[Artículo] Por qué me gusta el cine para cretinos

Por qué me gusta el cine para cretinos
de Jot Down Cultural Magazine de Miguel López-Neyra



¿Qué por qué me gusta tanto Dos tontos muy tontos? Podría explicarlo aludiendo a ejemplos de una larga e insigne tradición cinematográfica de comedia pueril, humor anárquico dirigido al niño irreflexivo que todos llevamos dentro. Y de hecho voy a hacer precisamente eso en este artículo. Pero pido perdón por empezar hablando de cosas que no le interesan a nadie ?mi cochambrosa vida?, pero es que deberíais saber que la existencia del redactor de Jot Down puede llegar a ser muy surrealista, especialmente si el concepto que tiene uno de ?cultura? no se corresponde con los cánones establecidos en los ámbitos culturetas en los que, a su pesar, uno se desenvuelve a veces. El otro día, una amiga supo que de vez en cuando publicaba en esta revista digital? y su primera reacción fue pedirme que escribiese un artículo sobre Lars Von Trier. Tal como lo cuento. Un artículo sobre Lars Von Trier? en pleno verano, con doscientos cincuenta mil grados a la sombra y las cigarras emigrando a Islandia en busca de oxígeno. Evidentemente, el momento del año más indicado para sentarse en un sofá a sudar la gota gorda y respirar boqueando como las sardinas mientras perecemos disfrutando de la refrescante obra de Von Trier o del alienado de Michael Haneke, filmografías estivales donde las haya. Mi amiga es así: al parecer, para ella todo el año es invierno. Hay gente que opina que la cultura con mayúsculas sólo puede tener forma de cálculo renal y que hay que sufrirla para poder contarla. Naturalmente, la idea de escribir sobre Von Trier en estas fechas me pareció poco apetecible. ¿Dogville a la hora de la siesta, mientras el inclemente sol regula el ambiente a la temperatura de un horno panadero? Sí, por favor.

Naturalmente, le pregunté si pensaba que mi cerebro viene con ventilador como los Pentium. Su respuesta inmediata (?¿Qué cerebro??) me dio una pista sobre mi propia naturaleza y la necesidad de buscar otra manera de enfocar el hecho cultural, el fenómeno cinematográfico y todo lo que ellos conlleva como definición de uno mismo ante los demás. ¿Por qué siempre que hablamos de cine y queremos quedar bien ante según quiénes hemos de ponernos exquisitos y recurrir a los clásicos universales o a los nombres más de moda entre los lectores de folletines de tendencias? Hay momentos en los que a uno sencillamente le apetece tener la mente en blanco y soltar cuatro risas flojas; el periodo comprendido entre mayo y octubre es uno de esos momentos. El periodo comprendido entre noviembre y abril, es otro. La comedia chorra siempre es bienvenida, pero, ¿a qué llamamos comedia chorra?
Sean Penn. La ternura.


Ciertamente, el mundo llegó a olvidar que una comedia ?ligera? podía ser algo diferente a una perfumada caja de algodón con dos muñecos de Rock Hudson y Doris Day en el interior. Comedia ?amable? o comedia ?blanca? no son necesariamente términos intercambiables con comedia ?chorra?. La comedia puede ser chorra sin ser blanca ni mucho menos amable. Todos tenemos la tendencia a admirar a los grandes maestros del sarcasmo, a esos tipos que sentencian sobre los aspectos más serios de la vida pero lo hacen con un humor cortante e intelectualmente agudo. Los vemos como iluminados e instrumentos máximos de la subversión, pero eso es cualquier cosa excepto comedia ?chorra?. De hecho, es una forma muy intelectual de comedia. Hay otra forma más afilada de subversión que es no la de ser sarcástico, sino la de burlarse del sarcasmo mismo, la de reírse del mundo sin el más mínimo asomo de intelectualidad. Es la idea de que no todo chiste ni ocurrencia han de estar sometidos a un propósito concreto, de que no han de estar siempre dirigidos a un blanco determinado. Hay cosas que son hilarantes por sí mismas y no necesitan tener detrás ningún tipo de contenido intelectual elaborado. No es la primera vez que alabo esa obra maestra del ?cine cretino? que es Dos tontos muy tontos, en la que Jim Carrey reinó por todo lo alto refinando al máximo su personaje de párvulo con cuerpo de adulto, aquella película donde un temerario Jeff Daniels se jugó todo su prestigio profesional a una carta aceptando interpretar a un completo retrasado mental. Pero no un retrasado en plan película de Sean Penn para ver si le daban el oscar, no. Uno de esos a los que les cuelgan los mocos: haciendo aquello, la posibilidad de ganar el Globo de Oro para Daniels era igual a cero. Pero lo hizo. Aunque hay personas inteligentes que no soportan el visionado de ese maravilloso recital de estupidez que es Dos tontos muy tontos, me consta que para muchas otras personas también inteligentes es un título de cabecera. Puede que los chistes sobre periquitos sin cabeza no satisfagan  todas las sensibilidades, lo admito, pero esa película es para muchos de nosotros como un oasis de liviandad en una vida repleta de sinsabores, recortes gubernamentales y canciones de Vetusta Morla.

Cuando le comenté a mi amiga ?vale, sí, es imaginaria, pero ¡qué gran recurso narrativo!? que prefería escribir sobre Dos tontos muy tontos antes que hacerlo sobre el pelmazo de Lars Von Trier, me miró como si yo solito me hubiese derramado la papilla sobre el babero. Sólo le faltó ponerme en su regazo para limpiarme y la verdad es que me sentí un tanto menoscabado en cuanto a mi propia capacidad intelectual (?¿será verdad que soy un imbécil??). Lo cual, la verdad, me parece una injusticia. Digámoslo francamente: ¡el cine de cretinos es un género respetable! Y creo que tenemos derecho a decirlo con la cabeza bien alta sin que pretendan matricularnos para el curso entrante del jardín de infancia.
Si ellos lo hicieron, es que estaba bien.


Probablemente habría que retroceder hasta pioneros como los hermanos Marx para rastrear los orígenes de este tipo de cine. Sus películas eran más bien un compendio de diferentes tipos de humor: desde el más ingenioso y afilado, generalmente expresado en los diálogos de Groucho, hasta el más básico e infantil encarnado por Harpo, pasando por el cinismo más populachero de Chico. Aquellas películas podían gustar por igual a un niño de teta, a un obrero no cualificado y a un doctor en física. Los Marx pueden ser considerados unos pioneros porque, pese a tratarse de personas sumamente inteligentes, nunca se molestaron en intentar revestirse de una pátina de trascendencia como sí hacía de vez en cuando Chaplin. El creador de Charlot fue probablemente el más grande actor de comedia de todos los tiempos, sobre todo en su etapa de cortometrajes con Keystone, Mutual y demás. Pero para empezar no podía evitar terminar reflejando sus problemáticos orígenes a la pantalla: un padre alcohólico, una madre psicológicamente inestable, poco dinero? Chaplin creyó que con el triunfo había llegado el momento de ponerse serio y trasladar sus enseñanzas a la humanidad (mientras se acostaba con alguna que otra menor); ello siempre se me ha antojado un pequeño paso atrás con respecto al maravilloso cinismo de sus primeros años. A los Marx no les sucedió lo mismo. Sus orígenes eran similares a los de Chaplin, y desde luego tampoco les faltaba una considerable faceta intelectual ?de hecho, francamente superior a la de su homólogo inglés?, pero no necesitaron que el mundo reconociera su lado profundo. Los hermanos Marx no iban por ahí buscando respetabilidad, quizá porque con su experiencia teatral sabían bien que el público ?exquisito? es siempre una minoría. Así que, pese a la más que considerable inteligencia de los hermanos, las estupideces tenían una cuota preponderante en sus trabajos cinematográficos, que por lo general dosificaban algunas perlas de genialidad elaborada en mitad de chaparrones de delirante ?slapstick? y una entrañable sensación de caos total ?los rodajes, al parecer, no eran muy distintos a lo que vemos en pantalla?, lo cual quizá espantaba al sector más conservador de la audiencia. Los hermanos Marx eran, de hecho, demasiado modernos para su tiempo: un buen ejemplo era la pobre Margaret Dumont, tan victoriana ella, que apareció como co-protagonista en varios de los más famosos films de los hermanos pero que no entendía una palabra de lo que estaban rodando.

Stallone y Sharon Stone: una vez más, la ternura.


La herencia de los Marx, desgraciadamente, quedó un tanto dispersa tras su retirada del cine y durante algunas décadas no hubo en Hollywood demasiados herederos dispuesto a seguir la estela, sacrificándolo todo en pos de la comedia más descerebrada. A los hacedores de cine, como a todos los artistas, les gusta proyectar una imagen y por lo general quieren que esa imagen les presente como individuos inteligentes, interesantes y profundos. Como casi todo el mundo, vamos. Es más, les encanta que el público crea que son más inteligentes y profundos de lo que realmente son ?lo mejor es que sus seguidores sí suelen creerlo, necesitan creerlo, aunque casi nunca sea cierto? y por ello estos artistas suelen reservar una parte del metraje de sus comedias a demostrarle al mundo que, además de saber hacer reír, tienen un cerebro y un corazoncito. Opción muy respetable, pero que llega a cansar cuando todos los artistas de comedia se empeñan en hacerlo una y otra vez. Resulta difícil encontrar comedias donde no haya alguien intentando demostrar algo. Hay incluso comedias donde Sylvester Stallone intenta demostrar que es gracioso. Voluntariamente gracioso, quiero decir, porqueJudge Dredd es básicamente una de las mejores comedias de todos los tiempos, y una de las pocas películas ?no cómicas? en la que estuvieron a punto de echarme del cine por carcajear incontroladamente fue El especialista, aquella en la que compartía pantalla con Sharon Stone mientras Sharon Stone compartía pantalla con una doble de cuerpo (¿de verdad pensaba que nos íbamos a tragar que ese culo era suyo?).

Con los hermanos Marx retirados del cine y con Chaplin convencido de ser el nuevo Gandhi, la comedia hollywoodiense tendió a formalizarse bastante. Billy Wilder quiso escribir y dirigir una película con los Marx, proyecto que nunca se llevó a cabo a causa de la salud de Harpo y Chico, pero de todos modos ya no parecía haber sitio para aquel humor pueril que los había hecho grandes. Aunque, claro, Groucho fue transformándose en un icono cultural gracias a su afilado ingenio y sus ocurrencias sin fin ?que la televisión ayudó a difundir?, sus libros y su infinito carisma. Mientras Hollywood se consideraba demasiado ?chic? para revivir aquel tipo de vodevil enloquecido, Groucho multiplicó su prestigio hasta un punto fuera del alcance de sus viejas películas, en unos años en que mucha gente las consideraba un producto facilón para espectadores de una época más ingenua. Frente al humor descerebrado que encandilaba al americano de a pie y que encontraba mejor acomodo en la televisión, los estudios cinematográficos solían preferir comedias convencionales, que podían ser muy tontas, sí, pero que lo eran supuestamente de manera ?adulta?. Lo dicho: Rock Hudson y Doris Day. Al parecer, si una película es estúpida pero trata sobre temas adultos como relaciones de pareja e hipotecas, deja de ser una película estúpida y se convierte en ?comedia ligera?.

Peter Sellers, el hombre y la máquina. Todo muy Kubrick. 

Aunque sea de Edwards.

Durante el reinado de la comedia ligera en Hollywood hubo, desde luego, deliciosos ramalazos de humor más directo y tontolaba, pero eran destellos aislados. Por ejemplo, como cuando Blake Edwards ?que a veces podía convertirse en uno de los más estomagantes representantes de la comedia elegante?  decidía contar con los servicios del inefable Peter Sellers. El actor le daba un toque completamente distinto a las películas de Edwards, pero claro, la comicidad de Sellers era demasiado poderosa como para no romper cualquier molde en que lo quisieran meter y Edwards fue lo bastante agudo como para dejarle hacer a su antojo. Un tipo como Sellers, capaz de crear secuencias de humor anárquico incluso en una película del hombre-computadoraStanley Kubrick, puede muy bien ser considerado una fuerza de la naturaleza, algo que transforma cualquier tipo de película en un nuevo género: el de la ?película con Peter Sellers en ella?. Bien demostrado ha quedado lo de que nadie más puede ponerse en la piel del inspector Clouseau y no digamos ya en la piel del mega-cretino protagonista de El guateque. Pero lo de Sellers era, decíamos, un caso aparte.
Se necesitó la llegada de la era hippie para desembarazar a Hollywood del prejuicio de que la comedia debe estar basada en el ingenio elegante o bien en la blanda repetición de estereotipos sobre anécdotas de la vida adulta (esto último es, por cierto y si se me permite la acotación, la gran plaga de muchos monologuistas cómicos españoles). Fue la proliferación de la marihuana y una nueva mentalidad de ?mira, tronco, puedo hablar con el universo a través de este guijarro? la que no tardaría en abrir las puertas de la percepción para un retorno del humor cretino en toda regla. Un buen ejemplo son las primeras películas como director de Woody Allen, gran admirador de los hermanos Marx, que antes de ser considerado un artista profundo y polifacético se dedicó a realizar lo que podemos calificar sin miedo como auténtico ?cine de paridas?: Toma el dinero y correBananas,El dormilónLa última noche de Boris Gruschenko e incluso Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo y no se atrevió a preguntar muestran a un Allen recién salido de la comedia en vivo, que todavía no tenía miedo a gustarle a los risaflojas del mundo, a quien todavía no le importaba arriesgarse a que los espectadores menos perspicaces lo tomasen por aquel idiota que encarnaba en sus films, en definitiva, a que el ambiente de culturetas del que tanto y tan bien solía burlarse desde dentro le perdiese el respeto. Woody Allen hizo el payaso, mucho, y salió indemne porque lo hizo en el momento indicado. Después estrenó Annie Hall, una obra maestra ?ya menos descerebrada? por la que ganó premios mil y que supuso su absoluta consagración como director. Tras el encumbramiento, pasó lo que tenía que pasar: Interiores. Hasta que Allen encontró finalmente el equilibrio entre su faceta sofisticada y profunda por un lado, y aquellas deliciosas chorradas de sus primeras películas por otro. Resulta difícil subestimar el papel de Woody Allen en el desperezamiento del cine de comedia anglosajón. Algo que en el área mediterránea teníamos más asumido ?que el espectador puede reírse sin necesidad que su encéfalo funcione y (recalco este ?y?) sin que se haga comedia ligera? había sido cuidadosamente ignorado por los guionistas punteros de Hollywood, y fue en buena medida Woody Allen quien rompió con esa cadena de complejos. Quizá por su pasado como cómico en directo, conocía bien que buena parte del humor que funciona es más inmediato que reflexivo. En buena parte de su carrera fue muy hábil combinando al Woody más histriónico y alelado con el Woody más intelectual. Un poco como los hermanos Marx, las mejores películas de Allen apelan a diferentes tipos de comedia, desde la más sesuda a la más humilde y sin pretensiones.

Con la pastilla roja, te gustará la película. Con la pastilla azul, verás la película tal y como es realmente. Tú decides.


A mediados de los setenta, los adolescentes fumetas de la década anterior comenzaron a crecer y a obtener empleos en Hollywood y el mundo del espectáculo en general, ya fuese como directores, guionistas, actores, o sencillamente como chicos de los recados que sueltan una parida en el plató y ven cómo la susodicha es inesperadamente incluida en el argumento final. Así, con los abanderados de la nueva generación post-hippie poniéndose no ante la pantalla sino tras las cámaras, finalmente el cine logró representar de manera fidedigna el auténtico humor chorra, la agreste parida automática que tanto divierte al melenudo que está fumando el producto de sus macetas. No sólo Woody Allen había abierto puertas al campo. Algo similar había ocurrido por ejemplo en el Reino Unido, donde jóvenes hartos de comedietas insulsas al estilo  ?como somos británicos tenemos que hacer un juego de palabras hasta para pedir el café? habían formado grupúsculos al estilo deMonty Python, especializados en un humor que aún podemos considerar de inteligente, como el de Allen, pero aún más surrealista y no pocas veces sin sentido. Monty Python se habían dado a conocer en la BBC por sorpresa, con su propia e inesperada versión del humor fumeta, pero pasado por Oxford. Completamente desinhibidos ?ya que, en esencia, en televisión habían triunfado haciendo lo que les daba la gana? estrenaron un film tan deliciosamente faba como Los caballeros de la mesa cuadrada y terminaron de dar la campanada con La vida de Brian, ese compendio enciclopédico de la parida surrealista engarzada en un argumento que a duras penas raya lo coherente (definición que podría aplicarse también a Matrix). Sin embargo, calificar su humor de ?descerebrado? sería ir un tanto lejos? si exceptuamos, claro, a su único miembro norteamericano,Terry Gilliam. Pese a la vocación de histriones del grupo, los Monty Python no dejaban de ser gente de formación universitaria británica y resultaba fácil captar la esencia intelectual que se escondía detrás de su comedia absurda.

Pero como Woody Allen, los Monty Python allanaron el camino que nos llevará hasta Dos tontos muy tontos. El cine norteamericano también siguió la misma estela surrealista cuando un tal John Landis, joven y famélico director de cine que se debatía entre los platós de cine y terminar fregando platos ?de los de comer? en un fast-food, se asoció con el que podemos considerar el equipo de guionistas-chorra por antonomasia: Jim Abrahams y los hermanos Jerry y David Zucker. Aquel trío de escritores llevó el humor fumeta a un nuevo nivel y fue responsable de la nunca suficientemente ponderada Kentucky fried movie, una película que era como la versión gamberra, irresponsable y nada intelectual de los Monty Python. Desde luego eran mucho menos refinados que sus homólogos británicos; lo suyo era un humor más hedonista y masturbatorio, en plan ?vamos a hacer una película para que se rían nuestros colegas?. Dicho de otro modo: la diferencia entre los Python y el trío Abrahams-Zucker-Zucker era la misma que existe entre los estereotipos sobre una universidad inglesa, donde la gente piensa en leer a Shakespeare, y una universidad americana, donde la gente sólo piensa en alcohol, marihuana, tetas y discos de Grand Funk Railroad.

En ?Kentucky Fried Movie? también hay perturbadores momentos Haneke.


Kentucky fried movie ?en España titulada Made in USA? es un artefacto indescriptible donde el humor oligofrénico se celebra a sí mismo con una alegría hasta entonces inusitada. El film homenajeaba su propio humor sin sentido con un desenfado superior incluso al de los Monty Python más alocados y el Woody Allen más pasado de revoluciones. Es más, buena parte de esta película sólo tiene sentido bajo el influjo de sustancias o si uno es genéticamente igual de predispuesto a la gilipollez que los creadores del film. Me consta que hay bastante gente a la que Kentucky fried movie se le atraganta. Es un tipo de comedia que, por describirla de algún modo, parece elaborada por un grupo de alumnos de secundaria después de haberse comido una caja de galletas de cannabis, o sea, nada que vaya a satisfacer a un espectador con deseos de verse a sí mismo como una persona de paladar exquisito. Lo cual, paradójicamente, convierte Kentucky fried movie en una película para ?conoisseurs?. Más tarde, Abrahams y los hermanos Zucker se harían ricos y famosos gracias a Aterriza como puedas y sus innumerables secuelas e imitaciones, que contenían un tipo de humor remotamente similar al de Kentucky fried movie, pero más domesticado y ?aunque parezca mentira? más centrado y formal. Lo curioso es que también entre los fans más acérrimos de las películas de Abrahams-Zucker-Zucker hay a quienes les cuesta captar el humor tan limítrofe de Kentucky fried movie, película repleta de sketches que en ocasiones, por no tener sentido, ni siquiera pueden calificarse ni siquiera como ?surrealistas?. Yo, por descontado, amo esa puñetera película y decenas de detalles forman ya parte de mi bagaje ?intelectual? (es un decir), desde el asombroso juicio a Sheldon Grumwald hasta las andanzas de Rex Kramer, el amante del peligro, pasando por la breve pero definitoria aparición de mi ídolo absoluto, el hombre que ha modelado mis inclinaciones culturales, y tal vez, por qué no decirlo, el personaje más grande de la historia del cine? ¡el único e inimitable chino-alarma!

Kentucky fried movie era la constatación cinematográfica de un hecho notorio: los fumetas también ven películas y si uno filma una película de acuerdo a los gustos de dichos fumetas, acudirán en tromba para verla. Las audiencias de hippies descentrados y jovenzuelos aferrados a una cerveza comenzaron a adquirir importancia. Fue ese sector de público el que hizo grandes a programas cómicos como Saturday night live, show estrella de la televisión nocturna que consiguió lo impensable: que toda una generación de jóvenes se quedase ante el televisor un sábado por la noche. Todo ello gracias a una comedia más desordenada y transgresora que la habitual en televisión, con múltiples referencias a la música rock y con la mente puesta en un espectador fundamentalmente adolescente. Esos mismos espectadores adolescentes convirtieron también en éxito películas como National Lampoon?s Animal House o la más floja pero igualmente famosa Porky?s, notorias representantes del cine para adolescentes? y no ?sobre? adolescentes. También convirtieron en objetos de culto, por ejemplo, las películas de la saga de los héroes del cine fumeta, Richard Cheech yTommy Chong, autores de largometrajes intimistas y trascendentes que harían las delicias de cualquier fanático de Kieslowski. Hablamos de largometrajes sesudos y  como Cheech & Chong?s nice dreams, en España bautizada con el sutilísimo título de Vendemos chocolate. Algunos recordarán los tiempos del videoclub de barrio, cuando un chavalín podía acudir acompañado de un par de compañeros de clase e intentar alquilar la susodicha Vendemos chocolate para verla a escondidas, tras lo cual uno se sentía como si acabase de ingresar en el IRA.

Algunos lo llamarían comedia posmoderna. Yo lo llamo neoexistencialismo retrosimbólico. Para ti, amigo lector, es una película de tomates. De nada.


Hollywood había descubierto el filón del cine para adolescentes, de la comedia descerebrada y el humor sin sentido. Incluso creadores independientes se sumaron al carro y desde diferentes géneros empezó a haber guiños a este tipo de humor. Emergieron nombres de relevancia como Troma y su explotación de una certeza comercial: el cine barato tenía un encanto especial para el público joven de aquellos tiempos, porque se parece al cine que ese mismo público joven hubiese hecho de disponer de los medios necesarios. Troma, de hecho, terminó transformando el terror en comedia intencional. Y no fueron los únicos. El cine no ha de ser ?bueno? para ser espectacular, y de hecho una película barata puede llegar a regodearse sin vergüenza alguna en su propia cochambre, riéndose de sus propias limitaciones, convirtiéndose de paso en un objeto de culto mil veces imitado como esa maravillosa, indescriptible, inenarrable obra maestra del despropósito llamada El ataque de los tomates asesinos. Una película capaz de trasladar Los pájaros de Alfred Hitchcock a una chapucerísima versión protagonizada por hortalizas, era algo que estaba destinado a crear escuela. ¿Qué sucedería si un buen día los tomates se rebelan y deciden atacar a la humanidad? Exacto: que tenemos la película más cretina de todos los tiempos.

Films del estilo de El ataque de los tomates asesinos no intentaban ser marginales para epatar a la audiencia, como sí hacía por ejemplo el cine de John Waters en aquella misma época. Eran películas marginales porque estaban hechas por gente intelectualmente marginal, por guionistas y directores que se había pasado su adolescencia en pandillas de chavales que ligaban poco, fumaban mucho, bebían más y mataban el tiempo poniéndose ciegos, diciendo tonterías y haciendo gamberradas lo más estrafalarias posible. Incluso el hoy director mega-taquillero de la muerte, Peter Jackson, empezó su andadura en esa línea con su indescriptiblemente cutre (y poco recomendable a la hora de la merienda) pero francamente divertida Mal gusto, una película ejemplarmente cafre en la que se mostraba la mentalidad de toda una generación de individuos guiados por el instinto innato de la parida instantánea. Abstenerse estómagos sensibles, como en el día de las elecciones generales.

Hollywood, como decíamos, también se dio cuenta de que existía un público joven ?compuesto mayoritariamente por varones? que era básicamente una masa informe de animales sin aspiraciones existenciales, un público prehistórico que quería ir al cine y sentirse representado fielmente en la pantalla. Esto es: un público que quería alcohol, violencia gratuita, chicas correteando en pelotas y humor troglodita. Hollywood tomó buena nota y tradujo este tipo de cine a sus propias hechuras, algo que convirtió en estrellas a actores como Burt Reynolds, protagonista de El rompehuesos, película de cabecera en la Unesco (estoy convencido) en la que se glorificaba la faceta más antisocial e irracional del deporte, mostrando agresiones gratuitas tratadas desde una perspectiva más bien irresponsable y escasamente educativa.

Los legendarios hermanos Hanson, inmortalizados en ?El castañazo?. Llevan gafas. Parecen inofensivos. Es una trampa.


Y qué decir de Slap shot (El castañazo), la Obra Maestra Absoluta del cine con trasfondo adolescente pero hecho por gente madura de la gran industria. El siempre perspicaz Paul Newman, una de las últimas estrellas de Hollywood que consiguió mantener la cabeza fría en mitad del éxito (sí, esto va por vosotros, Gibson yCruise), fue lo bastante inteligente como para mezclarse en este producto teóricamente (y sólo teóricamente) inferior a lo que se esperaba de él. El héroe del Actor?s Studio, el intérprete consagrado que había encarnado a personajes atormentados, sensibles y complejos, protagonizaba ahora una película sobre un equipo de hockey que convertía sus partidos en orgías de sangre y narices rotas, ¡y que además se enorgullecía de ello! El castañazo no sólo demostró que Paul Newman tenía sentido del humor, sino que se convirtió en un tratado de psicología masculina que toda mujer debería ver si de verdad quiere entender a los hombres. En la película El castañazo, todos los personajes masculinos son invariablemente imbéciles, inmaduros y/o egoístas, cuando no directamente retrasados mentales. Las mujeres, en cambio, son inteligentes y sensatas? aunque, claro, no se libran de su dosis de crítica, ya que a menudo esas mismas mujeres inteligentes aparecen como conformistas y pese a su aparentemente muy superior madurez, incluso sometidas a la voluntad del imbécil de turno. El delicioso maniqueísmo genérico de El castañazo era un ejercicio de clarividencia que dejaba en puntillas a muchas películas pretendidamente serias y profundas, las cuales, dándole muchas más vueltas al asunto, no llegaban a conclusiones tan certeras sobre los respectivos mundos del hombre y la mujer. El castañazo lo dejaba claro: las mujeres se sientan a hablar sobre sus cosas, y los hombres se parten sticks de hockey en la cabeza. ¿Simplista? Puede ser. ¿Certero? Lo dejo al criterio de los/las lectores/as.

Además, detrás de aquella pueril historia del equipo de hockey propenso a organizar una batalla de Lepanto en cada partido, se escondía una reflexión artística de primer orden: a veces, lo que el público quiere es simple y llanamente un divertimento Neanderthal. La verdad es que no se puede calificar honestamente a El castañazocomo cine descerebrado, porque la película tenía una doble lectura bastante sibilina, ya que mostraba violencia pero a la vez reflexionaba sobre sí misma y sobre la atracción que esa misma violencia provocaría sin duda sobre sus potenciales espectadores (como así fue), especialmente entre el público masculino. El castañazo no era exactamente cine hecho por descerebrados, sino cine que reflexionaba sobre los descerebrados que iban a ir a verla y sobre los descerebrados que hoy en día tenemos ese film sobre un pedestal. Fue la constatación de que individuos ya talluditos como Newman o George Roy Hill entendían perfectamente la raíz del fenómeno. Incluso el sensitivo Clint Eastwood supo que había un filón en este tipo de cine? y bueno, todos lo recordamos encarnando al entrañable Philo Beddoe, soltando mecos como panes sin motivo alguno y formando pareja con un orangután? algo que dudo regocije a muchos de los que ahora son admiradores del (hoy) considerado una solemne institución del cine americano. ¡A la derecha, Clyde!
Stallone, esta vez intentando hacer ?humor?. Lo mejor, el eslogan: ?una comedia de proporciones criminales?. Estoy de acuerdo, es digna de Estrasburgo. O de Nuremberg.


Con cierto retraso, pero con no menor eficacia, la resaca de la era Reagan propició un retorno de la comedia ligera y amable ?y aburrida? en el marco de un nuevo conservadurismo caracterizado por el principio ?que los bancos hagan lo que quieran y nos arruinen la vida, pero que nuestros hijos se agobien viendo películas decentes?. El entretenimiento descerebrado se desplazó de la comedia a la acción, rescatando el patrioterismo de épocas ya olvidadas y encarnándose en figuras como el mencionado Sylvester Stallone, ese creador de arquetipos americanos (boxeador retrasado, soldado retrasado, etc.) que le hubiese puesto los pelos de punta aLenny Bruce. O el austriaco de nombre impronunciable que ahora es gobernador de California, demostrando que los Estados Unidos son un país con una seria disfunción política y social. Como todos.

En aquellos tiempos la descerebrada virilidad cinematográfica fue puesta al servicio de la patria, como Dios manda, y el reaganismo intentaba por todos los medios hacer olvidar la resaca de la era hippie, convenciendo a los jóvenes de que el hedonismo era propio de antiamericanos, maricones y extranjeros indeseables. Sin embargo, la comedia adolescente ya no podía desaparecer. Hollywood es muy moralista de puertas afuera, pero hay dos cosas que le han perdido siempre. Una, el usar a las aspirantes a actriz como muñecas hinchables. Y dos, el dinero. Donde hay dinero, allá va Hollywood. Y sí, el cine norteamericano es timorato y vive sin vivir en sí siempre preocupado por lo que pueda sancionar la oleada neoconservadora de turno. Pero a la mínima que puede, intenta volver a rascarle el bolsillo al sector menos intelectual de su público y lo hace con apuestas seguras: alcohol, paridas, chicas en pelotas y, a poder ser, violencia absurda y desafíos insensatos a la autoridad. Los demás lo tenemos tan claro, que aquí tradujimos Not another teen movie como No es otra estúpida película americana. Así, con denominación de origen. Como si aquí no hubiésemos parido películas todavía más estúpidas. Oh, y la de Gente pez. Aquella era terrible. De verdad. Quitémonos el mal sabor de boca, como de costumbre, con la señorita Pressly.

Pero volvamos a los buenos viejos tiempos. La proliferación de los videoclubs ayudó, además, a que muchas películas estúpidas fuesen descubiertas o redescubiertas por el público. Para colmo, ya no eran solamente los grandes estudios o los programadores televisivos ?todos ellos a merced del Reagan de turno? quienes decidían qué iba a ver el espectador en cada momento. La fiebre del vídeo doméstico hizo que surgieran editores de debajo de las piedras, deseosos de comercializar en aquellos cartuchos negros cualquier cosa que se hubiese filmado y cuyos derechos de edición tuviesen un precio asequible. El resultado, naturalmente, fue una avalancha de títulos, a cual más cutre, que se convirtieron rápidamente en cotizado objeto de consumo entre quienes ya se habían iniciado en las delicias del cine descerebrado. ¿Cómo si no hubiesen llegado Vendemos chocolate o Mal gusto a los espectadores españoles del momento? En plena era del vídeo, los aficionados a las películas estúpidas descubrieron que ya no estaban solos, que más allá de su pequeña y peculiar pandilla de amigos devoradores de marihuana había ahí fuera otros individuos tan cretinos como ellos, que también disfrutaban alquilando exactamente los mismos largometrajes de saldo para pasarlo en grande sin necesidad de que una sola neurona estuviese en modo ?On?. Esta súbita consciencia como espectadores les hizo sentir finalmente que eran un público tan respetable como cualquier otro, y que sus ?guilty pleasures? eran en realidad la expresión de una admiración justificada hacia un cine que, en fin, debía medirse por criterios distintos al convencional.

?Dogville?: siempre supe que el Monopoly terminaría inspirando una película.


Esto, a veces, fue llevado a la exageración: sólo así surgieron individuos como Quentin Tarantino y sus hordas de acólitos, dispuestos a elevar a los altares artísticos cualquier cochambre perpetrada en Hong Kong. Pero en general, la aparición del vídeo hizo un invaluable servicio a la consolidación de la herencia de la estulticia en celuloide. Al igual que la aparición de Internet terminó de redondear el concepto de cine estúpido como un supergénero digno de toda la consideración. La cuestión es que cuando el cine se volvió más democrático y los espectadores pudieron empezar a decidir qué ver y en qué momento verlo, resultó que no sólo seguía existiendo una considerable demanda, sino que nuevos grupos de audiencia se sumaban al fenómeno del cine cretino. Por ejemplo, los citados films del trío Abrahams-Zucker-Zucker se convirtieron en objetos de consumo masivo, primero alquilados en masa en los videoclubs, después emitidos constantemente por la televisión después y finalmente superando sus propios récords de taquilla en las salas de cine. El que un actor de tercera fila comoLeslie Nielsen se convirtiese en una celebridad mundial lo dice todo: el cine tontolaba había triunfado definitivamente. Ya no necesitábamos justificarnos. Un fan de Love of Lesbian o La buena vidaprobablemente sí deberá justificarse ante el Altísimo, porque hay cosas que son sencillamente inexplicables, pero al contrario de lo que sucede con la música, una película estúpida puede terminar siendo genial.
Como se ve, todo esto es el producto de una larga tradición que sólo he tratado superficialmente aquí, pero es que es prácticamente tan antigua como el propio séptimo arte. La cosa es muy simple: a cierta gente nos gusta ver a otros haciendo el gilipollas, quizá porque es como una justificación metafísica para nuestras propias gilipolleces. Quizá como producto de las carencias de una adolescencia disfuncional y estrepitosamente desordenada. O quizá porque, al igual que se necesita una inteligencia adulta para verle la gracia a determinadas cosas que hacen los niños pequeños, también se necesita una notable flexibilidad intelectual para disfrutar con una película como Dos tontos muy tontos. Digámoslo claro: las personas que intentan ser inteligentes las veinticuatro horas del día son infaliblemente cargantes. Alguien que sólo disfrute con películas profundas, complejas o artísticamente redondas, es muy probablemente un soberano coñazo de persona. El cine es como un espejo de los diferentes momentos por los que pasamos en nuestra vida, y si alguien no pasa a menudo por momentos estúpidos o no tiene una buena ristra de cretineces en su historial, la verdad es que podemos compadecernos de él.

Al final del día, se trata de comprobar si uno está dispuesto a afirmar con la cabeza bien alta que Dos tontos muy tontos es mejor que la filmografía completa de Lars Von Trier. Lo sé, es una opinión difícil de sostener ante según quiénes o bajo según qué determinados parámetros. Pero los parámetros están ahí para ser puestos a prueba. Por ejemplo: tarde calurosa de verano. Después de comer. Humedad pegajosa. Modorra. Pereza. Película de Lars Von Trier.
O: tarde calurosa de verano. Después de comer. Humedad pegajosa. Modorra. Pereza. Dos tontos muy tontos.

 Y ahora, amigo lector, amiga lectora? define ?mejor?.




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[Artículo] Por qué me gusta el cine para cretinos
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2 Comentarios [Artículo] Por qué me gusta el cine para cretinos
hola vengo a escribir un comentario,, chau
muy interesante, para tener algo de que hablar en alguna charla!
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