Una Noche De Perros - Dr.House-Leelo aca - Parte 2-3





      


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DOS

Durante mucho tiempo me iba a la cama temprano.
MARCEL PROUST

Entré en el apartamento y cumplí con la habitual rutina de escucharlos mensajes. Dos pitidos inútiles, un número equivocado, una llamadade un amigo interrumpida en la primera frase, seguida por las de trespersonas que no me interesaban en lo más mínimo y a las que ahoratendría que llamar.
Dios, odio esa máquina.
Me senté a mi mesa y me ocupé del correo. Iba a arrojar unascuantas facturas a la papelera, pero entonces recordé que me habíallevado la papelera a la cocina, así que me enfadé, metí el resto de lacorrespondencia en un cajón y renuncié a la idea de que ocuparme deesas tareas me ayudaría a aclarar las cosas.
Era muy tarde como para escuchar música a todo volumen, y el únicootro entretenimiento que encontré en el piso fue el whisky, así quecogí una copa y una botella de The Famous Grouse, me serví un par dededos y fui a la cocina. Añadí agua como para transformarlo en algoapenas más fuerte que el té, y luego volví a la mesa con un magnetófonode bolsillo, porque alguien me había dicho una vez que hablar en vozalta ayuda a despejar dudas. Pregunté si despejaría el cielo y merespondieron que no, pero que daría resultado con cualquier cosa quepreocupase a mi espíritu.
Coloqué una cásete en el aparato y pulsé el botón de grabar.
?Dramatis personae ?dije?: Alexander Woolf, padre de Sarah Woolf,propietario de una fantástica casa de estilo georgiano en Lyall Street,Belgravia, empleador de diseñadores de interiores incompetentes yrencorosos, presidente y director ejecutivo de Gaine Parker. Varóncaucásico desconocido, norteamericano o canadiense, de unos cincuenta ytantos. Rayner: grande, violento, hospitalizado. Thomas Lang: treinta yseis, apartamento D, 42 Westbourne Cióse, antiguo miembro de losGuardias Escoceses, retirado con honores con el grado de capitán. Loshechos, tal cómo se conocen hasta el momento, son...
No sé por qué los magnetófonos me hacen hablar de esta manera, pero así es.
?Varón desconocido intenta contratar a T. Lang con el propósito deque cometa el asesinato de A. Woolf. Lang declina la propuesta porquees un buen tipo. Con principios. Decente. Un caballero.
Bebí un lingotazo y contemplé el magnetófono, con la duda de sialguna vez permitiría que alguien escuchase este soliloquio. Uncontable me dijo una vez que era buena compra porque me devolverían elIVA. Pero como no pagaba IVA, no necesitaba en absoluto un magnetófonoy podía confiar en mi contable tanto como en cualquier desconocido,consideraba esa máquina como una de mis adquisiciones menos sensatas.
Chúpate ésa.
?Lang va a la casa de Woolf con la voluntad de advertirle de unposible intento de asesinato. Woolf está ausente. Lang decide indagar.
Hice una pausa, y como la pausa fue haciéndose cada vez más larga,bebí un par de sorbos de whisky y apagué el magnetófono mientraspensaba un poco más.
El único resultado de sus indagaciones había sido la palabra«qué», y apenas conseguí pronunciarla antes de que Rayner me golpeasecon una silla. Aparte de eso, lo único que había hecho era matar amedias a un hombre y marcharme, con el ferviente deseo de haber matadoa la otra mitad. La verdad es que no quieres que esas cosas quedenregistradas en una cinta magnetofónica a menos que sepas lo que haces.Algo que, para qué vamos a engañarnos, yo no sabía.
Sin embargo, había conseguido saber lo suficiente como parareconocer a Rayner incluso antes de saber su nombre. No puedo decirexactamente que me hubiese estado siguiendo, pero tengo buena memoriapara las caras ?algo que hace que sea absolutamente patético con losnombres?, y la de Rayner no era una cara difícil. El aeropuerto deHeathrow, un bar en King's Road y la entrada del metro de LeicesterSquare habían sido todo un anuncio, incluso para un idiota como yo.
Había tenido el presentimiento de que acabaríamos por conocernos,así que me preparé para el día del acontecimiento con una visita a unaferretería de Tottenham Court Road, donde me sacudieron dos libras conochenta por treinta centímetros de un cable eléctrico de un diámetroconsiderable; flexible, pesado, y, cuando se trata de darle una buena abergantes y asaltadores de caminos, muy superior a cualquier porra.Solamente no funciona como una arma cuando lo dejas en un cajón de lacocina, todavía con el envoltorio. Entonces es cuando no sirve paranada.
En cuanto al desconocido caucásico que me había ofrecido eltrabajo, bueno, no tenía grandes esperanzas siquiera de dar con unapista. Dos semanas atrás había estado en Amsterdam, como escolta de uncorredor de apuestas de Manchester que deseaba creer desesperadamenteque tenía enemigos violentos. Me contrató para reforzar su fantasía.Así que abrí las puertas de los coches para él, y vigilé los edificiospara descubrir la presencia de francotiradores que sabía que no estabanallí, y después pasé unas agotadoras cuarenta y ocho horas sentado conél en varios clubes nocturnos, mudo testigo de cómo arrojaba dinero entodas las direcciones menos en la mía. Cuando finalmente se cansó,acabé haciendo el vago en la habitación del hotel, entretenido en verpelis porno en la tele. El teléfono sonó ?en medio de una escena la marde interesante, tal como la recuerdo? y una voz masculina me invitó aque bajase al bar a tomar una copa.
Me aseguré de que el corredor de apuestas estaba sano y salvo ensu cama con una puta bien calentita, y después bajé al vestíbulo con lailusión de ahorrarme cuarenta libras si conseguía que algún viejo amigodel ejército me invitase a un par de copas.
Pero resultó ser que la voz del teléfono pertenecía a un cuerpobajo y gordo con un traje caro que, lo juro, no conocía. Tampocodemostré un interés especial por conocerlo, hasta que metió la mano enun bolsillo de la chaqueta y sacó un fajo de billetes tan grueso comoyo.
Dólares norteamericanos aceptados en pago de bienes y servicios enmiles de comercios en todo el mundo. Puso un billete de cien en la mesay lo deslizó hacia mí, así que dediqué cinco segundos a quererlo mucho,y entonces, casi de inmediato, murió el amor.
Me puso en antecedentes de un hombre llamado Woolf ?dónde vivía,qué hacía, por qué lo hacía, por cuánto lo hacía?, y después me dijoque el billete que había sobre la mesa tenía mil compañeritos quesabrían cómo llegar a mi bolsillo si yo ponía un discreto final a lavida de Woolf.
Tuve que aguardar a que se vaciase la zona del bar dondeestábamos, y la espera fue corta. Con los precios que cobraban por lascopas, probablemente habría sólo una veintena de personas en el mundoque pudiesen permitirse pedir otra ronda.
En cuanto se despejó el bar, me incliné hacia el hombre gordo y lesolté un discurso. Fue un discurso aburrido, pero incluso así, meescuchó con mucha atención, porque por debajo de la mesa lo teníapillado de los huevos. Le dije la clase de hombre que era, el error quehabía cometido, y qué podía limpiarse con su dinero. Luego nosdespedimos.
No había más. Eso era todo lo que sabía, y me dolía el brazo.
Me fui a la cama.

Soñé muchas cosas que no te contaré para no hacerte sentirincómodo, y lo último que soñé fue que pasaba el aspirador por mialfombra. Lo pasaba una y otra vez, pero lo que manchaba la alfombra senegaba a desaparecer.
Entonces me percaté de que estaba despierto, y que la mancha en laalfombra era el sol, porque alguien acababa de abrir las cortinas depar en par. En una fracción de segundo, mi cuerpo adoptó una impecableposición de combate, con el cable en una mano y la voluntad de matar enmi corazón.
Pero entonces me di cuenta de que eso también lo había soñado, ylo que hacía en realidad era estar tendido en la cama con la miradapuesta en una gran mano peluda muy cerca de mi cara. La manodesapareció, y atrás quedó una taza que humeaba y el aroma de unapopular infusión que se comercializa con el nombre de PG Tips. Quizá enaquella fracción de segundo fui capaz de deducir que si unos intrusosquieren degollarte, no abren las cortinas y te sirven té.
?¿Qué hora es?
?Pasan treinta y cinco minutos de las ocho. Es la hora de sus ejercicios, señor Bond.
Me senté en la cama y miré a Solomon. Se lo veía bajo y alegre comosiempre, con la misma horrible gabardina marrón que había comprado enlas rebajas.
?Debo suponer que has venido a investigar un robo, ¿no es así??dije mientras me frotaba los ojos hasta que comencé a ver unos puntosblancos.
?¿Cuál sería ese robo, señor?
Solomon llamaba a todo el mundo «señor», excepto a sus superiores.
?El robo de mi timbre.
?Si lo que pretende, a su manera sarcástica, es referirse a misilenciosa entrada en su morada, entonces debo recordarle que soy unpracticante de la magia negra, y que los practicantes, para merecer esetérmino, deben practicar. Ahora compórtese como un buen chico yvístase. Se nos hace tarde.
Desapareció en la cocina y oí los chasquidos y los zumbidos de mi tostadora del siglo xiv.
Me levanté de la cama, me dolió el brazo izquierdo al apoyarlo, mepuse una camisa y un pantalón y me llevé la afeitadora eléctrica a lacocina.
Solomon había puesto la mesa para mí y había dejado unas tostadasen una parrilla que yo ni siquiera sabía que tenía en casa. A menos queél la hubiese traído, cosa poco probable.
?¿Más té, monseñor?
?¿Tarde para qué?
?Una reunión, amo, una reunión. Veamos, ¿tiene usted una corbata?
Sus grandes ojos castaños me miraron, expectantes.
?Tengo dos ?respondí?. Una es del club Garrick, al que no pertenezco; la otra aguanta la cisterna del váter contra la pared.
Me senté a la mesa y vi que incluso había encontrado en algunaparte un frasco de mermelada Keiller's Dundee. No tenía ni idea de cómolo hacía, pero Solomon podía rebuscar en una papelera y sacar un cochede ella si era necesario. Un buen tipo para llevarte al desierto.
Quizá era allí adonde iríamos.
?¿Quién le está pagando las facturas estos días, amo? ?Aparcó medio culo en la mesa y me miró comer.
?Esperaba que vosotros.
La mermelada estaba deliciosa, y quería hacerla durar, pero advertíque Solomon tenía prisa por marcharse. Consultó su reloj y desaparecióde nuevo en el dormitorio. Lo oí trastear en el armario en un intentopor encontrar una chaqueta.
?Debajo de la cama ?grité. Recogí el magnetófono. La casette seguía allí.
Mientras me bebía el té, entró Solomon con un blazer cruzado al quele faltaban dos botones. Lo sostenía como un ayuda de cámara. No memoví de donde estaba.
?Oh, amo. Por favor, no ponga pegas. No antes de recoger la cosecha y que las mulas estén descansadas.
?Sólo dime adónde vamos.
?Carretera abajo, en una espléndida carroza. Le encantará, y en el camino de regreso podrá comerse un helado.
Me levanté lentamente y me puse la chaqueta.
?David.
?Estoy aquí, amo.
?¿Qué pasa?
Frunció los labios y el entrecejo. No era la manera correcta de hacer preguntas de ese tipo. Me mantuve firme.
?¿Estoy en un lío?
Frunció el entrecejo un poco más y después me miró con su mirada serena.
?Eso parece.
?¿Eso parece?
?Hay treinta centímetros de cable en aquel cajón; el arma preferida del joven amo.
?-¿Y?
Me obsequió con una fugaz y cortés sonrisa.
?Puede causarle problemas a alguien.
?Corta el rollo, David. Lleva meses en el cajón. Lo compré para unir dos cosas que están muy juntas.
?Sí. La factura es de hace dos días. Todavía está en la bolsa.
Nos miramos el uno al otro durante unos momentos.
?Lo siento, amo. La magia negra. Vámonos.

El coche era un Rover, y eso significaba que era oficial. Nadieconduce estos coches absurdamente esnobs, con sus ridículosrevestimientos de madera y cuero, mal pegados en todas las juntas y losrecovecos del interior, a menos que sea absolutamente necesario. Sóloel gobierno y los directivos de Rover tienen que hacerlo.
No quería interrumpir a Solomon mientras conducía, porque tieneuna relación inestable con los coches y ni siquiera tolera queenciendas la radio. Llevaba los guantes, la gorra, las gafas y laexpresión que debe llevar todo buen conductor, y giraba el volante dela misma manera en que todo el mundo lo hace
hasta cuatro segundos después de haber aprobado el examen. Perocuando dejábamos atrás Horseguards Parade, casi rayando los treintakilómetros por hora, decidí arriesgarme.
?Supongo que no hay ninguna posibilidad de saber qué se supone que he hecho...
Solomon se mordió el labio inferior, sujetó aún con más fuerza elvolante, absolutamente concentrado en pilotar un muy complicadísimotramo de calle recta y desierta. Cuando acabó de controlar lavelocidad, las revoluciones, la cantidad de combustible, la presión delaceite, la temperatura, la hora y el enganche del cinturón, todo porpartida doble, decidió que podía permitirse una respuesta.
?Lo que se supone que debería haber hecho, amo ?respondió con lasmandíbulas prietas?, es comportarse noble y caballerosamente comosiempre ha hecho.
Entramos en un patio trasero del Ministerio de Defensa.
?¿Y no lo he hecho?
?Bingo. Una plaza de aparcamiento. Esto es el paraíso...

A pesar de que había un gran cartel donde se proclamaba que todaslas instalaciones del Ministerio de Defensa se encontraban en estado dealerta amarilla, los guardias de la entrada nos dejaron entrar comoPedro por su casa.
He comprobado que es algo típico de los guardias británicos; amenos que trabajes en el edificio que custodian, en cuyo caso terevisan desde los empastes hasta el dobladillo del pantalón paraasegurarse de que eres la misma persona que salió a comprar un bocataquince minutos atrás. Pero si eres una cara extraña, te dejan pasar sinmás, porque, francamente, sería muy embarazoso causarte algunamolestia.
Si quieres vigilar algo como está mandado, contrata a alemanes.
Solomon y yo subimos tres escaleras, recorrimos media docena depasillos, utilizamos dos ascensores, y él firmó por mí en unos cuantoscontroles a lo largo del camino, hasta que nos encontramos delante deuna puerta color verde oscuro con un rótulo que decía C188. Solomonllamó y oímos la voz de una mujer que dijo «Un momento», y después,«Pase».
En el interior había una pared a noventa centímetros de distancia.Entre la pared y la puerta, en ese espacio que era como una lata desardinas tamaño baño, una joven con una camisa color amarillo limónestaba sentada a una mesa, con un ordenador, una planta, un bote conlápices, un oso de peluche y pilas de papel naranja. Era increíble quealguien o algo pudiese funcionar en un espacio tan pequeño. Era comocuando te encuentras una familia de nutrias en uno de tus zapatos.
Si es que alguna vez te ha ocurrido eso.
?Los está esperando ?manifestó con los brazos extendidos sobre la mesa ante la posibilidad de que pudiésemos desordenarla.
?Gracias, señora ?dijo Solomon, y metió la barriga para pasar junto a la mesa.
?¿Agorafóbica? ?pregunté mientras lo seguía, y de haber tenidoespacio me hubiese propinado un puntapié a mí mismo, porque seguramentedebía de oírlo cincuenta veces al día.
Solomon llamó a la puerta interior y entramos sin esperar respuesta.

Cada centímetro cuadrado que había perdido la secretaria se lo había quedado ese despacho.
Aquí nos encontramos con un techo alto, ventanas a ambos lados concortinas de red y, entre las ventanas, una mesa del tamaño de unacancha de squash. Detrás de la mesa, una cabeza calva permanecióinclinada en silenciosa concentración.
Solomon avanzó hacia la rosa central de la alfombra persa, y yo me situé ligeramente por detrás de su hombro izquierdo.
?¿Señor O'Neal? ?dijo Solomon?. El señor Lang.
Esperamos.
O'Neal, si es que ése era su verdadero nombre, cosa que dudaba,tenía el mismo aspecto que todos los hombres que se sientan detrás deuna mesa enorme. La gente dice que los perros se parecen a sus amos,pero yo siempre he creído que lo mismo se podría decir de las mesas ysus dueños. Tenía un rostro grande y plano, con unas orejas grandes yplanas, y con muchos huecos útiles para los clips. Incluso la ausenciade cualquier rastro de barba se correspondía con el resplandecientelustre. Estaba en mangas de camisa, y no vi chaqueta alguna por ningunaparte.
?Creía que habíamos dicho a las nueve y media ?señaló O'Neal sin levantar la cabeza ni consultar el reloj.
La voz no era creíble en lo más mínimo. Intentaba conseguir unalanguidez, patricia, pero no iba más allá de la intención. Era ahogaday chillona, y en otras circunstancias, quizá hubiese sentido pena porel señor O'Neal. Si es que ése era su nombre, cosa que dudaba.
?El tráfico ?replicó Solomon?. Vinimos lo más rápidamente posible.
Solomon miró a través de la ventana como para señalar que habíahecho su parte. O'Neal lo miró, me miró a mí, y después volvió a suinterpretación de Estoy-leyendo-algo-importante.
Ahora que Solomon me había llevado hasta allí sano y salvo y nohabía ningún riesgo de crearle problemas, decidí que era la hora dehacerme valer.
?Buenos días, señor O'Neal ?dije, con un volumen de vozridículamente fuerte. El sonido rebotó en la lejanía?. Lamento que seaun momento poco oportuno. También lo es para mí. ¿Qué tal si le digo ami secretaria que llame a su secretaria para que concierten otra cita?Ya puestos, ¿qué le parece si nuestras secretarias comen juntas? Yasabe, para poner las cosas en orden.
O'Neal rechinó los dientes por un instante y luego me miró con lo que obviamente consideraba una mirada penetrante.
Cuando terminó con la sobreactuación, dejó los papeles y apoyó lasmanos en el borde de la mesa. Luego las apartó de la mesa y las apoyóen el regazo. Después se enfadó conmigo por haber sido testigo de esetorpe comportamiento.
?Señor Lang, ¿es consciente de dónde está? ?Frunció los labios en un gesto ensayado.
?Por supuesto, señor O'Neal. Estoy en el despacho C188.
?Está en el Ministerio de Defensa.
?Vaya, no está mal. ¿Aquí tienen sillas?
Me miró con saña, y luego movió la cabeza hacia Solomon, que fuehasta la puerta y arrastró algo que intentaba ser una reproducción delestilo de principios del xix hasta el centro de la alfombra. No memoví.
?Siéntese, señor Lang.
?Gracias, pero prefiero estar de pie.
Ahora sí que lo había desconcertado. Solíamos hacerle esto mismo aun maestro de geografía en la escuela. Se marchó al acabar el segundosemestre y se hizo monje en las Hébridas.
?Por favor, ¿qué sabe usted de Alexander Woolf? ?O'Neal se inclinóhacia adelante con los antebrazos sobre la mesa, y atisbé un reloj deoro. Demasiado dorado para ser oro.
?¿Cuál de ellos?
Frunció el entrecejo.
?¿Qué quiere decir con «cuál de ellos»? ¿A cuántos Alexander Woolf conoce?
Moví los labios mientras contaba en silencio.
?Cinco.
Suspiró, irritado. Vamos, muchacho, tranquilízate.
?El Alexander Woolf al que me refiero ?explicó con ese tonoparticular de sarcástica pedantería que cualquier inglés detrás de unamesa termina por introducir en algún momento? tiene una casa en LyallStreet, Belgravia.
?Lyall Street. Por supuesto. Vaya, vaya. Entonces, seis.
O'Neal miró a Solomon, pero no encontró ninguna ayuda por ese lado. Se volvió hacia mí con una sonrisa siniestra.
?Le pregunto, señor Lang, qué sabe de él.
?Tiene una casa en Lyall Street, Belgravia. ¿Le sirve de ayuda?
Esta vez, O'Neal lo intentó por otro frente. Inspiró hondo y exhalópoco a poco, con la intención de que creyese que detrás de aquel cuerporegordete acechaba una máquina de matar bien engrasada, y que por unquítame allá esas pajas saltaría por encima de la mesa y me daría unapaliza de padre y muy señor mío. Fue una representación patética. Abrióun cajón y sacó una carpeta de fuelle, y a continuación comenzó abuscar con furia en su interior.
?¿Dónde estaba usted anoche a las diez y media?
?Haciendo windsurf en la Costa de Marfil ?contesté casi antes de que acabase de preguntar.
?Le he formulado una pregunta seria, señor Lang. Le aconsejo que, por su bien, me responda con seriedad.
?Pues yo le digo que no de su incumbencia.
?Mi incumbencia es... ?comenzó.
?Su incumbencia es la defensa. ?Esta vez grité, grité de verdad, ypor el rabillo del ojo vi que Solomon se había vuelto para mirar?. Y austed le pagan para defender mi derecho a hacer lo que se me antoje sintener que responder a un montón de preguntas estúpidas. ?Volví al tononormal?: ¿Alguna cosa más?
No respondió, así que di media vuelta y caminé hacia la puerta.
?Adiós, David.
Solomon tampoco me respondió. Ya tenía la mano en el pomo cuando O'Neal habló.
?Lang, quiero que sepa que puedo hacer que lo detengan en cuanto salga de este edificio.
Me volví para mirarlo.
?¿Acusado de qué?
De pronto, eso no me gustó. No me gustó porque, por primera vez desde que había entrado en su despacho, O'Neal parecía relajado.
?Conspiración para cometer un asesinato.
Se hizo un silencio absoluto.
?¿Conspiración?

Ya sabes cómo es cuando te ves arrastrado por el devenir de losacontecimientos. Normalmente, las palabras son enviadas desde elcerebro hacia la boca, y en algún punto del recorrido te tomas unmomento para comprobar que, efectivamente, sean las que has pedido yque estén bien envueltas, antes de que lleguen al paladar y salgan alaire libre.
Pero cuando te ves arrastrado por el devenir de losacontecimientos, la parte de tu mente que se encarga de la comprobaciónte deja tirado más de una vez.
O'Neal había pronunciado cinco palabras: «Conspiración para cometer un asesinato.»
La palabra correcta que había que repetir con un tono deincredulidad era «asesinato»; sólo una parte muy pequeña, ypsiquiátricamente perturbada, de la población quizá hubiese optado por«para»; pero la única palabra de las cinco que no debería haberescogido de ninguna manera era «conspiración».
Por supuesto, de haber repetido la conversación, hubiese hecho las cosas de otra forma muy diferente. Pero no lo hicimos.

Solomon me miraba, y O'Neal miraba a Solomon. Me apresuré a utilizar la escoba y el recogedor verbal.
?¿De qué demonios habla? ¿No tiene nada mejor que hacer? Si serefiere a ese asunto de anoche, entonces tendría que saber, si leyó mideclaración, que nunca había visto antes al tipo, que me vi obligado adefenderme contra un ataque ilegal, y que en el transcurso de larefriega, el tipo... se golpeó la cabeza...
De pronto fui consciente de lo mal que sonaba eso.
?La policía ?continué? se declaró del todo satisfecha, y...
Me interrumpí.
O'Neal se había echado hacia atrás en la silla con las manosentrelazadas detrás de la nuca. Tenía una mancha de sudor del tamaño deuna moneda de un euro en cada axila.
?Por supuesto que se declaró satisfecha, ¿por qué no iba ahacerlo? ?replicó, muy complacido consigo mismo. Esperó a que yo dijesealgo, pero no se me ocurrió nada, así que lo dejé seguir?. Porque nosabían lo que sabemos ahora.
Exhalé un suspiro.
?Ay, Señor, me fascina tanto esta conversación que acabaré portener una hemorragia nasal. ¿Qué sabe ahora que es tan puñeteramenteimportante como para que me hayan arrastrado hasta aquí a esta horafrancamente ridícula de la mañana?
?¿Arrastrado? ?enarcó las cejas hasta casi la línea de lacabellera, de haberla tenido. Miró a Solomon?. ¿Arrastró usted hastaaquí al señor Lang?
O'Neal se había vuelto de pronto campechano y juguetón, yresultaba algo nauseabundo. Solomon debió de quedarse pasmado, porqueno respondió.
?Estoy desperdiciando mi vida en esta habitación ?afirmé, irritado?. Por favor, vaya al grano.
?De acuerdo. Ahora sabemos, pero la policía no lo sabía hace unrato, que hace una semana tuvo usted una reunión con un traficante dearmas canadiense llamado McCluskey. McCluskey le ofreció cien mildólares si... eliminaba a Woolf. Ahora sabemos que usted se presentó enla casa de Woolf en Londres y que se enfrentó con un hombre llamadoRayner, alias Wyatt, alias Miller, empleado legítimamente por Woolfcomo guardaespaldas. Sabemos que Rayner resultó gravemente herido comoresultado de esta confrontación.
Mi estómago parecía haberse contraído hasta alcanzar el tamaño yla densidad de una pelota de golf. Una gota de sudor bajó sin muchapericia por mi espalda.
?Sabemos que, a pesar de su relato a la policía ?prosiguióO'Neal?, se hicieron no una sino dos llamadas al teléfono deemergencias; la primera sólo fue para pedir el envío de una ambulancia,y la segunda para reclamar la presencia de la policía. Las llamadas sehicieron con un intervalo de quince minutos. Sabemos que usted le dio ala policía un nombre falso por razones que todavía desconocemos. Porúltimo ?me miró como un mal mago con la chistera llena de conejos?,sabemos que transfirieron la cantidad de veintinueve mil cuatrocientaslibras, equivalente a cincuenta mil dólares norteamericanos, a sucuenta bancaria en el Swiss Cottage hace cuatro días. ?Cerró la carpetacon determinación y sonrió?. ¿Qué le parece?

Me había sentado en una silla en el centro del despacho de O'Neal.Solomon había salido para preparar una taza de café para mí y unainfusión de manzanilla para él, y el mundo comenzaba a girar un pocomás despacio.
?Escuche ?dije?, es absolutamente obvio que, por alguna razón, alguien me ha tendido una trampa.
?Explíqueme, por favor, señor Lang, por qué la conclusión es obvia.
De nuevo iba de campechano. Respiré hondo.
?En primer lugar, no sé nada de ese dinero. Cualquiera pudo hacerlo, desde cualquier banco del mundo. Es muy sencillo.
O'Neal quitó el capuchón de su Parker Duofold con mucha alharaca y escribió algo en un bloc.
?Después tenemos a la hija. Ella presenció la pelea. Respaldó ladeclaración que hice anoche a la policía. ¿Cómo es que no está aquí?
Se abrió la puerta y Solomon entró de espaldas, cargado con trestazas. Se había quitado la gabardina marrón en alguna parte, y ahoralucía un cárdigan con cremallera del mismo color. Era obvio que aO'Neal le molestaba, e incluso yo fui capaz de ver que no encajaba conel resto de la habitación.
?Tenemos la intención de entrevistar a la señorita Woolf en elmomento oportuno, se lo aseguro. ?O'Neal bebió un sorbo de café conmucha delicadeza?. Sin embargo, lo que más preocupa ahora mismo a estedepartamento es usted. Señor Lang, se le pidió que cometiese unasesinato. Con o sin su consentimiento, transfirieron dinero a sucuenta corriente. Se presentó en la casa del objetivo y casi mató a suguardaespaldas. Después...
?Pare el carro. Pare el carro por un puñetero momento. ¿De qué vatodo ese rollo del guardaespaldas? Woolf ni siquiera estaba en la casa.
O'Neal me devolvió la mirada con un descaro muy desagradable.
?Quiero decir que... ?continué?, ¿cómo puede ser que unguardaespaldas esté guardando una espalda que no está en el mismoedificio? ¿La guarda por teléfono? ¿O es que se trata de unguardaespaldas?
?Usted registró la casa, ¿no es así, Lang? ¿Entró en la casa ybuscó a Alexander Woolf? ?una torpe sonrisa apareció fugazmente en surostro.
?Ella me dijo que no estaba ?repliqué, enfadado por su contento?. En cualquier caso, que le den.
Torció el gesto.
?No obstante ?continuó?, dadas las circunstancias, su presencia enla casa le hace merecedor de nuestro tiempo y de nuestros esfuerzos.
Seguía sin sacar el agua clara.
?¿Por qué? ¿Por qué ustedes y no la policía? ¿Por qué Woolf es tanespecial? ?Miré a O'Neal y después a Solomon?. Ya puestos, ¿qué tengoyo de especial?
Sonó el teléfono en la mesa de O'Neal y él lo cogió con garbo.Pasó el cordón por detrás del codo al tiempo que acercaba el auriculara la oreja. Me miró mientras hablaba.
?¿Sí? Sí... Desde luego. Gracias.
El teléfono volvió a su lugar y durmió el sueño de los justos en uninstante. Ver cómo lo manejaba me hizo comprender que el teléfono erael arte de O'Neal.
Anotó algo en el bloc y llamó a Solomon. Este último leyó lo escrito, y después ambos me miraron.
?¿Tiene usted una arma de fuego, señor Lang?
O'Neal lo preguntó con una amplia sonrisa. ¿Ventanilla o pasillo?
Noté un cosquilleo muy desagradable en la boca del estómago.
?No.
?¿Tiene acceso a armas de fuego de cualquier tipo?
?No desde que dejé el ejército.
?Desde luego. ?O'Neal asintió para sí mismo e hizo una larga pausaque dedicó a comprobar si había anotado correctamente todos losdetalles?. Por tanto, la noticia de que una pistola Browning delcalibre 9 mm, con quince proyectiles, ha sido encontrada en suapartamento es una sorpresa para usted...
Lo pensé.
?Me sorprende más que se haya realizado una búsqueda en mi apartamento.
?Eso no viene al caso. Exhalé un suspiro.
?De acuerdo. No, no me sorprende mucho.
?¿A qué se refiere?
?Comienzo a comprender de qué va todo este rollo. ?O'Neal y Solomonpermanecieron inexpresivos?. Ya está bien. Cualquiera dispuesto agastar treinta mil libras en hacerme parecer un pistolero de alquilerpresumiblemente no pondrá pegas a gastar otras trescientas para hacermeparecer un pistolero de alquiler que tiene una arma para alquilar.
O'Neal jugueteó con su labio inferior durante un momento, loapretó con el pulgar y el índice y tiró primero para aquí y despuéspara allá.
?Tengo un problema, ¿no es así, señor Lang?
?¿Lo tiene?
?Sí, diría que lo tengo. ?Se soltó el labio, que quedó como unpuchero bulboso, como si no quisiese recuperar su formato original?. Esusted un asesino, o bien alguien intenta hacer que lo parezca. Elproblema es que todas las pruebas que están en mi poder confirman ambasposibilidades. Es realmente muy difícil.
Me encogí de hombros.
?Es por eso por lo que le dieron una mesa tan grande ?repuse.

Al final tuvieron que dejarme ir. Por alguna razón que sólo ellosconocían, no querían involucrar a la policía con la excusa de tenenciailícita de una arma de fuego, y el Ministerio de Defensa no dispone,hasta donde yo sé, de sus propios calabozos.
O'Neal me pidió el pasaporte, y antes de que pudiese contarle unatrola de que lo había perdido en la lavadora, Solomon lo sacó delbolsillo del pantalón. Me dijeron que debía permanecer localizable, yque les informase si me abordaban más desconocidos. No pude hacer másque asentir.
Salí del edificio y, mientras cruzaba St. James's Park con unpocas veces visto sol primaveral, traté de descubrir si me sentíadiferente al saber que Rayner sólo había intentado hacer su trabajo.También me pregunté cómo no había sabido que era el guardaespaldas deWoolf, o incluso que tenía uno.
Pero mucho, mucho más importante que eso era por qué no lo sabía la hija de Woolf.

TRES

A Dios y al médico nos gusta adorar, pero sólo en peligro, antes ni hablar.
JOHN OWEN

La verdad es que sentía pena de mí mismo.
Estoy habituado a no tener un penique, y el paro y yo somos algomás que simples conocidos. He sido abandonado por las mujeres queamaba, y he tenido dolores de muelas de campeonato. Pero, de algunamanera, ninguna de estas cosas se puede comparar con el sentimiento deque tienes al mundo en tu contra.
Comencé a pensar en los amigos a los que podía acudir en busca deayuda, pero, como siempre ocurre cuando intento hacer esta clase deauditoría social, comprendí que la mayoría de ellos estaban en elextranjero, muertos, casados con personas que no me podían ver ni enpintura. O quizá es que no eran realmente mis amigos, ahora que lopensaba.
Ésta es la razón por la que me vi en la cabina de un teléfono público en Piccadilly, dispuesto a hablar con Paulie.
?En estos momentos se encuentra en los juzgados ?me informó una voz?. ¿Quiere dejarle un mensaje?
?Dígale que ha llamado Thomas Lang, y que si no aparece porSimpson's en la calle Strand a la una en punto, dispuesto a invitarme acomer, no ejercerá nunca más la abogacía.
?Nunca más... la abogacía ?repitió la secretaria?. Le transmitiré el mensaje cuando llame, señor Lang. Buenos días.

Paulie ?Paul Lee en la placa? y yo manteníamos una relación poco usual.
Era poco usual en el sentido de que nos veíamos más o menos cadados meses, de una manera estrictamente social ?bares, cenas, funcionesteatrales, la ópera, que a Paulie le encantaba? y, sin embargo, ambosadmitíamos sin tapujos que no nos caíamos bien. Ni lo más mínimo. Sinuestros sentimientos hubiesen sido fuertes como el odio, entoncesquizá podrías interpretarlo como una retorcida expresión de afecto.Pero no nos odiábamos; sencillamente, no nos caíamos bien, nada más.
Paulie me parecía un cerdo ambicioso y despreciable, y él me teníapor un vago indigno de toda confianza y un patán. La única cosapositiva que se podía decir de nuestra «amistad» es que era mutua. Nosencontrábamos, pasábamos una hora o poco más en compañía el uno delotro y después nos separábamos con aquella suprema sensación de «bueno,ya está, menudo plasta», por ambas partes. A cambio de invertircincuenta libras en atiborrarme de rosbif y clarete, Paulie no teníaempacho en reconocer que el sentimiento de superioridad que sentíacuando me invitaba equivalía exactamente a cincuenta libras.
Tuve que pedirle una corbata al maitre d'hótel, y él se vengódándome a elegir entre una roja y una roja, pero a las doce cuarenta ycinco estaba sentado a una de las mesas de Simpson's, ocupado en ahogarparte de lo desagradable de la mañana en una copa de vodka con tónica.Muchos de los demás comensales eran norteamericanos, lo que explica quesirviesen más ternera que cordero. A los norteamericanos nunca les hagustado mucho eso de comer ovejas; creo que lo consideran afeminado.
Paulie apareció a la una en punto, pero sabía que no dejaría de excusarse por llegar tarde.
?Perdona la espera ?dijo?. ¿Qué bebes? ¿Vodka? Otro para mí.
El camarero se marchó, y Paulie echó un vistazo al comedor. Sealisó la corbata y adelantó la barbilla un par de veces para aliviar lapresión del cuello de la camisa en los pliegues del cogote. Comosiempre, llevaba el pelo esponjado e impoluto. Afirmaba que eso lesgustaba a los jurados, pero, desde que lo conozco, el amor por su peloha sido siempre la debilidad de Paulie. La verdad es que no ha tenidomucha suerte con el físico, pero como consuelo por su cuerpo bajo yrechoncho, Dios le ha dado una soberbia melena que probablementeconservará, con diferentes tonalidades, hasta que cumpla los ochenta.
?Salud, Paulie ?dije, y le di un buen viaje a mi copa.
?Salud. ¿Cómo te van las cosas? ?Paulie nunca te miraba cuandohablaba. Podías estar con la espalda contra un muro, que él miraría porencima de tu hombro.
?Bien, bien. Y tú, ¿qué me cuentas?
?Después de todo, conseguí que absolvieran al mariconazo. ?Sacudióla cabeza, pensativo. Un hombre perpetuamente asombrado por sus propiascapacidades.
?No sabía que te dedicaras a las mariconadas, Paulie.
No sonrió. Paulie sólo se reía los fines de semana.
?No ?respondió?. El tipo del que te hablé. Mató a su sobrino con una pala. No irá al talego.
?Pero si dijiste que lo había hecho.
?Lo hizo.
?Entonces, ¿cómo pudiste...?
?Mentí como un bellaco. ¿Qué vas a pedir?

Hablamos de la marcha de nuestras respectivas carreras mientrasesperábamos la sopa. Paulie me aburrió soberanamente con cada uno desus triunfos, y yo lo deleité con cada uno de mis fracasos. Me preguntócómo iba de pasta, aunque ambos sabíamos que no tenía la más mínimaintención de hacer algo al respecto si no tenía. Yo le pregunté por susvacaciones, pasadas y futuras. Paulie da mucha importancia a susvacaciones.
?Hemos alquilado un barco en el Mediterráneo. Buceo, windsurf, lo que quieras. Cocina de cinco tenedores, todo.
?¿Vela o motor?
?Vela. ?Frunció el entrecejo por un instante, y de pronto parecióveinte años más viejo?. Aunque ahora que lo pienso, es probable quetenga motor. Claro que hay una tripulación que se encarga de todas esascosas. ¿Tú harás vacaciones?
?No me lo he planteado.
?Claro que tú siempre estás de vacaciones, ¿no? No tienes de qué tomarte vacaciones.
?No lo habría podido decir mejor, Paulie.
?¿Trabajas en algo? Desde el ejército, ¿qué has hecho?
?Cónsultoría.
?Consúltame el culo.
?No creo que pueda permitírmelo, Paulie.
?Sí, vale. Vamos a preguntarle a nuestro consultor de catering qué coño pasa con nuestra sopa.
Mientras mirábamos en derredor en busca del camarero, vi a mis perseguidores.
Dos hombres, sentados a una mesa junto a la puerta, que bebían aguamineral y que observaron con mucho interés el techo cuando miré en sudirección. El mayor parecía haber sido diseñado por el mismo arquitectoque había hecho a Solomon, y el más joven parecía empeñado en seguirpor el mismo camino. Parecían unos tipos sensatos, y por el momento mealegró tenerlos cerca.
Tras la llegada de la sopa, y después de que Paulie la probó ydictaminó que era pasable, moví la silla y me incliné hacia él. Laverdad era que no había pensado en picotear en su cerebro, porque, paraser sincero, aún no estaba adecuadamente maduro. Pero tampoco perderíanada si lo intentaba.
?¿El apellido Woolf significa algo para ti, Paulie?
?¿Persona o compañía?
?Persona. Creo que norteamericano. Empresario.
?¿Qué ha hecho? ¿Conducir borracho? Ya no me ocupo de esas cosas, y si lo hago, es por un saco de dinero.
?Hasta donde sé, no ha hecho nada. Sólo me preguntaba si habías oído hablar de él. La compañía es Gaine Parker.
Paulie se encogió de hombros y partió a trozos un panecillo.
?Podría averiguarlo. ¿Por qué te interesa?
?Es por un trabajo. Lo rechacé, pero me pica la curiosidad.
Asintió y engulló un trozo de pan.
?Di tu nombre para un trabajo hará cosa de un par de meses.
Detuve la cuchara a medio camino entre el plato y mi boca. No erapropio de Paulie meter baza en mi vida, y mucho menos intentarayudarme.
?¿Qué clase de trabajo?
?Un tipo canadiense. Buscaba a alguien para un trabajo muscular. Guardaespaldas, o algo por el estilo.
?¿Cómo se llamaba?
?No lo recuerdo. Creo que empezaba por J.
?¿McCluskey?
?McCluskey no empieza con J, ¿no? No, era Joseph, Jacob, algo así. ?Desistió rápidamente del intento de recordar?. ¿Te llamó?
?NO.
?Vaya. Creí que lo había convencido.
?¿Le diste mi nombre?
?No, le di el número que calzas. Claro que le di tu nombre. Bueno,no en seguida... Le recomendé a unos detectives privados que solemoscontratar. Tienen a unos cuantos gigantones para trabajos deguardaespaldas, pero no los quiso. Quería a alguien particular. Un exmilitar, dijo. Tú fuiste la única persona que se me ocurrió. Aparte deAndy Hicks, pero él está ganando doscientas mil al año en un bancomercantil.
?Estoy conmovido, Paulie.
?No tienes por qué.
?¿Cómo lo conociste?
?Había venido a ver a Toffee, y me liaron.
?¿Toffee es una persona?
?Spencer, el socio principal. Se apoda a sí mismo Toffee. No sé por qué. Algo que ver con los caramelos.
Me sumí en la más profunda reflexión.
?¿No sabes por qué había ido a ver a Spencer?
?¿Quién dice que no lo sé?
?¿Lo sabes?
?No.
Paulie había fijado la vista en algún lugar detrás de mi cabeza yme volví para ver qué miraba. Los dos hombres junto a la puerta sehabían levantado. El mayor le dijo algo al jefe de comedor, que envió aun camarero hacia nuestra mesa. Algunos de los demás comensalesobservaron la escena.
?¿El señor Lang?
?Yo soy Lang.
?Tiene una llamada, señor.
Me encogí de hombros en dirección a Paulie, que se lamía el dedo para utilizarlo en la recogida de las migas del mantel.
Para cuando llegué a la puerta, el más joven de los dos sabuesoshabía desaparecido. Intenté captar la mirada del más viejo, peroobservaba con gran detenimiento una litografía en la pared. Cogí elteléfono.
?Amo ?dijo Solomon?, algo va mal en Dinamarca.
?Vaya, qué pena. Con lo bien que iban las cosas antes.
Solomon comenzó a responder, pero se oyó un chasquido y un golpe, y la voz chillona de O'Neal sonó en mi oído.
?¿Lang, es usted?
? El mismo que viste y calza.
?La chica, Lang. Debería decir la joven. ¿Tiene alguna idea de dónde podría estar en este momento?
Me eché a reír.
?¿Me pregunta a mí dónde está?
?Así es. Tenemos problemas para localizarla.
Miré al perseguidor, que seguía contemplando la litografía.
?Lamentablemente, señor O'Neal, no puedo ayudarlo. Verá, nodispongo de nueve mil empleados y un presupuesto de veinte millones delibras para dedicarlos a encontrar a la gente y seguir su rastro. Detodas formas, le recomiendo que pruebe con el personal de seguridad delMinisterio de Defensa. Se supone que son expertos en este tipo decosas.
Pero él había colgado cuando yo iba por la mitad de la palabra «defensa».

Dejé que Paulie pagara la cuenta y tomé el autobús a Holland Park.Quería ver el estropicio que la panda de O'Neal había hecho en miapartamento, y también ver si había algún nuevo intento de contacto detraficantes de armas canadienses con nombres sacados del AntiguoTestamento.
Los sabuesos de Solomon subieron al autobús conmigo, y sededicaron a mirar a través de las ventanillas como si fuese su primeravisita a Londres.
Cuando llegamos a Notting Hill, me acerqué a ellos.
?Podemos bajar juntos ?dije?. Os evitaréis tener que regresar a la carrera desde la siguiente parada.
El mayor no me hizo caso, pero el joven sonrió. Al final, bajamosjuntos, y ellos se quedaron al otro lado de la calle mientras yoentraba en casa.
Habría sabido que habían entrado en mi casa sin que me lo dijesen.No esperaba que hubiesen cambiado las sábanas y pasado la aspiradora,pero podrían haber hecho un trabajo menos chapuza. Ni uno solo de losmuebles estaba en el lugar correcto, las pocas pinturas que poseo seencontraban torcidas, y los libros de las estanterías estaban en otroorden. Incluso habían puesto otro CD en el reproductor, o quizáconsideraron que el profesor Longhair era la música más adecuada parauna búsqueda.
No me molesté en devolver las cosas a su lugar original. Entré en la cocina, encendí la tetera eléctrica y pregunté en voz alta:
?¿Té o café?
Se oyó un suave frufrú en el dormitorio.
?¿O quizá prefiere una Coca-Cola?
Permanecí de espaldas a la puerta mientras la tetera jadeaba en sucamino al hervor, pero aún así la oí cuando apareció en el umbral. Echéuna cucharadita de café soluble en una taza y me volví.
Esta vez, Sarah Woolf no vestía una bata de seda, sino que llevabaun tejano desteñido y un polo de algodón gris oscuro. Llevaba elcabello recogido, sujeto de esa manera que algunas mujeres tardan cincosegundos en sujetar, y otras, cinco días. Como complemento de color,llevaba una automática Walther TPH calibre 22 mm en la mano derecha.
La TPH es bonita. No tiene casi retroceso, carga seis balas, ytiene un cañón de seis centímetros. También es absolutamente inútilcomo arma de fuego, porque a menos que puedas garantizar que con elprimer disparo harás diana en el corazón o el cerebro, lo único queconseguirás es cabrear muchísimo al tipo al que le disparas. Para lamayoría, una merluza fresca es el arma más adecuada.
?Bien, señor Fincham ?dijo ella?, ¿cómo ha sabido que estaba aquí?
Su voz era tan bella como su aspecto.
?Fleur de Fleurs. La Navidad pasada le regalé un frasco a mi asistenta, pero sé que no lo usa. Tenía que ser usted.
Echó una ojeada con un escepticismo casi ofensivo.
?¿Tiene una asistenta?
?Sí, lo sé. Dios la bendiga a la pobre. Ya no es lo que era. Laartritis. No limpia nada por debajo de las rodillas o por encima delhombro. Procuro ensuciar sólo a la altura de la cintura, pero algunasveces... ?Sonreí. Ella no?. Ya que ha sacado el tema, ¿cómo entró?
?No estaba cerrado.
Sacudí la cabeza, profundamente disgustado.
?Eso sí que es una chapuza. Tendré que escribirle a mi diputado.
?¿Qué?
?Este lugar fue registrado esta mañana por miembros de losservicios de seguridad británicos. Profesionales, entrenados con eldinero de los contribuyentes, y ni siquiera son capaces de cerrar lapuerta cuando acaban. ¿Qué clase de servicio es ése? Sólo tengoCoca-Cola light. ¿Le apetece?
El arma continuaba apuntando más o menos en mi dirección, pero no me siguió hasta la nevera.
?¿Qué buscaban? ?Ahora miraba a través de la ventana. La verdad es que parecía que había tenido una mañana de perros.
?No me importa. Tengo una camisa de estopilla en el fondo de mi armario. Quizá ahora sea una ofensa contra la realeza.
?¿Encontraron una arma? ?Seguía sin mirarme. La tetera se desconectó y eché un poco de agua caliente en la taza.
?Sí.
?El arma que iba a utilizar para matar a mi padre.
No me volví. Continué preparándome el café.
?No existe tal arma. El arma que encontraron fue puesta aquí poralguien que quería que pareciese que iba a utilizarla para matar a supadre. Funcionó.
Ahora me miraba directamente, y también miraba la pistola. Perosiempre me he enorgullecido de la frialdad de mi sangre, así que echéuna nube de leche en el café y encendí un cigarrillo. Eso la enfureció.
?Un hijo de puta más chulo que un ocho, ¿no?
?No soy yo quien debe decirlo. Mi madre me quiere.
?¿Sí? ¿Esa es una razón para que no le dispare?
Yo esperaba que no hablara de armas, o de disparar, porque inclusoel Ministerio de Defensa británico puede permitirse colocar microscorrectamente, pero dado que ella había sacado el tema, no podía hacercaso omiso.
?¿Puedo decir algo antes de que dispare esa cosa?
?Diga.
?Si quería utilizar el arma para matar a su padre, ¿por qué no la llevaba anoche conmigo, cuando fui a su casa?
?Quizá sí la llevaba.
Hice una pausa para beber un sorbo de café.
?Buena respuesta. De acuerdo, y si anoche la llevaba, ¿por qué no la utilicé contra Rayner cuando me estaba rompiendo el brazo?
?Quizá lo intentó. Quizá por eso le rompía el brazo.
Santo cielo, esa mujer me estaba tocando las narices.
?Otra buena respuesta. De acuerdo, respóndame a esto. ¿Quién le dijo que habían encontrado una arma?
?La policía.
?Nada de eso... Puede que dijeran ser de la policía, pero no lo eran.
Había pensado en saltar sobre ella, quizá arrojarle el caféprimero, pero ahora no tenía mucho sentido. Por encima de su hombro,veía a los muchachos de Solomon que cruzaban lentamente la sala, elmayor con un revólver sujeto con las dos manos, y el más joven sólosonriendo. Decidí dejar que las ruedas de la justicia girasen un poco.
?No importa quién me lo dijo ?replicó Sarah.
?Al contrario. Creo que importa y mucho. Si el vendedor de latienda de electrodomésticos dice que la lavadora es estupenda, es unacosa. Pero si el papa de Roma dice que es soberbia, y que elimina lasuciedad incluso con agua fría, es otra muy distinta.
?¿Qué demonios...?
Los oyó cuando los tenía a medio metro, y cuando se volvió, eljoven le sujetó la muñeca y se la torció hacia abajo y hacia afuera deuna manera harto competente. Ella soltó un gritito, y el arma sedeslizó de su mano.
La recogí y se la entregué, la culata por delante, al perseguidormayor. Dispuesto a demostrar lo buen chico que era, aunque el mundo nome hiciese caso.

Sarah y yo estábamos cómodamente embutidos en el sofá sin decirgran cosa, y los dos sabuesos, acomodados junto a la puerta cuandoO'Neal y Solomon hicieron acto de presencia. Con O'Neal, que no dejabade moverse, de pronto pareció como si el apartamento estuvieseabarrotado. Me ofrecí a salir para ir a comprar unos pasteles, peroO'Neal me dedicó su más feroz expresión de «la responsabilidad de ladefensa del mundo occidental descansa sobre mis hombros», así que todosguardamos silencio y nos miramos las manos.
Después de cuchichear con los perseguidores, que se marcharondiscretamente, O'Neal caminó primero para aquí, después para allá,recogió cosas y les enseñó los dientes. Era obvio que esperaba algo yno estaba en la habitación ni tampoco entraría por la puerta, así queme levanté y me acerqué al teléfono. Sonó cuando llegué a su lado. Encontadas ocasiones, la vida es así.
Respondí.
?Estudios Superiores ?dijo una ruda voz norteamericana.
?¿Quién es?
?¿Es usted, O'Neal? ?Había una nota colérica en la voz. No era la clase de tipo al que puedes pedirle una taza de azúcar.
?No, pero el señor O'Neal está aquí. ¿Quién pregunta por él?
?Que se ponga O'Neal al teléfono de una maldita vez ?gritó la voz. Me volví. O'Neal venía hacia mí, con la mano preparada.
?Vaya a que le enseñen un poco de educación ?dije, y colgué.
A esto siguió un breve silencio, y después fue como si montones decosas hubiesen comenzado a pasar al mismo tiempo. Solomon me llevó denuevo al sofá, no con demasiadas asperezas, pero tampoco con excesivasamabilidades. O'Neal les gritaba a los perseguidores, los perseguidoresse gritaban el uno al otro, y el teléfono sonaba de nuevo.
O'Neal lo cogió y de inmediato comenzó a lidiar con el cordónenrollado, que no encajaba nada bien con sus anteriores intentos demostrar una compostura suprema. Era obvio que, en el mundo de O'Neal,había muchos tipos menos importantes que el rudo norteamericano al otroextremo de la línea.
Solomon me sentó de un empellón junto a Sarah, que se apartó conuna mueca de repugnancia. La verdad es que tiene mérito ser detestadopor tanta gente en tu propia casa.
O'Neal asintió con la cabeza y dijo que sí varias veces, y después colgó con delicadeza. Miró a Sarah.
?Señorita Woolf ?dijo con toda la cortesía de que fue capaz?, debeusted presentarse al señor Russell Barnes en la embajada norteamericanatan pronto como le sea posible. Uno de estos caballeros la llevará.
O'Neal desvió la mirada, como si esperase que ella se levantara en el acto y saliera corriendo. Sarah se quedó donde estaba.
?Que le metan un flexo por el culo.
Me reí.
Resultó que fui el único, y O'Neal me dirigió otra de sus cada vezmás famosas miradas. Sarah, por su parte, seguía mirándome, furiosa.
?Quiero saber qué pasa con este tipo ?añadió, señalándome con unmovimiento de la cabeza, y me pareció prudente interrumpir la risa.
?El señor Lang es cosa nuestra, señorita Woolf ?respondió O'Neal?.Usted tiene una responsabilidad con su Departamento de Estado, por...
?Ustedes no son policías, ¿verdad?
O'Neal pareció inquietarse.
?No, no somos policías ?contestó con recelo.
?Pues yo quiero que venga la policía, y quiero que detengan a estetipo por intento de homicidio. Intentó matar a mi padre, y, hasta dondecreo saber, volverá a intentarlo.
?Señorita Woolf, estoy autorizado para informarle...
Se interrumpió, como si fuese incapaz de recordar si realmente lohabían autorizado, y si era así, si el autor iba en serio. Arrugó lanariz y decidió seguir adelante:
?Me han autorizado para informarle de que su padre, en estemomento, es objeto de una investigación de diversas agencias delgobierno de Estados Unidos, con la colaboración de mi propiodepartamento del Ministerio de Defensa. ?Esto cayó al suelo, y nohicimos nada por recogerlo. O'Neal me miró fugazmente?. Depende denuestra mutua decisión si acusamos al señor Lang, o si emprendemoscualquier otra acción que afecte a su padre o a sus actividades.
No soy un gran lector del rostro humano, pero incluso yo vi queesto le caía a Sarah como un jarro de agua fría. Su tez había pasadodel gris al blanco.
?¿Qué actividades? ¿Por qué lo investigan? ?Su voz sonó tensa.O'Neal parecía inquieto, y comprendí que lo aterrorizaba que ella seechase a llorar.
?Sospechamos que su padre ?acabó por añadir? importa estupefacientes a Europa y Norteamérica.
El silencio era total y todos mirábamos a Sarah.
?Su padre es un narcotraficante, señorita Woolf.
Esta vez fue Sarah quien se rió.
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Una Noche De Perros - Dr.House-Leelo aca - Parte 2-3
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