lollamaría un sonido muy fuerte y no estaría muy lejos de la verdad?, unalarido de tan cegadora, sorprendente, yo-qué-sé-qué-cojonesintensidad, que me pegué un susto de muerte.
En Rayner, el efecto fue muy próximo al pregonado, porque se movióinvoluntariamente hacia un lado y aflojó la presión en mi brazo duranteuna décima de segundo. Eché la cabeza hacia atrás contra sus morrostodo lo fuerte que pude, sentí cómo el cartílago de su nariz seajustaba a la forma de mi cráneo, y una sedosa humedad comenzó aesparcirse por mi cuero cabelludo; luego levanté el tacón hacia suentrepierna y le rocé el interior del muslo antes de golpear contra unimpresionante montón de genitales. Transcurrida la décima de segundo,Rayner había dejado de romperme el brazo y, repentinamente, fuiconsciente de estar bañado en sudor.
Me aparté, bailando de puntillas como un San Bernardo a punto de palmarla, y miré en derredor a ver si encontraba una arma.
El escenario de este único asalto de quince minutos entre unprofesional y un aficionado era un pequeño y pésimamente amuebladosalón en Belgravia. El diseñador de interiores había hecho un trabajoabsolutamente horrible, como hacen todos los diseñadores de interiores,sin falta, sin excepciones; pero en aquel momento, por una de esascosas que tiene el azar, su gusto por los objetos pesados y portátilescoincidió con el mío. Me decidí por un buda de cuarenta centímetros dealtura que había en la repisa de la chimenea, lo cogí con el brazobueno y descubrí que las orejas del tipo ofrecían una satisfactoria ycómoda sujeción para el luchador manco.
Rayner estaba de rodillas, muy ocupado en vomitar en la alfombrachina, algo que mejoraba en gran medida su color. Escogí el punto,planté los pies bien firmes en el suelo y descargué un revés que clavóla esquina del plinto del buda en la parte blanda de detrás de su orejaizquierda. Se oyó un ruido sordo, esa clase de ruido que sólo hace lacarne humana cuando se espachurra, y el tipo cayó de lado.
No me molesté en averiguar si seguía vivo. Muy duro, quizá, pero es lo que hay.
Me enjugué parte del sudor del rostro y fui hasta el vestíbulo.Intenté escuchar, pero si sonaba algún ruido en la casa o en la calleno podría haberlo oído, porque mi corazón sonaba como un martilloneumático, o quizá es que había uno en el exterior. Ya tenía bastantecon respirar cantidades industriales de aire como para darme cuenta denada más.
Abrí la puerta principal y en el acto sentí la llovizna helada enel rostro. Se mezcló con el sudor y lo diluyó, diluyó el dolor delbrazo, lo diluyó todo; cerré los ojos y dejé que resbalara por mi cara.Fue una de las sensaciones más deliciosas de mi vida. Tal vez piensesque llevaba una vida de pena. Pero, verás, el contexto lo es todo.
Dejé la puerta entornada, bajé a la acera y encendí un cigarrillo.Gradualmente, a trompicones, mi corazón se las apañó como pudo, y mirespiración lo imitó, aunque tardó lo suyo. El dolor en el brazo eraterrible, y comprendí que me acompañaría durante días, o semanas, peroal menos no era el brazo de fumar.
Volví a la casa y comprobé que Rayner seguía donde lo habíadejado, tumbado en un charco de vómito. Estaba muerto, o gravementeherido, algo que en cualquier caso significaba por lo menos cinco años;diez, con el tiempo añadido por mala conducta. Esto, desde mi punto devista, era malo.
He estado en el trullo. Sólo tres semanas, y en prisiónpreventiva, pero cuando tienes que jugar al ajedrez dos veces al díacon un hincha monosilábico del West Ham, que lleva tatuado ODIO en unamano y ODIO en la otra ?con un juego al que le faltan seis peones,todas las torres y dos alfiles?, descubres que te encanta disfrutar delos pequeños placeres de la vida. Como no estar en el trullo.
Reflexionaba sobre estos y otros temas relacionados, y comenzaba apensar en todos aquellos países cálidos que nunca había visitado,cuando comprendí que aquel ruido ?aquel ruido suave, crujiente,arrastrado, rasposo? no lo hacía mi corazón. Tampoco provenía de mispulmones, ni de ninguna otra parte de mi cuerpo quejoso. Aquel ruidoera externo.
Alguien, o algo, estaba intentando, inútilmente, bajar la escalera silenciosamente.
Dejé el buda donde estaba, cogí un siniestro encendedor dealabastro y me acerqué a la puerta, que también era siniestra. Puedespreguntarte: ¿cómo puede hacer alguien una puerta siniestra? Bueno,tiene su mérito, desde luego, pero créeme, los grandes diseñadores deinteriores lo consiguen con los ojos cerrados.
Intenté contener la respiración y no pude, así que esperéruidosamente. Oí que se accionaba un interruptor de la luz en algunaparte; pausa, sonó de nuevo. Se abrió una puerta, pausa, allí tampocohabía nada; se cerró. Inmóvil. Pensar. Mirar en la sala.
Se oyó el roce de unas prendas de ropa, una pisada suave, yentonces de pronto aflojé la presión en el encendedor de alabastro y meapoyé en la pared mucho más relajado. Porque, incluso herido yasustado, estaba dispuesto a jugarme la vida a que el Fleur de Fleursde Nina Ricci no es un perfume de combate.
Ella se detuvo en el umbral y echó una ojeada a la habitación. Lasluces estaban apagadas, pero las cortinas, abiertas de par en par, asíque entraba mucha luz desde la calle.
Esperé a que su mirada se detuviese en el cuerpo de Rayner antes de taparle la boca con la mano.

Pasamos por todas las frases habituales dictadas por Hollywood y lasociedad cortés. Ella intentó gritar y morderme la palma de la mano, yyo le dije que se estuviese calladita porque no le haría daño a menosque gritase. Ella gritó y yo le hice daño. En realidad, todo la mar decorriente.
Al final, ella acabó sentada en el siniestro sofá con una copa deun cuarto de litro de lo que creía que era brandy pero resultó serCalvados, y yo de pie junto a la puerta con mi mejor expresión de «Dicemi psiquiatra que estoy más que cuerdo».
Había puesto a Rayner de lado, la posición recomendada para evitarque alguien se ahogue en su propio vómito, o, ya puestos, en el decualquier otro. Ella había querido levantarse para toquetearlo, paraver si estaba bien ?cojines, paños húmedos, vendas, todas esas cosasque ayudan al curioso a sentirse mejor?, pero le dije que se quedasedonde estaba porque ya había llamado a una ambulancia y que, mirándolobien, era mejor dejarlo tranquilo.
Ella había comenzado a temblar. Empezó por las manos que sujetabanla copa, luego los codos, a continuación los hombros, y la cosa fueempeorando a medida que miraba a Rayner. Por supuesto, temblar esprobablemente una reacción bastante común si te encuentras unacombinación de persona muerta y vómito en tu alfombra en mitad de lanoche, pero no quería que fuese a más. Mientras encendía un cigarrillocon el encendedor de alabastro ?no te equivocas, incluso la llama erasiniestra?, intenté sonsacarle toda la información que pudiese antes deque el Calvados la pusiese en forma y comenzase ella con las preguntas.
Veía su rostro por triplicado: uno en una foto con marco de plataen la repisa de la chimenea, con unas Ray Ban y en un telesilla; otroen un enorme y malísimo retrato al óleo, pintado por alguien que nopodía quererla demasiado, colgado junto a la ventana; y final, ydefinitivamente el mejor de todos, en el sofá, a tres metros.
No podía tener más de diecinueve años, los hombros cuadrados y unalarga cabellera de color castaño que se ondulaba mientras desaparecíadetrás del cuello. Los pómulos altos y redondeados insinuaban un toqueoriental que desaparecía inmediatamente cuando llegabas a los ojos, quetambién eran redondos, grandes y de un color gris brillante (si es queeso tiene sentido). Vestía una bata de seda roja, y una elegantechinela con tiras doradas. Miré en derredor, pero la compañera no seveía por ninguna parte. Quizá sólo podía permitirse una.
Se aclaró la garganta y luego preguntó:
?¿Quién es él?
Tenía muy claro antes de que abriese la boca que eranorteamericana; demasiado saludable para ser cualquier otra cosa. Y yome pregunto: ¿de dónde sacan esas dentaduras?
?Se llamaba Rayner ?dije, y entonces me di cuenta de que sonaba unpoco pobre como respuesta, así que pensé en añadir algo?: Era un tipomuy peligroso.
?¿Peligroso?
Pareció preocuparla, y con razón. Probablemente se le acababa deocurrir, lo mismo que a mí, que si Rayner era peligroso, y yo lo habíamatado, entonces, en términos jerárquicos, eso me convertía a mí enalguien más peligroso.
?Peligroso ?repetí, y la observé atentamente mientras elladesviaba la mirada. Parecía temblar menos, una buena señal, o quizásencillamente es que temblaba a mi mismo ritmo y entonces lo notabamenos.
?Bueno... ¿qué hace él aquí? ?acabó por preguntar?. ¿Qué quería?
?Es difícil de decir. ?Al menos, era difícil para mí?. Quizá buscaba dinero, robar la plata...
?¿Quiere decir... que no se lo dijo? ?Su voz subió bruscamente detono?. ¿Le pegó a este tipo sin saber quién era? ¿Qué hacía aquí?
A pesar de la conmoción, su cerebro parecía funcionar perfectamente.
?Le pegué porque intentaba matarme. Yo soy así.
Probé con una sonrisa pícara, pero la vi en el espejo de encima de la chimenea y comprendí que no había funcionado.
?Usted es así... ?repitió fríamente?. ¿Y se puede saber quién es usted?
Vaya, tendría que moverme con la delicadeza de una mariposa con laspatas doloridas en esta coyuntura. Ése era el momento en que las cosaspodrían ponerse súbitamente mucho peor de lo que ya estaban.
Intenté mostrarme sorprendido y quizá un tanto dolido.
?¿Quiere decir que no me reconoce?
?No.
?Oh, curioso. Fincham. James Fincham. ?Le tendí la mano. Ella no laaceptó, así que convertí el movimiento en un despreocupado gesto dearreglarme el pelo.
?Eso es un nombre ?repuso?. Pero sigo sin saber quién es usted.
?Soy un amigo de su padre.
Consideró la respuesta durante un momento.
?¿Amigo de negocios?
?Algo así.
?Algo así ?asintió?. Es James Fincham, algo así como un amigo denegocios de mi padre, y acaba de matar a un hombre en nuestra casa.
Incliné la cabeza a un lado e intenté demostrar que sí, que algunas veces este mundo es así de granuja.
Ella hizo otra exhibición de dientes.
?¿Ya está? ¿Ése es todo su currículum?
Ensayé de nuevo la sonrisa pícara, sin obtener mejor resultado.
?Espere un segundo ?dijo.
Miró a Rayner, después se sentó más erguida, como si se le hubiese ocurrido algo.
?No ha llamado a nadie, ¿verdad?
Pensándolo bien, debía de rondar los veinticuatro.
?Quiere decir... ?Comencé a aturullarme.
?Quiero decir que no viene ninguna ambulancia. Santo Dios.
Dejó la copa en la alfombra junto a sus pies y se levantó para ir hacia el teléfono.
?Escuche, antes de que haga alguna tontería...
Hice el intento de moverme hacia ella, pero la manera en como segiró me hizo comprender que quedarme quieto era probablemente el mejorplan. No quería pasarme las próximas semanas quitándome de la caratrozos de un auricular de teléfono.
?Quédese donde está, señor James Fincham ?me ordenó?. Esto no esninguna tontería. Pediré una ambulancia y que llamen a la policía. Esel procedimiento aprobado internacionalmente. Vienen unos hombres conunas porras muy grandes y se lo llevan. No creo que sea ningunatontería.
?Oiga, verá, no he sido del todo sincero con usted.
Se volvió hacia mí y estrechó los ojos. (Si entendéis lo que quierodecir con eso. Los estrechó horizontalmente, no verticalmente. Supongoque se debería decir que acortó los ojos, pero nadie nunca hace eso.)
Ella estrechó los ojos.
?¿Qué demonios significa «no del todo sincero»? Sólo me ha dicho dos cosas. ¿Quiere decir que una era mentira?
Estaba muy claro que me tenía contra las cuerdas. Tenía problemas. Pero ella sólo había marcado el primer número.
?Me llamo Fincham y conozco a su padre.
?Sí. ¿Qué marca de cigarrillos fuma?
?Dunhill.
?No ha fumado en toda su vida.
Probablemente rondaba los treinta, o acababa de cumplirlos. Respiré hondo cuando marcó el segundo número.
?Vale, no lo conozco. Pero intento ayudar.
?De acuerdo. Es el fontanero y ha venido a arreglar la ducha.
Tercer número. Juega el as de triunfo.
?Alguien intenta matarlo ?declaré.
Sonó un leve chasquido y oí a alguien, en alguna parte, quepreguntaba qué servicio queríamos. Ella se volvió hacia mí muylentamente, con el teléfono apartado de la cara.
?¿Qué ha dicho?
?Alguien trata de matar a su padre ?repetí?. No sé quién, y no sépor qué. Pero intento detenerlo. Eso es lo que soy, y por lo que estoyaquí.
Me dedicó una larga y escrutadora mirada. En algún lugar, un reloj marcaba el paso del tiempo siniestramente.
?Este hombre ?señalé a Rayner? tiene algo que ver con el intento.
Vi que a ella le parecía injusto, dado que Rayner estaba en unascondiciones en las que difícilmente podía contradecirme; por tanto,suavicé un poco el tono y miré en derredor como si estuviese tanintrigado e inquieto como ella.
?No puedo decir que vino aquí con la intención de matar ?añadí?,porque no tuvimos ocasión de hablar gran cosa. Pero no es imposible.?Ella seguía mirándome. La operadora no dejaba de repetir «¿Hola?¿Hola?», y seguramente intentaba localizar la llamada.
Ella esperó. Sinceramente, no sé qué.
?Una ambulancia ?dijo finalmente, mientras me miraba. Luego sevolvió un poco y dio la dirección. Asintió, y después, lentamente, muylentamente, colgó el teléfono y se giró hacia mí. Era una de esaspausas que sabes que será larga en cuanto comienza, así que saqué uncigarrillo y le ofrecí el paquete.
Vino hacia mí y se detuvo. Era más baja de lo que me habíaparecido desde el otro lado de la habitación. Sonreí de nuevo y ellacogió un cigarrillo del paquete, pero no lo encendió. Sólo jugó con éllentamente, y luego me apuntó con un par de ojos grises.
Un par. Me refiero a su par. No sacó un par de ojos de alguna otrapersona de un cajón y me apuntó. Me apuntó con su propio par de ojosenormes, pálidos, grises, pálidos, enormes. La clase de ojos que puedenhacer que un hombre adulto diga estupideces. Contrólate, por el amor deDios.
?Es un mentiroso ?afirmó. Sin furia. Sin miedo. Una pura constatación. «Es un mentiroso.»
?Bueno, sí, lo soy, si hablamos en términos generales ?admití?.Pero, en este momento en particular, resulta ser que digo la verdad.
Continuó mirándome a la cara, de la misma manera en que a veces memiro a mí mismo al espejo cuando acabo de afeitarme, pero no parecióconseguir más respuestas que yo, si es que yo he conseguido alguna vezalguna. Luego parpadeó una vez, y el parpadeo pareció cambiar las cosasde alguna manera. Algo se había soltado, apagado, o al menos reducidoun poco. Comencé a relajarme.
?¿Por qué alguien iba a querer matar a mi padre? ?Su voz sonó más amable.
?Sinceramente, no lo sé. Sólo acabo de enterarme de que no fuma.
Ella siguió, como si no me hubiese escuchado.
?Dígame, señor Fincham, ¿cómo se ha enterado?
Ésa era la parte difícil. La verdaderamente difícil. Difícil al cubo.
?Porque me ofrecieron el trabajo.
Dejó de respirar. Me refiero a que literalmente dejó de respirar, yno parecía que tuviese planes de empezar de nuevo en un futuro próximo.
Continué, con toda la calma de que fui capaz:
?Alguien me ofreció una pasta gansa por matar a su padre. ?Ella frunció el entrecejo, la muy incrédula?. La rechacé.
No tendría que haber añadido eso. De ninguna manera.
La tercera ley de la conversación de Newton, si existiese,afirmaría que cualquier afirmación implica una afirmación igual ycontraria. Decir que había rechazado la oferta planteaba la posibilidadde que no lo hubiese hecho, y eso era algo que no quería ver flotandopor la habitación en ese momento. Pero ella comenzó a respirar denuevo, así que quizá no se había dado cuenta.
?¿Por qué?
?¿Por qué qué?
Su ojo izquierdo tenía una pequeña veta verde que salía de lapupila en dirección nordeste. Allí estaba yo, mirando sus ojos eintentando no hacerlo, porque ahora mismo estaba metido en un buen lío.En muchos sentidos.
?¿Por qué la rechazó?
?Porque... ?comencé, y me detuve, porque tenía que dejarlo bien claro?. Porque no mato gente.
Siguió una pausa mientras cogía mi frase y la hacía girar en la boca unas cuantas veces. Después miró el cuerpo de Rayner.
?Ya se lo dije. Él empezó.
Me miró durante otros trescientos años y, a continuación, sin dejarde darle vueltas al cigarrillo lentamente entre los dedos, se apartóhacia el sofá, al parecer, sumida en sus pensamientos.
?Créame ?insistí, con el deseo de recuperar el dominio de mí mismoy de la situación?, soy un buen chico. Hago donaciones a IntermónOxfam, reciclo los periódicos, todo eso.
Llegó junto al cuerpo de Rayner y se detuvo.
?¿Cuándo ocurrió todo esto?
?Bueno... ahora mismo ?tartamudeé, como un idiota.
Cerró los ojos por un instante.
?Quiero decir cuándo se lo pidieron.
?Oh, claro. Hace diez días.
?¿Dónde?
?En Amsterdam.
?Eso está en Holanda, ¿no?
Aquello me supuso un respiro. Me hizo sentir mucho mejor. Esagradable que los jóvenes te miren con respeto de vez en cuando.Tampoco quieres que sea siempre, sólo de vez en cuando.
?Así es.
?¿Quién le ofreció el trabajo?
?Nunca lo había visto antes ni después de aquello.
Se agachó para recoger la copa, bebió un sorbo de Calvados y torció el gesto.
?¿Se supone que debo creérmelo?
?Pues...
?A ver si me echa una mano ?dijo, y volvió a sonar segura de símisma. Señaló a Rayner?. Aquí tenemos a un tipo, que yo diría que no vaa respaldar su historia. Y espera que yo la crea, ¿por qué? ¿Por sucara bonita?
No pude evitarlo. Tendría que haberlo evitado, lo sé, pero sencillamente no pude.
?¿Por qué no? ?repliqué, e intenté mostrarme encantador?. Yo me creo todo lo que usted me dice.
Un terrible error. Realmente terrible. Uno de los más crasos, másridículos comentarios que he hecho, en una larga vida plagada decomentarios ridículos.
Se volvió hacia mí, súbitamente muy furiosa.
?Corte el rollo ahora mismo.
?Sólo quería... ?dije, pero me alegró que me interrumpiese, porque francamente no sabía qué había querido decir.
?Déjelo. Tenemos a un tipo que se está muriendo.
Asentí, culpable, y ambos inclinamos nuestras cabezas ante Rayner,como si le presentáramos nuestros respetos. Entonces ella pareció darpor acabada la sesión de rezos y pasar a otra cosa. Sus hombros serelajaron y me tendió la copa.
?Me llamo Sarah. A ver si puede conseguirme una Coca-Cola.

Al final llamó a la policía, y los polis se presentaron cuando lostipos de la ambulancia recogían a Rayner, que al parecer todavíarespiraba, en una camilla plegable. Soltaron un montón de ejems y ajas,recogieron cosas de la repisa de la chimenea y miraron debajo de ella,y en general dieron la impresión de querer estar en alguna otra parte.
Los policías, por norma, no quieren ni oír hablar de casos nuevos.No porque sean holgazanes, sino porque, como todos los demás, quierenencontrar un sentido, un vínculo, en el inmenso follón de cosasdesagradables de las que se ocupan. Si, cuando están a punto de trincara un adolescente que roba tapacubos, los llaman a la escena de unasesinato múltiple, son incapaces de no mirar debajo de los sofás paraver si hay algún tapacubos. Quieren encontrar algo relacionado con loque ya han visto que dé sentido al caos. De esa manera, podrán decirsea sí mismos: esto sucedió porque ocurrió aquello otro. Cuando no loencuentran ?cuando todo lo que ven es otro montón de cosas que hay queescribir, archivar, perder, encontrar en el cajón de otro, volver aextraviar y, finalmente, no tener a nadie a quien culpar por ello?,bueno, entonces se sienten desilusionados.
Y se sintieron especialmente desilusionados con nuestra historia.Sarah y yo habíamos ensayado lo que nos pareció una escena adecuada, yofrecimos tres representaciones a distintos oficiales de rangoascendente, el último, un inspector sorprendentemente joven que dijollamarse Brock.
El inspector se sentó en el sofá, mirándose de vez en cuando lamanicura, mientras asentía con un entusiasmo juvenil a la aventura delintrépido James Fincham, amigo de la familia, que se alojaba en elcuarto de invitados del primer piso. Oyó ruidos, bajó silenciosamentela escalera para investigar, un tipo desagradable con chaqueta de cueroy polo negro, nunca lo había visto antes, pelea, caída, oh, Dios mío,golpe en la cabeza. Sarah Woolf, fecha de nacimiento: 29 de agosto de1964; oye ruidos de una pelea, baja, lo ve todo. ¿Una copa, inspector?¿Té? ¿Agua mineral?

Sí, por supuesto, el marco ayudaba. Si hubiésemos intentado lamisma escena en un piso del consistorio de Deptford, no hubiésemostardado más de treinta segundos en estar tumbados en el suelo delfurgón, ocupados en pedirles a unos jóvenes atléticos con el pelo cortosi les importaría dejar de pisarnos la cabeza por un momento mientrasnos poníamos cómodos. Pero en la muy puesta Belgravia, los polis sesienten más inclinados a creerte. Creo que incluso consta en lasestadísticas.
Mientras firmábamos nuestras declaraciones, nos pidieron que nohiciésemos ninguna estupidez, como dejar el país sin comunicarlo encomisaría, y en general nos animaron a que siempre estuviésemosdisponibles.
Dos horas después de haber intentado romperme un brazo, todo lo que quedaba de Rayner, primer nombre desconocido, era un olor.

Salí de la casa y sentí cómo el dolor volvía al primer planomientras caminaba. Encendí un cigarrillo y me lo fumé mientras llegabaa la esquina, donde giré a la izquierda para entrar en el patio deadoquines de unos establos que una vez habían albergado caballos.Ahora, obviamente, había que ser un caballo muy rico para vivir allí,pero se había conservado algo del ambiente equino, y por eso me habíaparecido adecuado aparcar mi moto allí. Con un morral de avena y unpoco de paja debajo de la rueda trasera.
La moto seguía donde la había dejado, lo que suena a comentarioidiota, pero que no lo es en estos días. Entre los moteros, dejar tumáquina en un lugar oscuro durante más de una hora, incluso con lacadena y la alarma, y encontrar que sigue allí es algo digno de sertratado en cualquier conversación. En particular, cuando la moto es unaKawasaki ZZR 1100.

No voy a negar que los japoneses la pifiaron en Pearl Harbor, y quesus ideas sobre cómo preparar el pescado dejan mucho que desear, pero,por Dios saben muy bien cómo hacer motos. Aceleras a fondo en cualquiermarcha de esta máquina, y acabas con los ojos en el fondo del cráneo.De acuerdo, puede que no sea ésa la sensación que busca la mayoría dela gente a la hora de elegir su medio de transporte personal, pero dadoque gané la moto en una partida de backgammon con una miserable tiradade 4-1 y tres dobles seises consecutivos, la disfruto mogollón. Esnegra, grande, e incluso permite al conductor visitar otras galaxias.
Arranqué, aceleré lo bastante como para despertar a unos cuantosbanqueros gordos de Belgravia, y partí para Notting Hill. Tuve quetomármelo con calma porque llovía, así que dispuse de mucho tiempo parareflexionar sobre los sucesos de la noche.
La única cosa que se me había quedado, mientras pilotaba mi motopor las mojadas calles, era Sarah diciéndome «corte el rollo», y larazón que tuve para cortarlo fue porque había un tipo agonizando en lahabitación.
Conversación newtoniana, pensé. De lo que se deduce que podríahaber seguido con el rollo, si en la habitación no hubiese habido untipo agonizando.
Eso me alegró. Comencé a pensar que si no podía arreglar las cosasel día en que ella y yo volviésemos a estar juntos en una habitaciónsin tipos presentes a punto de palmarla, entonces es que no me llamoJames Fincham.
Y, por supuesto, no me llamo así.

Parte 1 - Proximamente parte 2


      

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Una Noche de Perros -Dr.House-Leelo aca o Bajalo
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